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Nunca me ha preocupado dar la espalda a aquellos que temen la oscuridad, ya que su temor, cobardes aparte, es bastante universal.
De hecho no deja de ser más que una declaración de principios que pinta las almas de gris neutralidad.
Lo cual no significa que sean gente de fiar; especialmente cuando el peligro acecha, porque es en ese momento cuando más necesitamos saber con quién podemos, o no, contar, para así descartar que el peligro venga de nuestro lado, o por detrás.
Lo que desde siempre sí que me ha preocupado, es dar la espalda a todos aquellos, más de los deseables, que lejos de temer la oscuridad, lo que temen es la luz.
Esa que puede alumbrar y hacer visible todo aquello que ladinamente, sumergido bajo un mar de mentiras, intentan los farsantes ocultar.
La verdad no se reescribe, porque es atemporal y no se puede cambiar; aunque sí manipular o, lo que es lo mismo, subvencionar.
Cuando Jesucristo nos habla del diablo, no nos dice que ´es más que malo´, ni nos hace una detallada lista de sus perversidades; no. Simplemente le llama mentiroso, centrando en ese título toda la iniquidad que en el Universo cabe:
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.» Juan, 8.
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