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Elecciones España 2023

Quiéreme mucho

“La política es la segunda profesión más antigua de la historia. A veces creo que se parece mucho a la primera"  Ronald Reagan

Roxa Ortiz 14 Nov 2022 - 07:35 CET
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El golpe de Estado catalán solo fue un “desorden público agravado”. Pedro Sánchez nos ha vuelto a dejar atónitos, pero donde la razón no alcanza entra la imaginación. Nadie ha dudado jamás de la buena sintonía con sus socios independentistas, aunque prometiese en campaña electoral aumentar las penas en los delitos de sedición y traer a Puigdemont de Bélgica. Esta nueva controversia reitera que es el presidente más mentiroso de la democracia. Que promete y no cumple, y que vendería su alma por seguir en La Moncloa. Además de indultar a los golpistas, ahora también borra de un plumazo la sedición. No hay nada como hacer ver que todo cambia para que todo siga igual.

El sueño del “poder” produce monstruos, un abismo entre lo que se dice y lo que se cumple. Sánchez rendirá así cuentas a sus socios, el precio que está dispuesto a pagar a ERC por aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Recordemos que el líder de Esquerra está indultado, pero inhabilitado. Y la sedición puede anular la malversación, llegado el caso permitiría la vuelta de Junqueras. No llueve al gusto de todos y no ha complacido al independentismo por completo, los hay que han considerado la medida como una nueva forma de picaresca española. El ex muy honorable Puigdemont ha aprovechado para acusar a Sánchez de ser un maestro del engaño. Pero ¿quién engaña a quién en el gobierno de España?

Por otra parte, ¿desde cuándo los chantajistas están contentos o satisfechos con lo que consiguen?  “A medida que voy leyendo, la letra pequeña (…). Una vez pase la hiperventilación y se pueda hablar con serenidad más allá de la propaganda, nos daremos cuenta de las trampas que han pactado. Apúntate el concepto de “intimidación” y el de actos preparatorios”, dice Puigdemont en su cuenta de twitter. También el fugado afirma que ha reclamado que se derogue la sedición para que hechos como los de octubre de 2017 tengan la misma consideración que tuvieron para la justicia alemana, allí no son delito.

Nada más lejos de la realidad, el Código Penal alemán establece penas de entre diez años y cadena perpetua para el delito de alta traición, del que se le acusa a Puigdemont. En el supuesto que el “expresident” fuera alemán estaría entre rejas, aunque quizá hubiera preferido huir a España. En suma, pone de relieve una vez más que sus delirantes enredos epistémicos se reducen, unas veces sí y otras también, a simple manipulación, tergiversación o propaganda. El cambio de delito de sedición por el de desórdenes públicos agravados le afectaría también a él, porque supone rebajar las penas a ocho años como máximo. Es decir, permitiría en algunos casos la vuelta a la política a partir de 2025.

¿Qué puede seguir después de la desaparición del delito de sedición? La respuesta la tiene el “president” catalán Aragonés. No ha podido decirlo más alto ni más claro, la supresión de la sedición solo es el primer paso, para luego exigir la amnistía y el referéndum. También se contempla que se pueda modificar el delito de malversación y evite que no acaben en prisión muchos ex altos cargos independentistas. Efectivamente, lo de Sánchez no es solo una cuestión de promesas electorales incumplidas, la controversia de indultos y amnistías para los golpistas es algo recurrente en nuestra historia reciente y puede considerarse como una contraprestación del PSOE a los independentistas.

Ambas cuestiones, pero sobre todo la última, la podemos comprobar en el caso de Companys que fue juzgado en 1935 por el Tribunal de Garantías Constitucionales y condenado a 30 años de cárcel por un delito de rebelión militar al proclamar la República Catalana dentro de la República Federal Española, el 6 de octubre de 1934. Luego, en un segundo momento, y después ganar las elecciones el Frente Popular en 1936, coalición de izquierdas en la que estaba el PSOE, Azaña amnistió a todos los encarcelados. Companys volvió a ser “president” de la Generalitat de Cataluña, después de dieciséis meses en prisión.

Todos sabemos que se puede mentir diciendo la verdad. Pedro Sánchez para justificar la reforma del delito de sedición ha argumentado que Cataluña está hoy mejor que en el 2017, que el independentismo está dividido y que el “Govern” de Aragonés ahora defiende la permanencia en el marco constitucional español. Sin embargo, todo sigue igual para no cambiar nada. ¿Es útil una mesa de diálogo desconectada de la sociedad catalana y planteada como si Cataluña y España fueran fuerzas antagónicas? ¿Se tiene en cuenta que la mitad de los catalanes son contrarios a la independencia?

Por cierto, detengámonos en un dato. El presidente del Gobierno no ha desperdiciado la ocasión para decir que ha cumplido con lo pactado en inversión pública, con un 42% más de recursos que en los últimos cinco años del Gobierno de Rajoy. Pero la quiebra del estado de derecho en Cataluña no es exclusivamente económica y su decadencia es también la nuestra. Un presidente no solo debe serlo, sino parecerlo. Y en este sentido, antes de concluir con mi argumento, no puedo dejar de recordar, más allá de la ironía, una frase de Ronald Reagan:

“La política es la segunda profesión más antigua de la historia. A veces creo que se parece mucho a la primera».

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