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Establecer el modelo ideal de familia y definirlo, es gratis; otra cosa es que coincida con la realidad de la calle. Veamos.
Normalmente, salvo para los egoístas recalcitrantes y los fanáticos religiosos, la familia de uno, es lo más importante, por encima de nacionalidades, credos, raza y religión. Porque uno podrá ser muy patriota o muy pasota, muy creyente o muy ateo, muy liberal o muy conservador, pero a su familia que no se la toquen… Salvo los ´descastados´, que también los hay
¿Pero qué es la familia? La familia es amor; unión; refugio; confianza; lealtad y fidelidad; respeto. Porque si no existen estos valores, no se puede hablar de familia, sino de una ´UTE´ de personas.
Porque podremos definir y establecerlo que nos dé la gana, sobre cuál debe de ser el modelo de familia, pero a la postre será la realidad de la vida la que acabe imponiéndose en cada caso concreto. Y es que las cosas son lo que son, independientemente de cómo las llamemos.
Porque el amor no se puede legislar ni imponer, a pesar que algunos se empeñen en ello. Porque una familia sin amor, no es una familia, sino un teatro, cuando no, un infierno.
Porque si no hay amor, los llamados lazos de sangre, salvo para aquellos que tienen un concepto mafioso de la familia, no tienen valor alguno.
Y escribo todo esto como reflexión ante la respuesta que una persona me dio, cuando conversando sobre el tema de la familia me dijo que, para él, su familia comenzaba y terminaba en su perro, ya que era el único que a diario le daba desinteresadamente todo el amor que aquellos a los que estaba unido por lazos de sangre, le negaban.
Personalmente siempre he sido, y sigo siendo, un defensor de la familia tradicional como cuna de valores y pilar básico de la Civilización Occidental; esa misma civilización que, le duela a quien le duela, está construida sobre los cimientos del pensamiento cristiano.
Tal vez por ello, aquellos que quieren destruir nuestro estilo de vida, ponen tanta saña a la hora de atacar la institución familiar, precisamente por ser ésta la célula madre de nuestra sociedad.
Pero no nos equivoquemos; la familia tradicional es una institución socio-política, no religiosa.
Porque si pretendemos observarla desde el prisma religioso, uno, como cristiano militante, no tiene más remedio que recordar las palabras de Jesucristo; unas palabras claras como el agua (por mucho que algunos teólogos se empeñen en complicar lo sencillo, con sus malabares semánticos):
“Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte». Jesús le respondió: « ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». [Mateo, 12: 46-50].
Pues eso; más claro, agua.
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