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El bien no pertenece al tiempo

Retorno al caos

En el bien no existe la durabilidad

Antonio Gil-Terrón Puchades 04 Mar 2024 - 07:00 CET
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En estos tiempos en los que vivimos, ya nada causa extrañeza; nada es capaz de sorprendernos.

La brutalidad de un día a día compulsivamente cruel, va forrando de calcáreas capas a una sensibilidad herida y maltrecha, que hiberna en las cavernas más profundas de nuestro ser, abrazada a una disecada conciencia. Así, el bien deja de ser un ente eterno e inmutable, para convertirse en un paradigma cambiante, al ser sometido su valor, al criterio ´lobotomizado´, voluble y circunstancial, de las mayorías televidentes. Es la muerte de lo eterno; el regreso al caos original.

Escribía Krishnamurti que el mal jamás puede convertirse en bien, ya que éste, como la belleza, está más allá del pensamiento. Todo lo que produce el pensamiento puede ser, así mismo, deshecho por el pensamiento.

El bien no pertenece al tiempo. En el bien no existe la durabilidad. El bien es eterno. Allá donde esté el bien, está el orden auténtico, que nada tiene que ver con el orden autoritario del premio y el castigo.

Este primer orden, el que conlleva el bien, es esencial y sin él la sociedad se destruye a sí misma y el hombre se vuelve maligno, sanguinario corrupto y degenerado. La ley del bien es eterna, inmutable e intemporal. El bien es la estabilidad en su más pura esencia.

Una sociedad con la nariz empolvada de polvos blancos, que modifica, continuamente, los conceptos del bien y del mal, a su comodidad y conveniencia, no hace más que ignorar los auténticos límites entre lo mutable y lo inmutable. Entonces, al introducir lo inmutable, ´el bien´, dentro de lo mutable, ´el mal, dicha sociedad acaba moviéndose dentro un angosto pasillo limitado por los conceptos ´malo y menos malo´. El ´matón´ de colegio, y el ´pagafantas´ acomplejado, con síndrome de Estocolmo. El viaje sin retorno al mundo de Atapuerca, de la mano de guías nativos.

Si el ´bien´ es la luz, nosotros estamos caminando entre tinieblas, dando vueltas y vueltas en un círculo hediondo, circunscrito, a mayor gloria del sátrapa, por ´el relato´ oficial de los medios del régimen, cebados en el pesebre de la publicidad institucional.

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