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Habrá muchos que digan que a ellos Dios nunca les ha hecho caso

Caminando sobre aguas oscuras

Y seguramente será verdad

Antonio Gil-Terrón Puchades 07 Oct 2024 - 07:14 CET
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Cada vez que he tenido que caminar por valles tenebrosos, anegados de aguas oscuras, he sentido los fríos colmillos de la inquietud hacer presa en mi nuca, con cruel y gélido bocado.

Situaciones de peligro real que me han causado desazón y sufrimiento. Situaciones de amenaza cierta que se han repetido cíclicamente tantas veces que se han convertido en algo normal; tal vez para recordarme que este mundo es un paraíso salpicado de infiernos, por los que tenemos que pasar, sí o sí.

Pero también siempre, en esos días de angustia y ansiedad, he sentido como la mano de Dios me sujetaba y salvaba, evitando que me hundiese en el insondable abismo de aguas negras.

Ahora me pregunto: si Dios no existe; si Dios es un ser imaginario tal y como algunos afirman, ¿cómo puede lo imaginario hacer desaparecer lo real?

Porque juro por mi vida que los peligros y amenazas, el sufrimiento y el temor,  con los que me he tropezado día a día a lo largo de los años, no han sido imaginarios, sino punzantemente reales, hiriéndome física y psíquicamente, justo hasta el momento en que me encomendaba a Dios y el milagro se producía.

Todo ello me lleva a formular la siguiente pregunta: ¿Puede lo imaginario hacer que desaparezca lo real? Porque una vez puede ser casualidad, pero afirmar que absolutamente todas han sido fruto del azar, son ganas de hablar por no callar.

Cómo no voy a tener fe, si Dios no me ha fallado nunca. Sin embargo, no puedo evitar seguir sintiendo el helado mordisco de la inquietud en la nuca, cada vez que me toca caminar sobre aguas oscuras.

¿Falta de fe? ¡No! ¿Cobardía? ¡No! Puro y simple vértigo, unido a una fe débil que posiblemente no pasaría la ITV cristiana, tal y cómo explico en el artículo:

Cómo caminar sobre aguas oscuras, y no perecer en el intento

NOTA: Habrá muchos que digan que a ellos Dios nunca les ha hecho caso; y seguramente será verdad. Porque lo cierto es que la inmediatez en sus respuestas, en mi caso, no siempre ha sido como ahora, sino que yo también he conocido los silencios de Dios.

Pero a fuerza de constancia y paciencia, de firmeza en una fe sin concesiones a la tibieza y la duda, de amor y respeto, he llegado a un estado de gracia que no merezco, pero que es el que tengo, y en el que mi relación con Dios Padre y Dios Hijo, mi maestro, ha alcanzado un estado de fluidez tal que muchas veces tengo que pellizcarme para darme cuenta de que no estoy soñando.

Pero claro, vivimos en unos tiempos donde, amén de la falta del respeto debido a los padres, lo que priva es el “lo quiero, y lo quiero ya, o, si no, me enfado”. Pues nada, animo; porque con tu enfado es con lo único que te vas a quedar.

Si de verdad quieres alcanzar y beneficiarte de la mano de Dios, tan solo ten un poco de la paciencia que contigo tiene Él. Y recuerda siempre que Dios es Padre, no colega o un amiguete con el que se pueda chalanear gratuitamente y sin consecuencias.

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