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20 años

Juan Pablo II, un hombre que cambió el curso de la historia sin ejércitos ni armas, solo con su voz y su fe inquebrantable

Además de los socialistas, tenía otros enemigos

Mario Sala Moreno 03 Abr 2025 - 06:24 CET
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Hoy se cumplen 20 años de su fallecimiento, y desde el momento en que apareció en el balcón de San Pedro en 1978, dejó un mensaje que resonaría por generaciones: «¡No tengáis miedo!» No era solo una invitación a la fe; era un grito de resistencia contra los regímenes que negaban la libertad y la dignidad del ser humano.

En 1979, regresó a su Polonia natal, oprimida por el comunismo. Inspiró la creación de Solidaridad, el primer movimiento obrero independiente en un país comunista, y con ello, el principio del fin de la URSS. Lech Walesa, expresidente de Polonia y líder del sindicato Solidaridad, reconoció la influencia del Papa en la caída del comunismo al afirmar que «el 50 % de la caída del comunismo fue obra de Juan Pablo II».

La influencia de Juan Pablo II trascendió las fronteras polacas. Su apoyo a los movimientos democráticos en Europa del Este fue crucial para el colapso de los regímenes comunistas. El Papa Francisco destacó que Juan Pablo II desempeñó un papel protagonista en la caída del Muro de Berlín.

Juan Pablo II fue uno de los mayores opositores al socialismo en su versión totalitaria, denunciando cómo esta ideología negaba la dignidad humana y la libertad individual. En su encíclica Centesimus Annus (1991), dejó claro su rechazo al marxismo: «El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico.

Considera al individuo solo como un elemento, una molécula del organismo social, y hace depender su bienestar de los mecanismos económicos y sociales». No solo condenó la represión y la miseria que trajo consigo el comunismo, sino que también advirtió que la supresión de Dios en la sociedad lleva al hombre a perder su propia identidad. Su voz fue un faro de resistencia contra los regímenes que sometieron a naciones enteras en nombre de una falsa igualdad.

Además de los socialistas, tenía otros enemigos. En 1981, un sicario turco intentó matarlo, y una bala le atravesó el abdomen, rozando su corazón… pero, a pesar de ello, sobrevivió. No solo eso, sino que fue capaz de visitar a su atacante en prisión y perdonarlo, un gesto que evidenció que la verdadera revolución está en el alma.

También advirtió sobre los peligros del relativismo y el materialismo en la sociedad contemporánea. Por ejemplo, dijo: «Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto», resaltando la importancia de principios éticos sólidos para la verdadera libertad. Y hoy sabemos el camino que ha tomado la sociedad con ese relativismo y materialismo: un mundo que no diferencia entre el bien y el mal, en el que todo vale.

Una juventud que, por su nihilismo, es la generación más infeliz de la historia, y una civilización al borde del colapso que no busca ni la verdad, ni la libertad, ni la felicidad.

A dos décadas de su fallecimiento, el legado de Juan Pablo II parece olvidado por muchos. Vivimos en días grises o medio oscuros, pero figuras como él permanecen como un faro de esperanza y valentía, recordándonos que la fe y la determinación pueden derribar los muros más imponentes.

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