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INSTINTO DE SUPERVIVENCIA INDIVIDUAL

El porqué del miedo a la muerte

INSTINTO DE SUPERVIVENCIA DE LA ESPECIE

Antonio Gil-Terrón Puchades 11 Abr 2025 - 06:29 CET
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Tal vez sea por siempre haber tenido una fe a prueba de obispos y papas, que siempre he sentido más miedo a la vida y sus sorpresas, que a la muerte propia. Dicho esto, paso a relatar seis reflexiones y una conclusión:

1º Es normal sentir temor ante la muerte; lo anormal es no sentirlo.

2º El que un cristiano sienta temor ante la muerte no implica necesariamente falta de fe, ni que sea un creyente de segunda división.

3º El temor a la muerte forma parte del diseño inteligente con el que Dios creó al hombre para que éste sobreviviera, creciera y se multiplicara, en el Mundo. El temor a la muerte propia y de los nuestros, va intrínseco en el ser humano, y nace del INSTINTO DE SUPERVIVENCIA INDIVIDUAL e INSTINTO DE SUPERVIVENCIA DE LA ESPECIE, instintos que forman parte del diseño inteligente con que Dios nos creó.

Sin este temor a la muerte propia y de nuestros seres queridos, la Humanidad posiblemente no hubiese sobrevivido más allá de la 1ª generación, y la raza humana ya no existiría.

4º Lo que sí implica una mayor, menor, o ausencia total de fe, es si nuestra posición frente a la muerte es de simple respeto, estricto temor, puro miedo, o auténtico pánico.

5º El miedo a la muerte, al final, no es más que el miedo a la oscuridad; a lo desconocido. Si pensamos como los niños que fuimos, vemos como en una noche de tormenta, en la que además se ha ido la luz, el niño que está abrazado a sus padres, puede sentir temor, pero no miedo ni pánico. El miedo y el pánico lo sentirán aquellos niños que, en esa noche lóbrega, se hallen solos en su casa.

6º Veamos siempre a Dios como Padre, y veremos cómo nuestra cercanía a Él nos irá liberando poco a poco de todos nuestros miedos atávicos, a la vida y a la muerte, del mismo modo como su ausencia o lejanía, transformará en auténtico pánico lo que tan solo podría haber sido simple temor.

7º CONCLUSIÓN: No nos agobiemos por sentir temor ante la muerte, porque es lo natural. Así pues, dejemos la ausencia total de miedo para los santos, o los tontos; al fin y al cabo, ambos siempre han tenido algo en común y es que ambos, los tontos y los santos, nunca se tienen a sí mismos como tales; los unos por ser demasiado santos y los otros por ser demasiado tontos.

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