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Nadie pone en duda que todo el mundo, sin discriminación de sexo, credo, o ideología, tiene derecho al trabajo. Sin embargo, cada vez son más las personas que pasan a engrosar las fantasmagóricas cifras del paro creciente. Hoy en día el puesto de trabajo se ha convertido en uno de los bienes más cotizados.
Quien lo tiene lo ostenta, con prudente satisfacción, ante aquellos familiares, menos afortunados, que militan en el paro. Sin embargo, el poseedor de un puesto de trabajo, sufre de por vida, en la intimidad de sus pensamientos más recónditos, el miedo a perder el preciado don.
Pero peor lo lleva quien no lo tiene. Estos sufren un auténtico calvario por el monte de la desesperanza, al tener su propia vida en un eterno compás de espera, aguardando un momento que nunca acaba de llegar. Los jóvenes van postergando proyectos y sueños, limitándose a vivir colgados de los padres, mientras el tiempo, en su eterno devenir, les va desgarrando los mejores años de su vida, perdidos en un torrente de peligroso y forzado ocio.
Los que ya perdieron juventud y trabajo, disponen de un dramático tiempo libre, todos los días, para contemplar frente al espejo los rotos surcos de una muerte que avanza imparable y voraz, rasgando con sádicos trazos un rostro apagado, enmarañando una mirada que se niega a ver más allá del recuerdo, que siempre es el postrero consuelo de los afligidos.
Y uno, mientras tanto, contempla estupefacto el anverso de esta absurda moneda. Miles de familias españolas, para las que el trabajo público se ha convertido en su patrimonio privado.
Miles de familias, en las que como mínimo entran todos los meses dos sueldos con cargo a la Administración pública; y ello por no hablar de aquellas otras muchas en las que entran tres y hasta cuatro.
Cuando uno ve cómo el gasto público, dedicado a remuneraciones de funcionarios, se dispara, debido al alarmante incremento de los mismos, al tiempo que va descendiendo, peligrosamente, la cifra de empleo productivo, uno, repito, comienza a hacerse cruces. Y cuando se contempla como esos puestos de trabajo, públicos y vitalicios, están monopolizados por clanes familiares, uno comienza a sentir una rabia profunda y poco serena, que le va corroyendo las entrañas.
Bien está, de momento y que tampoco, que el puesto de funcionario sea vitalicio, pero lo que no es de recibo es que -en algunos casos- además sea conyugal, amén de cuñados, sea consanguíneo y hereditario, porque de lo contrario corremos el riesgo, el día que se percaten de la película los millones de personas que conforman el paro, de que se monte aquí una revolución que deje en mantillas a su homónima francesa.
Por supuesto que hay excepciones, que no hacen más que confirmar la regla. En cuanto al cachondeo de ´las puertas giratorias´, así como el cementerio de elefantes pensionados, en que se han convertido los organismos internacionales, no entro, de momento.
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