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La herida abierta y la humillación prolongada
Por mucho que los gobiernos españoles intenten minimizarlo o disimularlo, Gibraltar es, hoy en día, la última colonia existente en suelo europeo. Una afrenta permanente, un recordatorio humillante de siglos de decadencia política y de una clase dirigente que no ha sabido —ni ha querido— defender la integridad territorial de la nación.
El reciente acuerdo firmado entre España y el Reino Unido, en el marco de las negociaciones posteriores al Brexit, vuelve a sacar a colación la mesa el problema de fondo:
Gibraltar sigue bajo control británico.
No se ha recuperado ni un ápice de soberanía. Ni en tierra, ni en mar, ni en el aire. El enclave colonial, arrebatado en 1704 en el marco de la Guerra de Sucesión Española, ha permanecido en manos británicas desde entonces, desafiando tanto el derecho internacional como la dignidad nacional española.
Aunque nuestros dirigentes intenten silenciarlo y parte de la opinión pública lo haya normalizado, Gibraltar sigue siendo hoy una colonia británica en suelo europeo. Una anomalía histórica, jurídica y política. Una afrenta permanente a la soberanía nacional y una cicatriz sin cerrar de más de tres siglos de decadencia geopolítica española.
Por ello es necesario, desde el más profundo patriotismo cívico, dotar a España de una Doctrina integral de Estado, rigurosa y firme que articule la reclamación histórica de Gibraltar y ofrezca un plan de acción sostenido
Un despojo histórico nunca resuelto
Gibraltar fue capturado por una flota anglo-holandesa durante la Guerra de Sucesión, alegando que se hacía en nombre del Archiduque Carlos, uno de los pretendientes al trono español. Terminada la guerra, y mediante el Tratado de Utrecht de 1713, España se vio forzada a ceder la «ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas» al Reino Unido. Pero el texto era explícito en sus limitaciones: no cedía el istmo, no cedía aguas territoriales, no autorizaba expansión territorial alguna.
Desde entonces, el Reino Unido ha vulnerado sistemáticamente el Tratado de Utrecht:
Ha ocupado el istmo sin ningún título de cesión.
Ha construido un aeropuerto militar sobre terreno robado.
Ha reclamado aguas territoriales que no le fueron concedidas.
Ha desarrollado infraestructura portuaria y urbanística sobre territorio ganado al mar ilegalmente.
Ha implantado un régimen fiscal propio que convierte a Gibraltar en un paraíso fiscal a las puertas de Europa, fomentando el blanqueo de capitales, el contrabando y la competencia desleal.
A todo ello se suman las continuas ampliaciones unilaterales del perímetro colonial y la presencia militar británica, que suponen un factor de inestabilidad regional inaceptable.
Gibraltar en el derecho internacional: una colonia pendiente de descolonización
Las resoluciones de la ONU, de Naciones Unidas son muy claras: Gibraltar es un territorio pendiente de descolonización. Así figura en la lista de territorios no autónomos de la ONU desde 1946. Las resoluciones 1514 (XV), 2231 (XXI), 2353 (XXII), 2625 (XXV), entre otras, reiteran el principio rector aplicable: la descolonización debe respetar la integridad territorial de los Estados preexistentes.
En este sentido, la pretendida autodeterminación invocada por Londres carece de sustento jurídico. La Corte Internacional de Justicia, el Comité de Descolonización y la práctica internacional consolidada reconocen que el principio de autodeterminación no puede invocarse en perjuicio de la unidad territorial de un Estado soberano, cuando la población instalada es resultado directo de la colonización. Los habitantes actuales de Gibraltar no son un pueblo colonizado; son la población trasplantada por el poder colonial.
En 1967, la Asamblea General de la ONU fue aún más categórica mediante la Resolución 2353 (XXII): la descolonización de Gibraltar debe realizarse «por negociaciones entre los gobiernos español y británico», considerando que «toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas».
Pese a ello, el Reino Unido sigue desafiando el orden internacional y amplía su control colonial mientras la respuesta española oscila entre la impotencia y la complicidad.
Las claudicaciones políticas españolas: un catálogo de traiciones reiteradas
Durante más de tres siglos, los sucesivos gobiernos españoles han cometido un rosario interminable de renuncias, errores, negligencias y actos de colaboracionismo vergonzoso:
Felipe González, en un acto incomprensible, otorgó miles de líneas telefónicas a Gibraltar, impulsando así su despegue como paraíso del juego online y del blanqueo de capitales.
La apertura de la verja, después de la muerte del General Franco, tras años de cerco impuesto por su régimen, alivió la presión sobre Londres sin lograr contrapartidas.
Con motivo del Brexit, España recibió una oportunidad histórica: la UE otorgó al gobierno español capacidad de veto sobre el futuro de Gibraltar en su relación con Europa. Sin embargo, en lugar de aprovechar esta posición privilegiada, el gobierno de Pedro Sánchez entregó amplias concesiones a Londres sin obtener cesión de soberanía alguna.
España ha permitido que Gibraltar ingrese de facto en el espacio Schengen, renunciando al control fronterizo en su propio territorio. Los agentes españoles actúan ahora bajo supervisión británica y europea, no como representantes de la soberanía española.
La humillación se extiende a lo social: un sentimiento de acomodación local alimenta la indiferencia nacional.
Como culminación de esta secuencia humillante, mientras nuestros ministros posan para las cámaras con gestos satisfechos, la única soberanía que existe sobre Gibraltar sigue siendo británica.
Las palabras del «premier» gibraltareño: el cruel cinismo de Picardo
Recientemente, el propio Fabián Picardo, primer ministro del gobierno colonial, lo expresó con claridad brutal:
«Gibraltar es colonia porque España quiere».
Tiene razón. Esa es la consecuencia directa de siglos de cobardía, desidia y complicidad de las élites españolas. Nuestros dirigentes no han estado —ni están— a la altura del mandato histórico de recuperar la soberanía nacional plena.
Consecuencias internas: dependencia económica y sumisión funcional
A mayor escarnio, la comarca del Campo de Gibraltar vive hoy una dependencia económica perversa de la colonia británica:
Miles de trabajadores españoles dependen del empleo transfronterizo.
Gibraltar funciona como polo de atracción económica mientras España es incapaz de generar riqueza y empleo propios en la región.
El régimen fiscal predatorio de Gibraltar convierte a la comarca española en satélite económico del enclave, minando aún más cualquier presión política.
Todo esto consolida, cada día que pasa, el statu quo colonial.
Una cuestión de dignidad nacional pendiente
La cuestión de Gibraltar no es, como pretenden algunos, un asunto marginal o superado. Es la herida abierta más vergonzosa de nuestra historia contemporánea. Un trozo de tierra mutilado cuya recuperación es inseparable de la integridad territorial de España.
Mientras Gibraltar siga bajo control británico, España no estará completa.
Este problema no es responsabilidad únicamente de los gobiernos actuales. Lleva enquistado más de tres siglos debido a la combinación de cobardía, desidia, oportunismo y traición de sucesivas clases políticas.
Como bien proclamaba Blas de Lezo, héroe de Cartagena de Indias:
«Todo español debería orinar mirando a Inglaterra».
Hoy nuestros políticos hacen lo contrario: se bajan los pantalones y se arrodillan.
Un plan de acción integral para recuperar Gibraltar: la Doctrina de Estado
La recuperación de Gibraltar exige abandonar la indignación estéril y construir una estrategia de Estado, inteligente, firme y sostenida. Esa estrategia debe articularse en cuatro frentes:
Diplomacia internacional activa
Relanzar el contencioso de Gibraltar en Naciones Unidas, en el Comité de Descolonización, en la Asamblea General y en todos los foros multilaterales donde la legalidad internacional respalde la posición española.
Activar el frente de Naciones Unidas reabriendo el caso como cuestión de descolonización vigente.
Reforzar alianzas internacionales que comprendan que Gibraltar es un enclave colonial en pleno siglo XXI.
Acción jurídica multilateral
Acudir a la Corte Internacional de Justicia, a tribunales arbitrales y a organismos internacionales para denunciar las ocupaciones ilegales, las vulneraciones del Tratado de Utrecht, las ampliaciones territoriales y marítimas unilaterales, el régimen fiscal predatorio y los abusos permanentes de la colonia.
Sumar a la jurisprudencia internacional el principio de integridad territorial frente al fraude colonial británico.
Defensa legislativa interna y acción económica
Blindar económicamente al Campo de Gibraltar frente al dumping fiscal, el blanqueo y el contrabando que emanan de la colonia.
Adoptar medidas regulatorias disuasorias, inversiones prioritarias y desarrollo económico propio que reduzcan la dependencia de los trabajadores transfronterizos.
Incentivar una economía nacional sólida en la zona que neutralice la atracción económica colonial.
Movilización social, pedagógica e institucional
Promover una pedagogía cívica constante, en medios de comunicación, foros académicos, instituciones parlamentarias y organismos de Estado, manteniendo viva la reivindicación nacional como cuestión de dignidad.
Introducir la cuestión de Gibraltar en los planes de estudio
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