Copleston, con la voz serena de quien carga siglos de teología sobre los hombros, lanza la primera estocada: “Sin Dios, la moral se desmorona; el bien y el mal pierden sentido.”
Russell, con pólvora en la lengua, sonríe como quien huele carga húmeda: “Si necesita usted un amigo imaginario para portarse bien, allá usted. Yo prefiero la lógica.”
El debate entra en terreno pantanoso: la necesidad de Dios. No ya como causa del universo, no como motor inmóvil, sino como garante moral. Copleston lo defiende con fe jesuítica: sin una instancia superior que defina el bien y el mal, todo es relativo, todo se tambalea. Russell, en cambio, prefiere vivir peligrosamente: para él, la ética no necesita a Dios para existir.
Copleston y el vértigo moral
Para Copleston, sin un absoluto trascendente, la moral humana es un juego de caprichos. Si no hay Dios, ¿qué impide que el bien y el mal sean simples modas históricas? Como los pantalones de campana. O las cejas finas de los años veinte.
El jesuita no lo dice, pero se le lee en la mirada: sin Dios, todo está permitido. La idea le parece insoportable. Sin un legislador supremo, el hombre queda a la intemperie moral. No hay brújula. No hay anclas. Y el abismo, ahí mismo, bajo los pies.
Russell, el francotirador
Russell responde con la flema de quien ha discutido con medio mundo: “El bien y el mal no necesitan un Dios vigilando. Son inventos nuestros, pactos para no matarnos. Si mañana cerraran el cielo, no nos convertiríamos todos en asesinos. Bueno… no todos.”
Su argumento es quirúrgico: las normas no necesitan un legislador divino para existir. Las sociedades —tribus, imperios, repúblicas— llevan milenios creando códigos de convivencia. Dios no inventa la moral: la sigue, como una sombra. Y si Dios no existiera, dice Russell, la moral seguiría aquí. Quizá incluso más nuestra.
La utilidad de un fantasma
Aquí Russell afila el cuchillo: “Dios es útil, sí… pero eso no lo hace real.”
El ser humano, explica, lo inventó para calmar dos terrores primarios:
- La muerte. Creer que hay algo más allá para no enloquecer ante el vacío.
- La injusticia. Pensar que, al final, todo se equilibra: los malos pagan, los buenos reciben recompensa.
Un Dios que resuelve el miedo y la injusticia funciona. Pero la utilidad no prueba la existencia. Como escribe Russell en otro texto: “El hecho de que algo te consuele no lo convierte en verdadero. Si así fuera, Papá Noel tendría que ser real.”
Dostoyevski, Nietzsche y otros demonios
Aquí la pólvora se acumula. Dostoyevski, por boca de Iván Karamázov, dejó caer: “Si Dios no existe, todo está permitido.”
Copleston podría suscribirlo sin pestañear. Nietzsche, en cambio, fue más allá: Dios ha muerto —o, mejor dicho, lo hemos matado— y ahora nos toca vivir sin su muleta. Libertad absoluta, sí. Pero también vértigo.
Russell es más frío. No necesita matar a Dios: simplemente lo ignora. Prefiere la elegante indiferencia de un universo que no promete ni consuelo ni castigo. Copleston, mientras tanto, sigue defendiendo su trinchera: sin un juez supremo, todo juicio moral es un juego sin reglas.
La ciencia mete ruido
En tiempos de Russell y Copleston, la ciencia ya empezaba a morder terreno a la religión. Hoy, la herida es más profunda:
- Sabemos que las emociones morales —culpa, compasión, indignación— tienen explicación neuronal.
- La ética parece, en parte, biología evolucionada: un mecanismo para cooperar, para no matarnos entre nosotros.
Para Copleston, esto es casi un golpe bajo. Si la moral es un producto de la selección natural, ¿qué papel le queda a Dios como legislador supremo?
El vacío detrás de la fe
Pero aquí viene lo inquietante: incluso si Russell tiene razón, incluso si Dios no existe, el problema no desaparece. Porque el hecho de que lo hubiéramos inventado para consolarnos dice más de nosotros que de Él.
Si necesitamos tanto creer, ¿qué dice eso de nuestra condición humana?
¿Podemos vivir, de verdad, sin fantasmas útiles? ¿Podemos renunciar del todo a las narrativas que nos dan sentido?
Russell diría que sí, con la flema de quien desayuna dudas y cena escepticismo. Copleston, que no: que la sed de absoluto es tan constitutiva como el hambre o el sueño. Y quizá, solo quizá, ambos tengan parte de razón.
Bauman y el miedo a estar solos
Aquí es donde la filosofía se cruza con la psicología contemporánea. Zygmunt Bauman decía que Zuckerberg no inventó Facebook: descubrió nuestro mayor miedo.
No queremos estar solos. No soportamos la idea de no pertenecer, de que nadie nos mire, de que no importe que existamos. Las redes triunfan porque nos regalan una ilusión de compañía. Un simulacro de pertenencia. Una fe digital que calma el vértigo de la soledad.
La religión, en cierto modo, ha jugado siempre el mismo papel. Llámalo Dios, llámalo sentido, llámalo justicia: es la certeza de que hay Alguien —o Algo— al otro lado. Que no estamos arrojados a un universo indiferente porque, nuestro “fantasma”, dejaría la huella de que pasó antes por allí.
Caminando entre fantasmas
Esa es la paradoja. Incluso cuando la fe se tambalea, la ausencia de Dios duele. Podemos vivir sin creer, sí. Pero no sin buscar.
Y esa necesidad de encontrar sentido, de distinguir el bien del mal, de soñar con justicia… es quizá la mejor señal. Una huella. Un eco que nos recuerda que, al otro lado de la duda, tal vez alguien nos espera.
Quizá sea solo un fantasma. O quizá no. Da igual. Caminamos entre ellos.
Por hoy, lo dejamos aquí. Este viejo duelo de razones todavía tiene pólvora para rato.
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