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Me confieso como fervientemente cristiano, pero muy poco paulino (seguidor de San Pablo), y nada romano.
De hecho, me enerva que la Iglesia dé a las cartas del ex fariseo de Tarso, la categoría de Palabra de Dios. Independientemente de que es, precisamente en San Pablo, donde se encuentran las raíces y fundamentos de la histórica e injusta, misoginia católica.
Pero hay más, y más trascendente, históricamente hablando. Me refiero a un texto, del auto proclamado apóstol, que me parece especialmente perverso, y que ha servido como base, a lo largo de la Historia, para justificar todo tipo de tiranías y satrapías, ´por la Gracia de Dios´.
No es de extrañar pues que el emperador Constantino, y posteriormente sus sucesores, en especial Justiniano, quedaran ´ojipláticos´, al ver las posibilidades que les abría la nueva religión, especialmente el párrafo que viene a continuación, parte de la Carta de San Pablo a los Romanos, donde se sacraliza el poder absoluto “per se”, al decir que si ´uno´ está arriba y manda, es porque Dios así lo ha querido, y oponerse a dicho poder, significa oponerse a Dios.
«Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. DE MODO QUE QUIEN SE OPONE A LA AUTORIDAD, A LO ESTABLECIDO POR DIOS RESISTE; Y LOS QUE RESISTEN, ACARREAN CONDENACIÓN PARA SÍ MISMOS. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. Romanos, 13: 1-7.
Fue con Constantino el comienzo de un idilio entre el poder imperial y una, en ese momento, humilde y santa Iglesia. Constantino I el Grande y su cuñado Licinio, dirigentes de los imperios romanos de Oriente y Occidente, respectivamente, legalizan y ´dan papeles´ a la Iglesia. El ambicioso Constantino se había dado cuenta de las posibilidades que le podía reportar la nueva religión a sus intereses particulares, al ´caerle del cielo´ una religión que, aparte de santificar el poder absoluto de los emperadores romanos, recomendaba aceptar mansamente el sufrimiento y poner la otra mejilla cada vez que te abofetean, amén de dar al césar lo que es del césar, [vulgo, impuestos].
Una religión que, además, prometía el paraíso a los buenos y el fuego eterno a los malos, toda una perita en dulce, para el poder imperial establecido, ya que si conseguía que todo el mundo aceptara y cumpliese los preceptos evangélicos, le podría ahorrar muchos denarios, al poder reducir considerablemente el número de «praetores urbis» et «vigilium», [dicho en román paladino: menos ´robocops´ ´UIP´], y ello por no hablar de lo que podría escatimar del coste de mantenimiento, de algunas legiones del ejército, cuya misión no era tanto defender fronteras, como la de reprimir revueltas ciudadanas.
Aquí un inciso para dar gracias a Dios de que, nuestro sátrapa particular, amén de poco leído y menos ilustrado, le repela la bibliografía cristiana, tanto como los ajos al conde Drácula. Pero sigamos.
La nueva filosofía, la nueva religión, era el sueño de cualquier tirano. Lo único que hacía falta era controlarla, manipularla y dirigirla en la sombra. Tal vez por ello, se empieza a mirar hacia otra parte, cada vez que grupos, cada vez más numerosos, de radicales cristianos, asaltan templos paganos y linchan a sus sacerdotes. Es el comienzo de una vergonzosa historia de connivencia entre el poder temporal y el espiritual, en donde lo secular iría devorando y ensombreciendo los hermosos y fraternales principios evangélicos que predicó Jesucristo.
De esa época, donde se inicia la corrupción y el estilo que habría de marcar el oficio eclesiástico en siglos venideros, San Jerónimo escribió:
«Llevan [los jóvenes religiosos] cabello rizado, anillos en los dedos, túnicas perfumadas y pasan la mayor parte de su tiempo visitando a viudas y jóvenes solteras. Deberían considerar a éstos, como esposos o amantes y no como sacerdotes al servicio de Dios y la Iglesia». Para añadir: «Nunca se quede sola, una dama romana, con un sacerdote. Si llega esta situación debería decir que necesita salir para orinar o evacuar. […] Nunca entres a sus casas ni permanezcas sola en su compañía. […] Esquiva a los monjes que caminan descalzos y a las monjas que usan ropa desaliñada. Ayunan durante el día, pero durante la noche se atiborran hasta el vómito».
Para concluir, tan sólo me resta añadir, y ello para evitar malos entendidos, especialmente entre aquellos lectores que no me conozcan, que me considero una persona de fe y practicante de misa diaria. Y digo esto no por presunción farisaica, sino para que nadie me tome el número cambiado y me enclave en lugares donde nunca he estado, ni he querido estar.
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