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Dónde quedaron mis amigos, aquellos compañeros de juergas y fiestas, que regaron de risas mi desbocada e inconsciente adolescencia.
Y dónde quedaron aquellas luces de neón, que iluminaron rostros y aceras, en los sábados de invierno, en aquellas pioneras y castas discotecas.
Luces de todos los colores, pero sobre todo aquellas luz negra, cómplice y testigo de mis primeros roces con lo que yo creía eran intocables princesas.
Aquellas chicas que, pícaramente, fueron llenando de fantasía y deseo, mi adolescente y poco amueblada cabeza.
Una generación ingenua, pero sana y fuerte, donde lo único que tenía de cristal, eran aquellos azucarados vasos de tubo, continentes de cándidos y pringosos ´sanfranciscos´ sin alcohol, que dieron color y sabor, a los primeros besos de los ´Baby Boomers´.
Y hoy me pregunto, dónde quedaron aquellos rincones oscuros, lugar de encuentros y desencuentros…, testigos mudos del primer beso y el primer adiós, donde, entre ilusiones y desengaños, fue muriendo mi inocencia.
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