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Les voy a invitar hoy otra vez a una reflexión conjunta.
A un ejercicio para evaluar hasta qué punto se han deteriorado las cosas en España.
Cierto que la nostalgia de la juventud, de los años dorados e irresponsables de la adolescencia, te puede llevar a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, pero olvídense de esas zarandajas.
Dejen a un lado los achaques, las goteras y el peso del cuentakilómetros y y céntrense en la Política.
Con pasión, porque sólo la vida intensamente vivida merece la pena.
¿Cuántas de esas instituciones que les parecían sacrosantas no les merecen hoy el mínimo respeto?
¿La Universidad?
Sin duda, y no sólo porque hayan caído en picado los estándares académicos y la educación sea una filfa.
Piensen por un momento que quienes ahora instruyen, ilustran, adoctrinan y supuestamente guían a nuestros hijos o nietos son tipos de la calaña de Monedero, Errejón o Iglesias, y que en las facultades impera el sectarismo, la cancelación y la inmundicia Woke.
¿La Iglesia?
Les confieso que hace ya más de un cuarto de siglo, escandalizado por prelados como el obispo Setién y los párrocos proetarras, empecé a perderles la fe. Tendencia que se acentuó con los curas trabucaires catalanes y a la que contribuyó de forma singular el argentino Papa Francisco. Lo guinda ha sido el interesado apaño de nuestra Conferencia Episcopal con el Gobierno Sánchez para transformar el Valle de los Caídos en un parque temático. Se han quedado sin voz y sin magisterio y lo que prediquen no le importa a nadie.
¿El Periodismo?
Creo que nunca —y llevo en esto 50 años— ha sido tan pastueño, cutre, vendido y manipulador.
De la Renfe, la SEPI, el Ejército, el Cine o los supuestos intelectuales, no les voy a hablar, por falta de tiempo.
Sólo quiero dedicar unos segundos a la Monarquía.
Sin creer en los fundamentos teóricos de la institución, porque son irracionales y nada democráticos, siempre me resistí a criticarla porque entendía que era buena para España y contribuía decisivamente a cohesionar una Nación necesitada de anclas y puntos fijos.
Me ha importado un comino que el viejo Rey Juan Carlos tuviera amantes o cazara paquidermos.
Pero todo tiene un límite. Escuchar a Felipe VI aludir a los torturados del chavista Helicoide como ‘retenidos’, verle negar el saludo a la Nobel María Corina, notar que en el discurso de Nochebuena no se refería ni una vez al cáncer de la ‘corrupción’, escucharle repetir como un loro las palabras de La Moncloa en la tragedia de los trenes, descubrir que subía a la web de la Casa Real el infame selfie de Adamuz y ver cómo —cuando las víctimas se negaban a reunirse con los políticos y sólo aceptaban hablar con él y con Letizia— optaba por dar la espantada y escapar del brazo de Sánchez, Puente y Chiqui Montero, ha hecho que se me cayeran los palos del sombrajo.
Damas y caballeros… ¡Estamos más solos que la una!
xxx
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