Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Israel de la Rosa: «El amor al pasado»

Israel de la Rosa 02 Feb 2026 - 10:52 CET
Archivado en:

La añoranza es un monstruo temible que acecha bajo la cama, que se oculta en los rincones, entre figuradas telarañas. La añoranza nos arrastra una y otra vez al pasado, a aquellos lejanos paisajes hoy desprovistos de color, a aquellos lugares que desearíamos habitar de nuevo. Qué hermoso mundo el pasado, qué fabulosos destellos lucía aquel sol de años atrás. Quisiéramos regresar, hollar aquellos conocidos senderos, quisiéramos envolvernos en los tibios vientos de aquella vida pasada. Y, por severo contraste, todo lo nuevo, todo lo contemporáneo, toda esta realidad actual, tan cotidiana, tan vulgar, tan exenta de poesía, nos provoca un fatigoso rechinar de dientes.

Ya no se escucha en las calles el rumor de los juegos infantiles, el correteo incansable y alegre de los niños. Ya no se los oye gritar, ya no se los escucha reír, ya no juegan bajo la ventana. Dónde quedaron, ay, aquellos risueños alborozos. Se perciben ahora sus voces de vez en cuando, pero son lamentos airados, protestas llenas de confusión, cuando su madre los arrastra por la fuerza a la decimotercera actividad extraescolar: la criatura no acaba de encontrar la emoción en esa cosa rara y violenta de moldear jarrones feos en un torno y ponerse de barro hasta los ojos. Desde la perspectiva enojosa que procuran los años y la distancia, se empeña uno en convencerse de que ya no hay amor en las barras de bar, de que ya no se escucha en las calles el rumor de los cortejos, el correteo incansable y alegre de los enamorados. Ya no se los oye suspirar, ya no se los escucha coquetear, ya no juegan en los portales.

Hoy no quedan, en estas calles frías y ruidosas, heridas constantemente por el claxon insoportable de los tontos, aquellos animales que deambulaban tímidamente por las aceras, esa fauna frágil, entrañable, de gatos y perros anónimos que se refugiaban trémulos entre bolsas de basura. Incluso el canto de los pajarillos ha perdido aquel matiz jubiloso de los años pasados, y hoy se ha tornado carraspeante y gris. Vuelan por volar, por mera rutina, y aguardan con cierta apatía el trozo de pan arrojado desde una ventana. Recientemente, un animal surcó el alquitrán de las calles, prodigioso espectáculo, magnífica sorpresa: una ballena se paseó por el barrio erráticamente durante treinta minutos, y los balcones se colmaron de curiosos, y algunos la jalearon. Falsa alarma: era la suegra de don José Luis, el médico, que había bajado a la farmacia y acabó desorientándose.

Con ese pertinaz y doliente transcurrir del tiempo, se nos instala entre las manos, se nos acomoda pesadamente sobre los hombros, un trasnochado amor por el pasado, una añoranza empecinada, una desmayada impresión de pérdida, y adoptamos con orgullo semblantes de enfurruñado luto. Nada queda hoy de aquel mundo favorito, de aquella vida reconfortante, tal vez ingenua, tal vez pueril, que tanto idealiza la distancia, que tanto exageran los años pasados. Nada queda, salvo raudales de cenicienta melancolía.

Más en Columnistas

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

CONTRIBUYE

Mobile Version Powered by