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El filósofo alemán Ludwig Andreas Feuerbach, considerado como el padre intelectual del humanismo ateo, proclamó que «es tan claro como el sol, y evidente como el día, que Dios no existe, y aún más, que Dios no puede existir».
Y se quedó tan satisfecho el hombre.
De lo que Feuerbach no se percató en su endiosamiento es que podemos hacer una lista de aquello que existe, pero nunca de lo que no existe.
Podemos teorizar sobre lo que no conocemos, pero no debemos decir que ello no existe, ya que es imposible probarlo. Y he dicho que no debemos, en lugar de no podemos, porque poder, lo que se dice poder, podemos. Podemos decir cuántas majaderías ex cátedra se nos ocurran; es gratis y —a veces— hasta subvencionado.
Por otro lado, si la no existencia de Dios es tan clara y evidente como el Sol, según afirmó Feuerbach, ¿cómo es que toda la humanidad, sin excepción, reconoce la existencia del Sol, pero no suscribe que Dios no existe? ¿Dónde está, pues, lo claro y evidente?
Según los últimos estudios realizados, lo único claro y evidente es que la humanidad es mayoritariamente creyente, y eso, por mucho que usted se revuelva en la tumba, señor Feuerbach, no va a cambiarlo.
Que las religiones tengan sus misterios y dogmas de fe es algo inherente a las mismas; pero que aquellos que niegan la existencia de Dios y rinden culto a la razón humana proclamen dogmáticamente —y como evidente— aquello que no lo es, resulta, además de irracional, tristemente patético, amén de desesperado.
De las ubres de Feuerbach, como no podía ser de otra manera, mamaron tipos como Marx y Engels.
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