Más información
En este mundo, partimos de cero, sin saber hablar ni andar; usando pañales, y siendo incapaces de poder realizar por nosotros mismos las actividades más básicas, como vestirnos o lavarnos.
A partir de ahí comenzamos a subir, poco a poco, el camino hacia esa lejana cumbre que representa la edad perfecta; la culminación de nuestro desarrollo físico. Y como en todo ascenso el tiempo rodará a cámara lenta, y no solo por lo empinado de la cuesta, sino por todo el sobrepeso que iremos cargando por el camino sobre nuestros hombros: personas a nuestro cargo, adquisición y mantenimiento de bienes materiales, obligaciones y responsabilidades; aspiraciones, ambiciones. Toda una mochila llena de banalidades y pedruscos que provocarán que cada paso hacia arriba se eternice y sea más costoso.
Por fin llegaremos, a duras penas, hasta la cumbre de nuestra vida, y en ese momento nos daremos cuenta que no hay vuelta atrás. El camino de subida ha terminado, y el Tiempo nos obliga a seguir, pero esta vez cuesta abajo.
Es el comienzo de una bajada a tumba abierta. Así, todo el sobrepeso que en su momento ralentizó nuestro ascenso hasta la cumbre, ahora nos arrastrará en el descenso, haciendo que el tiempo se acelere suicidamente en una obligada carrera, en la que los años nos parecerán meses, y las semanas, días… Será una caída libre, de regreso a nuestros principios mortales: Ayuda para andar, pañales y papillas, bajo la mirada ansiosa de un Estado voraz, esperando el momento de ahorrarse nuestra humilde pensión, y meter mano en, lo poco o mucho, que dejemos a nuestros hijos.
Esta visión, que no por deprimente deja de ser real, explica por qué a partir de cierta edad el tiempo pasa tan rápido. Es la respuesta a una pregunta que muchos se hacen.
¿Y eso es todo…? Pues afortunadamente, no.
Cuando cumplí cincuenta años, estando en la cúspide de mi carrera personal y profesional, me giré hacia atrás y quedé satisfecho de lo realizado, pero al mirar lo que el futuro me deparaba, y vi la rampa de descenso, sentí una desagradable inquietud. Fue ese el momento cuando con la ayuda de Dios, (yo no estaba muy por la labor), comencé a despojarme de todas las cargas y banalidades que me lastraban y aceleraban mi descenso hacia la tierra que mi cuerpo reclamaba.
Fue en ese momento cuando, mirando al Cielo, decidí que a mi cuerpo le dieran lo que le tocaba, pero que mi alma, mi espíritu, iba a seguir buscando nuevas cumbres que escalar, sin parar hasta llegar a los confines del Universo y más allá, a la búsqueda de mis principios antes de la Creación…; allí donde todo comenzó.
Así es como dejó de importarme que el tiempo corriera o se parará; porque donde mi espíritu habita, ya no existe el Tiempo, sino tan solo un viento perfumado de eternidad que, como alas de ángel, me lleva de regreso al hogar.
Más en Columnistas
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home