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Paz

El Padrenuestro y el 23 F

“SIN PERDÓN, NO HAY PERDÓN”

Antonio Gil-Terrón Puchades 28 Feb 2026 - 06:13 CET
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El presente escrito nació de un simple hecho que, hace años, me hizo cambiar radicalmente, el modo cristiano de ver la vida, y cómo navegar por ella con honesta coherencia.

Fue leyendo una entrevista al general Alfonso Armada, una vez pasado el 23 F, donde un periodista le preguntaba al militar, si perdonaba a los que le habían ´perjudicado´.

La respuesta fue afirmativa. Dijo que los perdonaba, ya que, de lo contrario, no podría rezar el Padrenuestro.

La contestación del general, por su simplismo brutal, provocó en mi interior una explosión de vergüenza, sobre mis endémicas contradicciones y carencias cristianas.

Como creyente, rezaba, y sigo rezando a diario, el Padrenuestro, pero, hasta ese momento, no había sido consciente de lo fuerte que era esa oración. Simplemente, había sido un canturreo de palabras, fijándome más en ´la música´ que en la letra. Cosas de los padres escolapios que, entre capón y guantazo, todo era cantado: la tabla de multiplicar, y los rezos enlazados.

Lo cierto es que, desde que leí la respuesta del general Armada, no hay vez que, al rezar el Padrenuestro, no repasé mentalmente la lista de todos aquellos que, directa o indirectamente, me han herido, o perjudicado, y qué siento hacia ellos.

Mi perdón lo tienen, independientemente que, por precaución e higiene, entre ellos y yo, no deje menos distancia, que la que mide un fusil con la bayoneta calada.

Hecho este ´desclasificado´ preámbulo, sigamos.

“SIN PERDÓN, NO HAY PERDÓN”

Este escrito va dirigido a todos aquellos que afirman que Dios nunca ha atendido sus peticiones, por lo que ponen en duda su bondad, cuando no su propia existencia.

En la mayoría de casos, la tribulación y el sufrimiento, es el pago que recibimos por nuestros actos presentes y pasados, y no nos libra de ello ni la amnesia ni el alzhéimer.

Ante la deuda kármica contraída no cabe más que pedir humildemente a Dios, perdón y misericordia, pero antes de dirigirnos a Él, digo yo que lo correcto sería haber pedido perdón a aquellos a quien, de una u otra manera, hemos ofendido o hecho daño con nuestros actos, u omisiones. ¿No? Pero claro, es más fácil pedir perdón a Dios que al vecino.

Mientras el rencor y el odio hacia aquellos que nos han hecho daño aniden en nuestro corazón, es inútil pedir misericordia y perdón a Dios.

Jesucristo nos lo dejó muy claro cuando nos enseñó a rezar el Padre Nuestro: “…y perdona nuestras deudas, ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTRO DEUDORES…”; “…perdona nuestras ofensas, ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A QUIENES NOS OFENDEN…”.

Antes de rezar el Padre Nuestro deberíamos fijarnos en su letra, y si aún, así y todo, insistimos en hacerlo, no digamos luego que Dios no nos escucha, porque no ha tenido misericordia de nosotros, cuando lo cierto es que nos ha concedido exactamente lo que le hemos pedido, y es que nos dispense el mismo trato que nosotros dispensamos a los demás.

Seamos honestos y consecuentes antes de proyectar en Dios nuestras propias miserias; nuestro orgullo e incapacidad de perdonar, ni de pedir perdón a nuestro prójimo.

Perdonar es el primer paso hacia la paz interior, que es la verdadera paz.

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