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La soledad del corredor de fondo

PÉREZ-REVERTE, EL POETA ORGÁNICO DE LA PARTITOCRACIA

La pasión de servidumbre de un sofista

Pedro Gallego 04 Mar 2026 - 06:43 CET
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Es la jactancia sempiterna de un diletante que no deja de presumir de ser un hombre hecho a sí mismo. Políticamente, un turiferario del Partienstaat y un enemigo de la libertad política, pero que, de manera recalcitrante, fingidamente sufrida y espontanea, se empeña en dar la apariencia de lo contrario. Un snob, un intelectual de salón, que pontifica sobre lo divino y lo humano desde la poltrona de la Academia de este sistema partitocrático. Un envoltorio que oculta una mentira con apariencia de verdad y que seduce con su fama y éxito de ventas al hombre-masa, lo mejor que ha definido Ortega, especialmente en su modalidad de bárbaro especialista y sabio ignorante.

Si mañana desapareciera Arturo Pérez-Reverte y toda su obra, desde el punto de vista de la historiografía, las ciencias, la filosofía, o la política, no se perdería nada. Es un contador de historias que tienen éxito mundial, eso es un hecho indiscutible, y desde luego, `algo` debe tener lo que escribe, pero en ningún caso; conocimiento científico o filosófico, entendido éste como un saber sistemático.

Su condición de reportero de guerra, que saca siempre a relucir para acreditar que conoce la realidad del mundo como nadie, no es en modo alguno lo que Platón quiere representar en el Libro I de La República, cuando nos dice, en uno de los comienzos más célebres de toda la filosofía: «Bajé ayer al Pireo».

Por el contrario, cuando escuchas a Reverte, no puedes sino echar de menos la idea del filósofo ateniense de expulsar de la ciudad a los poetas. En el Libro X de La República, Platón sostiene que, desde Homero en adelante, los poetas trágicos no son más que imitadores de apariencias, pues su obra es una imitación de las cosas sensibles, que a su vez son imitación de las Ideas; es decir, una imitación de la imitación, tres veces alejada de la verdad. Si el trabajo del artesano, del médico o del gobernante es ya una imitación de las Ideas que reproducen, los poetas se dedican a imitar esas mismas imitaciones. Podríamos decir que se dedican a fingir saber lo que no saben. Veamos qué nos dice el maestro de Aristóteles en su Libro X:

«Nos falta ahora examinar la tragedia y á Homero que es su padre. Como oímos decir todos los días a ciertas gentes, que los poetas trágicos están muy versados en todas las artes, en todas las ciencias humanas que tienen por objeto el vicio y la virtud, y lo mismo en todo lo concerniente a los dioses; que es indispensable a un buen poeta conocer perfectamente los asuntos que trata, si quiere hacerlo con buen éxito, y que, de no ser así, es imposible que triunfe; debemos nosotros averiguar, si los que hablan de esta manera se han dejado engañar por esta clase de imitadores; si su error procede de que, al ver las producciones de estos poetas, han olvidado la observación de que están tres grados distantes de la realidad, y que, sin conocer la verdad, es fácil acertar con esta clase de obras, que en último término no son más que fantasmas, que no tienen ninguna realidad; ó en otro caso, averiguar si hay algo de verdad en lo que estas personas dicen, y si efectivamente los buenos poetas entienden las materias, sobre que el común de los hombres estima que han escrito bien».

El cartagenero, utiliza su condición de escritor y narrador de historias superventas para considerarse portador de una legitimidad que le otorga la capacidad de hablar de política o historia, no en los términos que se critican con ironía en el Protágoras, sino porque ostenta argumentos de autoridad. De este modo remata Arístocles “el de anchas espaldas”:

«En la misma forma, el poeta, sin otro talento que el de imitar, sabe, con un barniz de palabras y de expresiones figuradas, dar tan bien a cada arte los colores que le convienen, ya hable de zapatería, ya trate de la guerra o de cualquiera otro objeto, que con la medida, el número y la armonía de su lenguaje convence a los que le escuchan, y que juzgan sólo por los versos, de que está perfectamente instruido en las cosas de que habla; ¡tan poderoso es el prestigio de la poesía. Por lo demás, ya sabes por otra parte el papel que hacen los versos cuando se les quita el colorido musical; no puedes menos de haberlo observado».

Por eso, Reverte no es un intelectual orgánico en sentido gramsciano, sino un poeta en sentido platónico, y un poeta orgánico de la partitocracia desde la plataforma de Gonzalo Fernández de la Mora.

En su sexta edición, celebrada en marzo de 2022, el ciclo Letras en Sevilla, coordinado por Reverte y Jesús Vigorra, se organizaron las jornadas ¿Monarquía o República?: un debate de tres siglos. En ellas, el autor de Alatriste participó en el escenario, en un cara a cara, con su homóloga petulante, Cayetana Álvarez de Toledo: otra enchufada del sistema partitocrático a quien el otrora jefecillo del PP, Pablo Casado, la llamó para incluirla en la lista y colocarla como diputada. En dicho foro, Reverte le preguntó a Cayetana: “Dígame tres reyes de España que justifiquen la palabra monarquía”, respondiéndole ella: Isabel y Fernando (tomándolos como uno), Felipe V y Juan Carlos I, incluyendo a este último por ser artífice de la Transición y la falta de parangón en la historia de España de una gesta así. Sobran los comentarios.

Cayetana tiene la opinión más alta de sí misma: está más orgullosa de ser quien es que Dalí lo estuvo de sí mismo. Y tiene quien la anime a pensar eso. Así, Jiménez Losantos, con esa cara de pastorcillo turolense, después de mofarse de todo quisqui y de tratar como esclavos a todos los empleados que tiene en su radio, le hace la pelota y le realiza entrevistas—masaje en las que le dice lo brillante que es por escribir que: «El nacionalismo existe porque la izquierda ha querido; y, dentro de la izquierda, porque el socialismo ha querido». Ninguna mujer ha llegado tan alto en el pensamiento político, ni siquiera Simone Weil y Hannah Arendt juntas.

Hoy, la gente tiene más miedo a conocer y a decir la verdad que con Franco. Hoy más que nunca, el Estado y la Administración son un rodillo que tritura al súbdito y al administrado hasta arruinarlo o desterrarlo de la vida pública. Pero el análisis de Reverte se resume en dar una de cal y otra de arena que, tras muchos dares y tomares, de manera inexorable, acaba en el mismo derrotero: siempre acaban ganando los malos; nos faltó la guillotina; en Trento nos equivocamos de Dios; España sería un país estupendo si no estuviera lleno de españoles.

Dice en su libro Una historia de España, que la Transición «ha sido la mayor hazaña ciudadana llevada a cabo por los españoles»; que hubo una «ruptura mediante reforma»; y, en cuanto a Suárez, «que lo hizo de maravilla, que fue un grande entre los grandes, a medio camino entre la nobleza de espíritu y el trilero de Lavapiés, y, además, guapo». Finalmente, como colofón, remata con solemnidad y orgullo: «A esa tarea —redactar la que sería la Carta Magna de 1978— se dedicaron los hombres mejores y más brillantes de todas las fuerzas políticas de entonces. Con sus intereses y ambiciones, claro; pero también con una generosidad y un sentido común nunca vistos en nuestra historia».

Dice el disparate, “ruptura mediante reforma”: analizar tal oxímoron sería un desafío hermenéutico para el profesor Miguel Ayuso. Lo que podemos asegurar es que: además de no tener ni idea de Derecho ni de Ciencia Política, y de mentir o, en el mejor de los casos, desconocer lo que fue el reparto del botín que supuso la Transición, Reverte es el enemigo número uno en ventas en destruir la verdad y la realidad.

Étienne de La Boétie, el gran amigo de Montaigne explica el hábito de adular al tirano: «¿No es evidente que, para fortalecerse, los tiranos han procurado continuamente acostumbrar al pueblo no solo a la obediencia y la servidumbre, sino incluso a una especie de devoción hacia ellos?». En nuestro caso, ya tenemos a Reverte y a sus amigos; no nos hace falta tirano alguno.

Todo lo malo que nos pasa es gracias a la Constitución del 78, no a pesar de ella. Ni proceso constituyente, ni representación, ni separación de poderes, ni Constitución —“la que nos hemos dado”—, sino una carta otorgada nacida de una traición al pueblo español, que no pintó nada y al que le robaron la libertad política en una estafa sin precedentes. Eso sí que fue algo nunca visto en nuestra historia, Arturo: un poder constituido erigido en poder constituyente —en términos de Sieyès—, que ha destruido España mediante una carta otorgada hecha por y para los partidos.

Suárez, el inventor del “café para todos”, a quien le dan coba diciendo que fue quien pilotó la Transición junto al rey Juan Carlos; aquel que a duras penas acabó la carrera de Derecho o siquiera leyó un libro (léase a Gregorio Morán); al igual que el Borbón —otro inculto y poco inteligente (léase a Jesús Palacios y a Stanley G. Payne, que reproducen los informes de los tutores de Juan Carlos cuando estudiaba)—, aficionado únicamente al vino, las mujeres y el dinero, además de condenado al ostracismo por corrupción. Estos dos genios son los que, para Reverte, fueron los artífices fundamentales de la mayor gesta de la historia de España.

De nuevo, en 2026, Reverte y Vigorra organizan bajo el rótulo 1936: La guerra que todos perdimos”, organizan unas jornadas que vienen precedidas por la polémica con un joven escritor con boina y tonto político, que fue invitado tras ganar un premio literario y que finalmente declinó la invitación por no querer compartir foro con personas a las que considera representantes de la más recalcitrante derechona.

Consideran los promotores que ahora lo más importante es hablar de la guerra civil, no de la que está cayendo. Para Reverte, Pío Moa, el historiador que supuso un parteaguas definitivo en desmanteló todo el mito de la Guerra Civil le parece «como historiador, sectario; como político de derechas y luego de izquierdas, sectario; como terrorista, mediocre», a lo que le historiador le respondió: «como historiador: cero; como político, un bocazas; como novelista: no sé».

A Pío Moa ni verlo, ni invitarlo a sus grandes debates críticos y plurales, de los que tanto presume. Por el contrario, opina esto de un mequetrefe, inculto y poco inteligente —aunque listillo a la medida de la España más ignorante—: Pablo Iglesias, a quien, además, le han ido suplicando que participe en sus Jornadas Orgánicas sobre la Guerra Civil, del que piensa que: «Es un hombre con talento y sólida formación política, que no me gusta como persona. Pudo ser el gran líder de la izquierda española, pero dilapidó ese capital político con su egolatría y turbiedad. Y no me gusta su rencor, o quizás el modo en que lo expresa».

Para Reverte, quien fuera vicepresidente segundo del Gobierno de Pedro Sánchez y pactara el reparto del poder, colocando a su pareja como ministra de Igualdad, le parece: «“un político muy interesante” que tenía cultura aunque no esté de acuerdo con sus ideas: “Es un tipo que sabe, que ha leído, que tiene argumentos, era buen parlamentario. Un tipo de una estatura política… después él mismo ha sido su propia causa de destrucción, pero era un tipo que merecía la pena. Gente de ese nivel no hay. Rufián… y en la derecha no te digo, para qué vamos a nombrar a nadie».

Para tales jornadas, sí se rodea de la cátedra y de la academia orgánica y estatalizada, que supuran por todos sus poros pasión por la Transición; tal como lo señala García-Trevijano en Pasiones de servidumbre,: «Es muy fácil vivir en el mundo conforme a la opinión del mundo. También lo es vivir en soledad conforme a la íntima opinión. Pero sólo es libre quien en medio de la multitud conserva y dice, sin estridencias, su propio criterio. Si conozco tu secta, tu partido o tu banda me adelanto a tu argumento. Y la acción no es libre si no es sentida como pasión libertadora, si no está precedida de pensamiento crítico para emprenderla y de imaginación dúctil para conducirla. A esta necesidad de independencia mental y coraje moral se refería Romain Rolland, en la introducción a «Clérambault»: «todo hombre que es un verdadero hombre debe aprender a quedarse solo en medio de todos, a pensar solo por todos y, si es necesario, contra todos». Pues un «solo hombre de bien honra más a la humanidad que todos los malvados la degradan» (Rousseau)».

Pasen y vean qué tienen en común todos los historiadores que lleva Reverte para explicar la Guerra Civil: son los mismos que analizan de esta forma el momento crucial que determinó y determina el porvenir de España.

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Cuenta también con escritores como Andrés Trapiello: «Algunos ni siquiera votamos la Constitución, por republicanos y porque entronizaba a un rey que nos parecía eso, otro Borbón más y alguien que no permitía que se hablase en su presencia mal de Franco. En esto último parece que sigue lo mismo, según cuentan los que lo tratan. Es obvio que nos equivocamos con lo de la Constitución, porque hemos visto que ha sido una buena Constitución. Y al rey hay que reconocerle que no estropeó demasiado las cosas. Mi idea de él es, en cambio, poco más o menos la que tenía entonces. Quizá porque a un rey no hay que pedirle mucho más, aunque me sigue pareciendo extraño que de los millones de fotografías que hay de él, no se le vea en ninguna leyendo un libro. Sigo. Estábamos en los años de la movida. Y la movida fue algo que se hacía en grupo también, en la fratría. Así que nosotros nos dedicamos a la vida nocturna, salir, entrar, fundar editoriales y revistas, ir a inauguraciones, escribir algo, volver a salir, ir a unos conciertos de música pop que yo particularmente detestaba, hacer como que íbamos a escribir unos libros que no escribíamos, unas copas, esto, lo otro, un poco de ligoteo, en fin… De eso salió una novela que se llamó La malandanza».

O con elementos como Víctor Lamela: «Hace hoy 40 años VOTÉ por primera vez en mi vida. Tenía 18 años desde el 30-S, y VOTÉ SÍ a la democracia parlamentaria en España. No me arrepiento. ¡Criticadme, criticad la Constitución sin freno!: ella os protege. Y por eso quieren cargársela los líderes indepes y los de Vox». Este pobre hombre no conoce el significado de absolutamente ni uno de los conceptos que cita.

Por supuesto, también invita a una población muestral de oligarcas y exoligarcas de la clase política partitocrática —José María Aznar, Félix Bolaños, Alberto Ruiz-Gallardón, Carmen Calvo, Iván Espinosa de los Monteros y Ester Muñoz— y a gente del cine, como Amenábar o Echanove. Me excuso de pronunciarme sobre todos ellos para no alargar innecesariamente este artículo.

El pensador político español más importante de los últimos dos siglos, García-Trevijano, en el prólogo de la obra El País: la cultura como negocio, de Manuel García Viñó, nos describe el esperpento expuesto hasta ahora ut supra: «Políticos de partido, periodistas, historiadores y novelistas, cuatro especies de degradación oportunista, sacrificaron verdad y libertad a la utilidad de una monarquía menos odiosa que despreciable».

El fundador y organizador de la Junta Democrática, testigo y protagonista de la acción llevada a cabo por la oposición a Franco, describe con un realismo y una fidelidad que ya hubiera querido para sí Balzac en su Comedia humana:

«Presencié en la intimidad de la clase dirigente la transmutación de su miedo a la libertad, en conciencia de negocio de la libertad. Recibí las confidencias de los jefes de partido, sobre su repentino descubrimiento de que no podríamos cambiar el discurso reformista de la prensa franquista, como argumento para abandonar la estrategia de la ruptura democrática, y acogerse a la reforma liberal de la dictadura. Asistí como espectador, en palco sin candilejas, a las carreras hacia La Moncloa, a las invitaciones de los verdugos a sus víctimas, a las adulaciones de los poderosos a los miserables, a esa antesala social que siempre precede a la corrupción de palacios y partidos. Lo que los historiadores de la muerte de Robespierre, y de la vida «termidoriana», describieron doscientos años antes. Pero aquí no había un solo historiador de la verdad, ni un solo artista de la realidad. Sólo periodismo de la mentira política y culturismo de la falsedad artística.

El pacto de silencio sobre el pasado impidió que emergieran historiadores de la verdad y novelistas de la realidad. Los periódicos de la dictadura se aferraron al salvavidas del nuevo diario reformista, fundado por la fácil síntesis intelectual de Ortega y José Antonio, para que la libertad de expresión se realizara sin necesidad de libertad de pensamiento. La disidencia no tendría ya lugar en la mente individual, ni razón de ser en la mentalidad colectiva. Antes, el pensamiento clandestino, residenciado en las prisiones del alma, seguía siendo pensamiento libre. La reconciliación entre mandamases de cortes y partidos exigió un pacto de silencio sobre el pasado (negación de la historia); un pacto de reparto del futuro (negación de la libertad); y un pacto de oligopolio del presente (negación de la igualdad). Los renegados del franquismo y del socialismo pactaron crear un Estado de, y para, los partidos, con libertades sin libertad política, parlamentos sin representación de la sociedad, judicatura sin independencia, demagogia sin democracia y culturismo sin cultura».

Tamames me dijo en el Café Gijón que yo era un formalista por impugnar su condición de “padre constituyente” y que el hecho de que no se siguiera el procedimiento tal como debió seguirse no era importante; lo importante era que Suárez les encargara (a ellos) hacer una Constitución. Después de lo anterior, no podemos sino acordarnos de Benjamin Constant cuando escribe: «La teoría y la práctica no pueden ser términos antitéticos (ya Kant se sublevó contra este tópico.) Cuanto más profundos y fundamentales son los principios, más fecundos son en consecuencias prácticas, porque contienen y abrazan a todos los demás; en este sentido ha podido tener razón Hegel de afirmar que todo lo racional es real, y puede rechazarse la argumentación de los que sostienen que una cosa inexacta en teoría puede ser verdadera en la práctica, como si la razón que al hombre enaltece pudiera contrariar la verdad y ser un verdadero obstáculo para el cumplimiento de los humanos fines».

Todos los males que padecemos hoy, desde la corrupción absoluta hasta la total destrucción de la nación española, en la que los ciudadanos están inermes y sin poder hacer absolutamente nada, se los debemos a aquella ignominia y reparto en que, a la muerte del Dictador, franquistas y opositores se acostaron y se levantaron al día siguiente como demócratas, hermanos fraternos. Para ocultar su crimen, se les ocurrió inventar una categoría política que escondiera la corrupción seminal de este sistema: el consenso. Todo lo anterior es el filtro que se utiliza hoy para decantar lo que es admisible o no, para discutir y analizar desde la Reconquista hasta la Transición, pasando por la Guerra Civil, donde se considera más importante la presencia de Pablo Iglesias que la de Pío Moa.

Rufián y Bildu están en el Congreso gracias a la Constitución del 78, Arturo, a ver si te enteras. ¡A eso le llamas la maravilla de la historia de España! Eres un enemigo de la libertad política fingiendo ser un crítico, vives muy cómodo en el mundo conforme a la opinión del mundo. Eres lo contario al pensamiento crítico y la verdad. ¡Viva Platón!

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