Cuando alguien canta lo bueno que es, mi primera reacción es alejarme de él lo más rápido posible, procurando no darle la espalda; y no precisamente por educación.
Por el contrario, siento una especial empatía por los pecadores confesos y honestos; esos que son más críticos con sus propios defectos que con las pajas que los demás sumen en su haber.
Y es que la bondad, como la maldad, no se explica ni argumenta. No se justifica con palabras; simplemente se percibe. Porque acaricia, o hiere. Se siente.
Dios mío, líbrame de los santurrones y sus consejos, que de los pecadores ya me ocuparé yo.
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