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Teoría y Práctica

Infelizmente a gusto

Si alguien me pregunta si soy feliz, le responderé que a ratos

Antonio Gil-Terrón Puchades 09 Abr 2026 - 06:29 CET
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Hace unos años, no demasiados, descubrí la clave de la felicidad: “Vive en armonía con Dios; confía en Él, y deja que las cosas fluyan y sucedan”.

Esta es la teoría; veamos la práctica.

Si alguien me pregunta si soy feliz, le responderé que a ratos.

En primer lugar, porque vivir en continua y plena armonía con Dios es algo que tan solo lo consiguen los santos, y yo, ni lo soy, ni me acerco; amén que tampoco lo pretendo. Y eso que mi vida ha tenido mucha similitud con la de San Agustín, en su primera época, cuando el de Hipona era un pendón desorejado. Él, finalmente subió a los altares, mientras que, un servidor, aún va buscando dónde estarán sus orejas.

En segundo lugar, porque, aunque hoy ´casi´ vivo en armonía con Dios, aún me quedan viejas deudas que saldar. Antiguas culpas que, gracias a la Divina Misericordia, voy amortizando en cómodos plazos sin intereses, pero que pagar, sí o sí, tengo que pagar.

Así, cuando asumes el sufrimiento presente como pago por algo que hicimos en el pasado, aunque ahora no lo recordemos, a partir de ese momento el sufrimiento sigue, pero ya no duele tanto, al haber dado sentido al dolor y haberlo aceptado como algo positivo, amén de necesario.

En cuanto a las otras pesadumbres diarias que soportamos, y que no se corresponden con el pago de viejas deudas, suelen ser avisos, toques de atención, que nos indican que no estamos viviendo en armonía con Dios, y que hay cosas en nuestra vida que deberíamos cambiar.

Claro que mientras una mayoría piense que vivir en armonía con Dios consiste en ir a misa los domingos y fiestas de guardar, y poco más, nada conseguiremos. Porque lo cierto es que no podemos vivir en armonía con Dios, si no vivimos en plena armonía con nuestro prójimo; y no se trata de no hacer el mal y ya está; se trata de hacer el Bien.

Si dedicásemos las mismas energías que empleamos en progresar materialmente, a progresar espiritualmente, otro gallo cantaría. Pero lo cierto es que la gran mayoría no se plantea el crecimiento espiritual, simplemente sobrevive, rácanamente, con unos mínimos, y con ello se queda tan a gusto… Bueno, infelizmente a gusto.

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