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“MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS”

Trump, del charco, a la cortina de humo

“AQUEL A QUIEN LOS DIOSES QUIEREN DESTRUIR, PRIMERO LO VUELVEN LOCO”

Antonio Gil-Terrón Puchades 15 May 2026 - 07:32 CET
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Me ha producido una tremenda tristeza ver a Donald Trump, anunciando que el Pentágono, se prepara para publicar algunos archivos “muy interesantes” sobre ovnis, tras haberlos desclasificados. Al mismo tiempo, haciéndose el interesante, promete que, en breve, va a haber más aún.

Y digo que me ha producido tristeza, porque huele a ´cortina de humo´, y a desesperación. En cualquier caso, lo hecho por Trump, es de manual; el mismo manual que utiliza ´sanchinflas´, día sí, y el otro también.

El problema de Trump, en estos momentos, no son los ´marcianitos´, sino la que tiene liada en el Golfo Pérsico. Pero, en fin, para la iletrada masa, lo de los ´platillos volantes´, va a funcionar seguro. ¡Mano de santo! O, mejor dicho, de trilero.

No voy a entrar a analizar cuestiones geopolíticas, circunscritas a Oriente Medio, entre otras cosas, porque es imposible distinguir lo cierto de lo inventado, y a un servidor, le gusta trabajar sobre datos ciertos; y, en el tema de Ormuz, es imposible distinguir las noticias de ´falsa bandera´, de aquellas que no lo son.

Personalmente, el tema de ´los marcianitos´, me resbala. Y no porque dude de su existencia, sino porque no van a pagar mi pensión.

Sin embargo, y ya que he dicho que no dudo de su existencia, me voy a permitir entresacar de un libro que aún no he publicado, algunos apuntes del argumentario en que me baso para decir que sí; que hay vida inteligente en el espacio, y, seguramente, bastante más inteligente que la de los habitantes de la Tierra. Veamos.

“MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS”

Si a uno se le ocurre decir que existe vida inteligente en otros planetas rápidamente es tachado de imbécil, cuando no de loco, por la tropa de “sabios” que pululan por bares, cafeterías, calles y plazas, amén de por las barbacoas de fin de semana. Y es que hablar de extraterrestres no es “políticamente correcto”.

La sociedad actual, abducida por el “superhombre” del vesánico Nietzsche, ha sustituido a Dios por el hombre, pero manteniendo los mismos errores en los que se enquistaron – a través de los tiempos – las diferentes religiones y sus iglesias. Me explicaré.

“AQUEL A QUIEN LOS DIOSES QUIEREN DESTRUIR, PRIMERO LO VUELVEN LOCO”

Todas las religiones habidas en la Historia de la Humanidad, siempre han vendido que Dios creó al hombre y al planeta Tierra como centro y ombligo del Universo. Pues bien, cuando un “iluminado”, cliente habitual de sanatorios mentales y manicomios varios, llamado Friedrich Nietzsche, proclama “la muerte de Dios” y el nacimiento del “superhombre”, su dogmática exposición fue rápidamente recogida por los movimientos ateos de su época, convirtiendo a Nietzsche en el icono por excelencia del ateísmo emergente, y digo emergente porque, hasta ese momento, ser ateo declarado había sido una pose un tanto peligrosa para la salud.

“Y SIGUE LA FIESTA”

Desde Diágoras de Melos (siglo V a. C.) que fue condenado a muerte y se salvó gracias a la agilidad de sus piernas, pasando por el noble polaco Kazimierz Łyszczyński, que en 1689 publicó el tratado filosófico: “De non existentia Dei”, en la que cuestionaba la existencia divina, y que fue condenado a muerte por ateo contumaz, [se le decapitó tras arrancarle la lengua con un hierro al rojo y quemarle las manos lentamente], o el dominico Giordano Bruno, braseado sin anestesia, en Roma, el 17 de febrero de 1600, condenado por afirmar y enseñar que en el Universo había multitud de sistemas solares aparte del nuestro.

NIETZSCHE, O EL PUNTO DE INFLEXIÓN

Lo cierto es que, hasta Nietzsche, la no existencia de Dios se había basado en las aparentes injusticias existentes en el Mundo, así como en las indignas actuaciones de las diferentes castas sacerdotales que afirmaban ser los legítimos representantes de Dios en la Tierra.

En resumen, mucho anticlericalismo justificado, pero poco desarrollo, en la explicación y argumentación de las tesis ateas. De esta manera se llega hasta Nietzsche, el cual sí que desarrolla y argumenta, a su manera, la no existencia de Dios.

Lo que hicieron a partir de ese momento los no creyentes, fue sustituir al Dios de las religiones, directamente y a pelo, por el “superhombre” que postulaba Nietzsche, de modo que si protocolo de los creyentes era Dios → Hombre, el protocolo de los descreídos fue directamente → Hombre, y si para los creyentes todo giraba alrededor de Dios, para los descreídos todo giraba alrededor del Hombre, con lo cual se seguía teniendo una visión de boina y campanario del Universo, tanto por parte de los creyentes como por los descreídos, ya que el admitir la existencia de vida inteligente en otros planetas, con la posibilidad de que estos seres extraterrestres fueran superiores al ser humano, les ponía patas para arriba todas sus dogmáticas hipótesis de partida, con lo cual lo más sencillo era negar la mayor, silbar, ponerse de perfil, y mirar hacia otro lado.

Pero la Iglesia Católica, ante la innegable evidencia de lo que se le venía encima, toma la delantera y comienza a soltar globos sonda, utilizando para ello a personajes tales como Monseñor Corrado Balducci, miembro de la curia vaticana, o el padre jesuita José Gabriel Funes, director del Observatorio Vaticano: «Es posible creer en Dios y en los extraterrestres. Se puede admitir la existencia de otros mundos y otras vidas, incluso más evolucionadas que la nuestra, sin poner por ello en tela de juicio la fe en la Creación, en la Encarnación, en la Redención».

Quien pega primero, pega dos veces, y en eso de pegar, la Iglesia tiene oficio; el Santo Oficio sin ir más lejos. Dejemos ahora a creídos y descreídos, y centrémonos en el argumentario hecho por un servidor.

A partir de ahora, quede claro que no voy a argumentar sobre la existencia de Dios, pero sí de la existencia de otros seres inteligentes en el Universo que están, y han estado en contacto con la humanidad, desde la noche de los Tiempos. Como dijo monseñor Corrado Balducci: «Estos extraterrestres de hoy, son los viejos ángeles de la Biblia».

MI ARGUMENTARIO:

El mundo es una isla perdida en medio de una galaxia llamada Vía Láctea, compuesta – según los científicos de verdad- por entre doscientos mil millones y cuatrocientos mil millones de estrellas y nuestro Sol es una más de entre ellas. Nuestra estrella – el Sol- tiene su propio sistema solar, o estelar si lo prefieren, compuesto por los planetas: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno; más un conjunto de planetas menores: Plutón, Eris, Makemake, Haumea y Ceres, que orbitan alrededor de ella.

Ahora, si tomamos como cifra media la de los ocho planetas grandes, que giran alrededor de la estrella Sol y la multiplicamos por doscientos mil millones, que es la cifra, conservadora, de estrellas solares que contiene nuestra galaxia, tendremos 1.600.000.000.000 de posibles planetas en la galaxia de la Vía Láctea.

Pero el tema se complica cuando vemos que, tan sólo de la pequeña parte del Universo que conocemos, los científicos hablan de trescientos cincuenta mil millones [350.000.000.000] de galaxias grandes y 7 billones [7.000.000.000.000] de pequeñas.

Ahora, mediante una sencilla regla de tres, calculen ustedes, el número de planetas que puede haber en la pequeña parte del universo que percibimos, despreciando en el cálculo, los 7 billones de galaxias pequeñas.

– 1 GALAXIA = 1.600.000.000.000 planetas.

– 350.000.000.000 GALAXIAS = X planetas.

– Resultado: 560.000.000.000.000.000.000.000 planetas.

En resumen: Los seres humanos habitamos un planeta llamado Tierra, dentro de la Vía Láctea, una galaxia más de entre los trescientas cincuenta mil millones [350.000.000.000] de galaxias grandes y 7 billones [7.000.000.000.000] de pequeñas.

¿De verdad nos creemos que tan sólo puede haber vida inteligente en nuestro planeta? Hablemos sin miedo, que a la Inquisición hace tiempo – pero no demasiado- que le confiscaron la leña y las cerillas.

Aunque, en honor a la verdad, no hay peor inquisición que la sonrisa bastarda que nace fruto de la soberbia, cuando ésta se aparea con la ignorancia. Como la sonrisa de aquellos que escuchaban a Copérnico afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol y no viceversa; a Galileo expresar más de lo mismo; o como sonreía Calvino mientras quemaban vivo a Miguel Servet, por haber descubierto el sistema circulatorio de la sangre, y cometer el error de contarlo; como sonreían los fariseos en el Calvario.

En fin, como dijo mi Maestro: «En la casa de mi padre hay muchas moradas». Juan, 14:2.

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