Dedicado a todos aquellos que, conscientes del valor del tiempo, supieron exprimir juntos, hasta el último minuto de sus vidas.
Aquella generación que me vio nacer, y que un día, por romanticismo, ilusamente quise hacer mía, pero no llegué.
Aquella generación, que quiso y supo envejecer juntos, consciente del valor de los años, tal vez por vislumbrar lo que yo nunca merecí llegar a ver: “Que el tiempo nunca fue nuestro, ni ilimitado. El tiempo siempre fue prestado. Tiempo que, a la salida, había que devolver.”
Y así, lentamente, fueron desapareciendo los últimos amantes, aquellos que descubrieron que el amor no entiende de papeles, ni la pasión de edad; y, que el amor puede ser santo, aún sin pasar por el altar.
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