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POLÍTICOS Y PERIODISTAS

A Pablo Iglesias le tiembla hasta la coleta porque esta vez Pedro Sánchez no va de farol

Manuel Trujillo 16 Jul 2019 - 07:33 CET
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Pedro Sánchez tiene ahora mismo una posición tan ventajosa sobre los zarrapastrosos de Podemos, que puede permitirse ir, a la vez, de farol y absolutamente en serio.

Las negociaciones que está manteniendo con el cada día más agobiado Pablo Iglesias son eso, un farol, porque en ningún momento pretende hablar de algo con el podemita que no sea su rendición incondicional.

Como sabe que lo tiene entre la espada –con el filo nos referimos a la genial invención eufemística del “Gobierno de cooperación”– y la pared –la repetición de elecciones–, ¿para qué abrir la mano?, pensará Sánchez. No le falta razón.

Y, del mismo modo, Sánchez va absolutamente en serio. De no plegarse Iglesias a sus condiciones, puede acabar convocando una nueva llamada a las urnas.

Y mientras que el tiempo juega en contra de Podemos, escenificando su desgaste, en cambio, para Sánchez, el tiempo juega a su favor.

Cada vez queda más claro que él es el voto aglutinante de toda la izquierda, la que va desde las zonas más tibias a las más calientes, y sus guiños retóricos a C’s y PP, sin dejar de ser eso, guiños, le funcionan a las mil maravillas de cara a la ciudadanía –aquí lo importante son las percepciones– y refuerzan su perfil presidencial.

Aunque Sánchez trata de imitar la estrategia del centro inmóvil de Rajoy –y a grandes rasgos hay que decir que lo consigue–, su personalidad acaba emergiendo y, ya en el colmo del descaro, acusa a sus adversarios de aquello que bien podrían decirle ellos a él.

De Iglesias lamenta su chantaje y que prime el cargo a toda costa, mientras que de Ciudadanos y del Partido Popular se queja de su falta de grandeza institucional.

Un paripé de principio a fin. Puro electoralismo, diseñando al milímetro, eso sí. En la Moncloa hay gente que sabe leer muy bien los periódicos para luego extraer las oportunas consecuencias.

Qué pena que luego todo sea al servicio de un proyecto ideológico tan nefasto.

Como señalaba algún moralista francés: el ingenio lo tienen muy agudo; y el juicio, muy nublado.

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