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Neoclasicismo sueco con rábanos voladores, por J.C.Deus

José Catalán Deus 02 May 2011 - 16:52 CET
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El Royal Swedish Ballet presentó en los Teatros del Canal una doble propuesta de integración de música y danza, partiendo de lo clásico para llegar a lo intemporal, al alimento estético, espiritual y artístico que necesita nuestra época. ‘Tableau perdu’ (Cuadro perdido) es eso, un exquisita encuadre en la estética romántica que se apoya en la música de Felix Mendelssohn. ‘Rättika’ (Rábano), parte también del romanticismo para llegar hasta hoy a través de la música de Johannes Brahms. La danza clásica interpreta la música clásica y todo ello resulta de rabiosa actualidad. Cruce de géneros, baile de épocas, alimento neuronal cargado de sugerencias. Quizás síntoma de un bandazo neoclásico para inaugurar era. Las estampas visuales del cuadro perdido y hallado por los suecos son dignas de incorporarse a la más exigente selección del mundo actual de la danza.

La primera coreografía se basa en la Sinfonía nº4 en la mayor, op.90, conocida como «la Italiana», que el compositor alemán realizó entre 1830 y 1831 inspirado en el color y la atmósfera de Italia, de póstuma publicación en su versión definitiva. Orquestada con dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos cornos, dos trompas, tímpani y cuerdas. Tiene cuatro movimientos: el alegre primer movimiento está escrito en forma sonata; un segundo movimiento se basa en las impresiones de una procesión religiosa que el compositor presenció en Nápoles. El tercer movimiento es un minuet con trío. Y el cuarto (escrito en la clave menor) incorpora figuraciones de danza con tintes de un saltarello romano y una tarantella napolitana.

La segunda coreografía narra, acompaña y exalta el concierto para violín en re mayor, op.77, compuesto por Brahms en 1878, de poco más de media hora y dividido en tres movimientos, con un Allegro non troppo (re mayor), un Adagio (fa mayor), y un impresionante tercer Allegro giocoso, ma non troppo vivace – Poco più presto (re mayor). Orquestado para violín solista, dos flautas, oboes, clarinetes y fagotes, 4 trompas, 2 trompetas, timbales y cuerdas, dura también aproximadamente media hora.

La primera es un contrapunto de blancos y negros, de composiciones pictóricas con siluetas intemporales en las que el vestuario sugiere dimensiones atemporales. La segunda se apoya en un colorido tenue de vestimentas eclécticas en el que el atuendo del primer bailarín resulta estridente.

Entre las dos coreografías se introdujo un injustificado intermedio de casi media hora que no estaba anunciado. Lo que viene a abundar en una cierta desorganización que se observa últimamente en la plantilla de los Teatros del Canal. Pequeños fallos subsanables para no empañar el considerable influjo que están tomando en la vida cultural madrileña.

El Real Ballet de Suecia es la cuarta compañía más antigua en el mundo, tras la de Paris, la de Copenhague y la de San Petersburgo. Ya en 1786 contaba con un cuerpo de baile de 71 integrantes, casi los mismos que ahora. Gran prodigio aunar una larga historia y un fecundo presente, tarea ardua en nuestras oscilantes latitudes. La compañía está girando en las últimas temporadas hacia modos más contemporáneos, lo que quedó reflejado claramente en el doble programa que propusieron: ‘Tableau perdu’ estuvo a cargo del coreógrafo alemán Christian Spuck, de 41 años de edad, y ‘Rättika’, a cargo del sueco Mats Ek. Más clásica la propuesta del joven Spuck. Más contemporánea la del veterano Ek.

Nos plació más la primera propuesta, más cuajada, más integrada en el espíritu de la época. En la segunda, el primer movimiento nos llevó de la placidez a cierto sobresalto hasta llegar a un final brillante; en el corto y desconcertante segundo movimiento parece estar la clave de la pieza, esa sorprendente identificación con la modesta y desprestigiada hortaliza conocida como rábano (no el rabanito domesticado por los franceses); una clave en base al vuelo de fantasmales siluetas trasmutadas en alados rábamos gigantes cuyo significado se nos escapó por completo y que el escenógrafo no hubiera nunca debido dejar sin explicar; la confusión desaparece ante un brillantísimo tercer movimiento con un dúo realmente inolvidable que culmina en una escena sumamente original, con la bailarina protagonista suspendida sobre su pareja, sujeta con una sola mano del bailarín, y después ambos transportados en volandas por el cuerpo de baile hasta volver a la misma posición.

“Trato de crear una ilusión de ballet clásico utilizando tutús de tul y zapatillas de punta, aunque, a veces, las líneas puras del siglo XVIII se desmoronan”, explica Spuck para ayudar a comprender esta sutil deconstrucción. ‘No se trata de visualizar la música. Quiero mostrar su cualidad interna, todo lo que existe entre las notas’. Y añade una defensa audaz de la menospreciada superficialidad, tan balsámica tantas veces en tantas vidas tan ajetreadas. ‘Me siento atraído por la superficialidad. En la Sinfonía Italiana de Mendelssohn, la música es bella e intensa. Al mismo tiempo puedes experimentarla como algo superficial, como algo que ha sido creado para gustar’.

Por su parte, Mats Ek se decidió a coreografiar este concierto de violín de Brahms, al oir la versión de la violinista Anne-Sophie Mutter de 1997. ‘Mutter llega al extremo. La música es poderosa y positiva sin ser romántica. Mi ambición ha sido crear una versión concertante, una interpretación coreográfica de la música. No hay personajes ni se cuenta una historia épica. Es una música llena de vigor que reafirma la vida sin ser romántica’.

La dirección artística de este ballet de prestigio internacional corre a cargo desde 2008 del francés Marc Ribaud, que había iniciado dos décadas antes su carrera como coreógrafo, y de 1997 a 2006 fue director artístico del Ballet de la Ópera de Niza. Su gira española arranca en Madrid dónde sólo actuaron tres días (29, 30 de abril y 1 de mayo en los Teatros del Canal), para a continuación subirse a los escenarios de Gijón, Pamplona, San Sebastián y Valladolid. Una gira que estuvo precedida el año pasado por su presencia en Cataluña, donde en el Centre Cultural Caixa Terrassa presentaron coreografías de Pergolesi, Gottchalk, Beethoven, Tchaikovsky y Prokofiev.

El Real Ballet de Suecia ha parecido comprender y deseado orientarse hacia la infinita veta que representa la música clásica para la danza universal, abrazar la contemporaneidad desde los presupuestos de la danza clásica, integrándolos sin arrumbarlos: tenemos como «misión» ahora, sostiene Ribaud, no sólo interpretar el repertorio clásico sino presentar esos títulos «desde la mirada contemporánea» y abrirse a creaciones modernas, en un «equilibrio fantasioso». Ribaud dice admirar el trabajo de Nacho Duato y de su sustituto, José Carlos Martínez, y vota porque la Compañía Nacional de Danza (CND) sea capaz de convertirse en una formación mixta, contemporánea y clásica, a pesar de que sólo tiene 40 bailarines. «Harán un gran trabajo, estoy seguro, pero lo que no sé es cuánto tiempo tardarán. Creo que fue un error desmantelar la compañía de ballet clásico hace 20 años, debería haber continuado junto con la de Duato».

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Coreografías, 8 – 7
Músicas, 7- 8
Interpretación, 8 – 7
Realización, 8 – 8

Vídeovlips de ambas piezas:

El Real Ballet de Suecia en los Teatros del Canal
29 y 30 de abril y 1 de mayo

Tableau perdu
Coreografía: Christian Spuck
Música: Felix Mendelssohn, Sinfonía nº 4 italiana
Escenografia y Vestuario: Emma Ryott
Luces: Reinhard Traub

Rättika
Coreografía: Mats Ek
Música: Johannes Brahms, Violinkonsert D-dur op. 77
Asistente de coreografia: Ana Laguna
Escenografia y vestuario: Mylla Ek
Luces: Erik Berglund.

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