La primera coreografía se basa en la Sinfonía nº4 en la mayor, op.90, conocida como «la Italiana», que el compositor alemán realizó entre 1830 y 1831 inspirado en el color y la atmósfera de Italia, de póstuma publicación en su versión definitiva. Orquestada con dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos cornos, dos trompas, tímpani y cuerdas. Tiene cuatro movimientos: el alegre primer movimiento está escrito en forma sonata; un segundo movimiento se basa en las impresiones de una procesión religiosa que el compositor presenció en Nápoles. El tercer movimiento es un minuet con trío. Y el cuarto (escrito en la clave menor) incorpora figuraciones de danza con tintes de un saltarello romano y una tarantella napolitana.
La primera es un contrapunto de blancos y negros, de composiciones pictóricas con siluetas intemporales en las que el vestuario sugiere dimensiones atemporales. La segunda se apoya en un colorido tenue de vestimentas eclécticas en el que el atuendo del primer bailarín resulta estridente.
Entre las dos coreografías se introdujo un injustificado intermedio de casi media hora que no estaba anunciado. Lo que viene a abundar en una cierta desorganización que se observa últimamente en la plantilla de los Teatros del Canal. Pequeños fallos subsanables para no empañar el considerable influjo que están tomando en la vida cultural madrileña.
Nos plació más la primera propuesta, más cuajada, más integrada en el espíritu de la época. En la segunda, el primer movimiento nos llevó de la placidez a cierto sobresalto hasta llegar a un final brillante; en el corto y desconcertante segundo movimiento parece estar la clave de la pieza, esa sorprendente identificación con la modesta y desprestigiada hortaliza conocida como rábano (no el rabanito domesticado por los franceses); una clave en base al vuelo de fantasmales siluetas trasmutadas en alados rábamos gigantes cuyo significado se nos escapó por completo y que el escenógrafo no hubiera nunca debido dejar sin explicar; la confusión desaparece ante un brillantísimo tercer movimiento con un dúo realmente inolvidable que culmina en una escena sumamente original, con la bailarina protagonista suspendida sobre su pareja, sujeta con una sola mano del bailarín, y después ambos transportados en volandas por el cuerpo de baile hasta volver a la misma posición.
“Trato de crear una ilusión de ballet clásico utilizando tutús de tul y zapatillas de punta, aunque, a veces, las líneas puras del siglo XVIII se desmoronan”, explica Spuck para ayudar a comprender esta sutil deconstrucción. ‘No se trata de visualizar la música. Quiero mostrar su cualidad interna, todo lo que existe entre las notas’. Y añade una defensa audaz de la menospreciada superficialidad, tan balsámica tantas veces en tantas vidas tan ajetreadas. ‘Me siento atraído por la superficialidad. En la Sinfonía Italiana de Mendelssohn, la música es bella e intensa. Al mismo tiempo puedes experimentarla como algo superficial, como algo que ha sido creado para gustar’.
La dirección artística de este ballet de prestigio internacional corre a cargo desde 2008 del francés Marc Ribaud, que había iniciado dos décadas antes su carrera como coreógrafo, y de 1997 a 2006 fue director artístico del Ballet de la Ópera de Niza. Su gira española arranca en Madrid dónde sólo actuaron tres días (29, 30 de abril y 1 de mayo en los Teatros del Canal), para a continuación subirse a los escenarios de Gijón, Pamplona, San Sebastián y Valladolid. Una gira que estuvo precedida el año pasado por su presencia en Cataluña, donde en el Centre Cultural Caixa Terrassa presentaron coreografías de Pergolesi, Gottchalk, Beethoven, Tchaikovsky y Prokofiev.
El Real Ballet de Suecia ha parecido comprender y deseado orientarse hacia la infinita veta que representa la música clásica para la danza universal, abrazar la contemporaneidad desde los presupuestos de la danza clásica, integrándolos sin arrumbarlos: tenemos como «misión» ahora, sostiene Ribaud, no sólo interpretar el repertorio clásico sino presentar esos títulos «desde la mirada contemporánea» y abrirse a creaciones modernas, en un «equilibrio fantasioso». Ribaud dice admirar el trabajo de Nacho Duato y de su sustituto, José Carlos Martínez, y vota porque la Compañía Nacional de Danza (CND) sea capaz de convertirse en una formación mixta, contemporánea y clásica, a pesar de que sólo tiene 40 bailarines. «Harán un gran trabajo, estoy seguro, pero lo que no sé es cuánto tiempo tardarán. Creo que fue un error desmantelar la compañía de ballet clásico hace 20 años, debería haber continuado junto con la de Duato».
Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Coreografías, 8 – 7
Músicas, 7- 8
Interpretación, 8 – 7
Realización, 8 – 8
Vídeovlips de ambas piezas:
El Real Ballet de Suecia en los Teatros del Canal
29 y 30 de abril y 1 de mayo
Tableau perdu
Coreografía: Christian Spuck
Música: Felix Mendelssohn, Sinfonía nº 4 italiana
Escenografia y Vestuario: Emma Ryott
Luces: Reinhard Traub
Rättika
Coreografía: Mats Ek
Música: Johannes Brahms, Violinkonsert D-dur op. 77
Asistente de coreografia: Ana Laguna
Escenografia y vestuario: Mylla Ek
Luces: Erik Berglund.
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