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De la traición como rutina, por J.C.Deus

José Catalán Deus 08 Sep 2011 - 16:58 CET
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Parecería que la infidelidad en la pareja es un asunto ya trivial, al menos desde la generación de los sesenta para acá. Hace medio siglo, cuando estallaba la revolución sexual que iba a minar el matrimonio y fomentar el adulterio, el Nobel Pinter escribió esta disección pormenorizada, precisa y cronológica de un caso concreto, inspirado para más inri en su propia experiencia. Es probable que se den hoy día muchos casos como éste y es probable que se resuelvan a menudo como en la obra. Rutinarias traiciones asumidas sin culpa y disimuladas con labia, alcohol y buenas maneras. No hay por qué llevarse las manos a la cabeza, al fin y al cabo es mejor que la crónica de sucesos.

Han pasado más de tres décadas desde que Harold Pinter escribiera ‘Betrayal’ (Traición) considerada una de las mejores piezas dentro su prolífica, duradera y triunfal carrera que le llevaría finalmente a obtener el premio Nobel de Literatura. La esposa y el mejor amigo de un buen hombre le han traicionado sistemáticamente durante cinco años, manteniendo una relación estable por las tardes en un apartamento alquilado, mientras los matrimonios se reunían, los niños de ambos crecían y los dos hombres eran socios en un próspero negocio editorial. El asunto entre Nico y Emma terminó hace dos años pero ahora vamos a asistir a su detallada reconstrucción a lo largo de nueve escenas retrospectivas, que se inician en una cita a iniciativa de ella tras dos años sin verse, para contarle que la noche anterior ha revelado a su marido la historia que ellos han mantenido. Y que terminan en el mismo momento en que empezó todo, palabras halagadoras y una mano que te agarra del brazo.

Pinter fecha el inicio de los hechos en 1968 en Londres. Esta versión traslada la acción a Madrid entre 1984 y 1993. La larga Tardomovida, el limbo de Felipe, el descarrille de la transición. Por lo demás, es totalmente fiel al original y está perfectamente traducida. La ha producido ‘Asamblea de Traidores’, una cooperativa de profesionales del teatro que con ella inicia su andadura.

Bien, una vulgar historia de cuernos, dirán algunos, aunque la duración de la traición añade una premeditación y alevosía un tanto ‘heavies’. Hoy día estas cosas parece que ya no son novedad, y que se habrían generalizado a medida que el matrimonio perdía su sacralidad inviolable. Pero amor y desamor, fidelidad e infidelidad, y tensiones y remansos en pareja siguen siendo elemento decisivo en la vida de las personas.

El autor además se basaba en sus propias experiencias -una relación extraconyugal que mantuvo durante siete años (desde 1962 hasta 1969) con una conocida presentadora de televisión- y ello dota a la pieza de una verosimilitud extraordinaria. Tres personajes, cero acción, interiores parecidos -un bar y un restaurante, el salón de la casa de unos, el dormitorio de la casa de los otros, el apartamento secreto-, enormes dosis de alcohol en todas sus variaciones y el incesante dialogar que llena nuestras vidas, hecho de medias verdades y de formalismos, de silencios ostentosos y sobre todo de simulaciones, de ese decir que oculta, de ese ocultar que dice y dice, sin decir nada.

Una obra de una inteligencia que va más allá del soberbio texto, que capta la dimensión emocional, sin duda mucho más importante. Y que refleja el estado de la cuestión ya para entonces común en las clases altas británicas y hoy extendido a nuestras clases medias: cinismo e ironía permiten lidiar exitosamente con los grandes problemas de la existencia, incluido el adulterio. Mejor tres wodkas que un crimen pasional. El tiempo todo lo cura. Y una botella de vino siempre a punto, ayuda. Un posibilismo civilizado, una resignación experimentada que es el valioso mensaje de esta obra, más que esas teorizaciones tremebundas que la directora nos ha preparado para crear ambiente.

María Fernández Ache ha hecho un buen trabajo y su debut como directora promete. Original el mecanismo de cambio de escena, aceptable la concepción del escenario y el movimiento de objetos y personas, acertado el ambiente general ‘improvisado’, pero interesante sobre manera la dirección de actores. Una cosa importante tiene esta ‘Tración’ y es que suena especial, algo diferente a lo que tenemos por costumbre en nuestros escenarios. No sabemos como se reparte el mérito entre director y actores pero juntos han dado con una forma de interpretar como si improvisaran, de moverse y hablar con los tics dubitativos de la gente corriente, que es lo contrario a la peste envarada y redicha que parece provenir del infiernos de las teleseries.

No sólo es un importante acierto la presencia de Will Keen, sino que Alberto San Juan le da una réplica estupenda y Cecilia Solaguren se muestra asombrosamente entrañable. Durante los 95 minutos de función y hasta hace dos, la duda metódica de si se ha acertado en esta forma de hablar y moverse que parece vacilante e insegura, lejana de la ortodoxia actoral, nos ha asaltado. Sin conseguir que cambiemos el dictamen: nos gustó, nos gustó mucho. Es la personalidad de esta adaptación, lo que la hace una obra destacable en la cartelera de este inicio de temporada.

San Juan es de lo más firme en el panorama actual. Tiene personalidad y trabaja seriamente: estuvo en nuestros escenarios con Urtáin y en Tito Andrónico y ya puede estar en cualquier parte. De Keen no vamos a descubrir nada, sólo a subrayar la dificultad añadida de este papel en español; su ‘Macbeth’ con Cheek by Jowl y la dirección de Declan Donnellan, que se viera en Madrid en mayo de 2010 sigue todavía de gira por el mundo. Estamos seguros de que a Solaguren la vamos a ver muchas más veces en los escenarios españoles. Tiene ese ‘algo’ en escena.

María Fernández Ache debería estrenar pronto su Platform, versión teatral de la novela del mismo título del ínclito Houellebecq. Ella es elemento capital en esta fusión hispanobritánica, jalón y ejemplo de que al fin hemos asimilado la lección dramática de la pérfida Albión y podemos ser capaces de crear algo serio a nuestra manera.

El cuarto personaje de ‘Traición’ es el lubricante social más efectivo que la humanidad ha inventado hasta el momento. La cantidad y variedad de bebidas alcohólicas de apariencia verídica que se trasiega en el escenario es inaudita y tiene sin duda algo que ver con ese leve tambalearse, ese irónico distanciamiento, esa británico flema con que se toman los personajes un argumento que podría ser explosivo.

‘Traición’ es el Pinter del justo medio, entre ‘The Homecoming’ (Regreso al hogar) y ‘Celebración’: ambas se han visto recientemente en Madrid. Menos brutal que la primera, escrita con 34 años y parte beligerante de la ofensiva artística y cultural que se abatía sobre el viejo orden social, y menos amarga que la segunda, donde la ironía ha sido sustituida por la crudeza de una sucesión de agresiones verbales peores que puñaladas traperas. En ‘Traición’ Pinter se muestra maduro, equidistante. Construye un tratado palpitante sobre la mejor manera de minimizar los daños colaterales cuando surge el peor de los ataques en la guerra permanente que es la vida en pareja.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Texto: 8
Traducción y adaptación: 8
Dirección: 7
Escenografía: 6
Interpretación: 7
Realización: 7
Producción: 6

Teatro Español – Sala Pequeña
TRAICIÓN
De Harold Pinter

Intérpretes:
Will Keen: Robert
Alberto San Juan: Nico
Cecilia Solaguren: Emma

Equipo artístico y técnico:
Traducción, versión y dirección, María Fernández Ache
Ayudante de dirección, Rolando San Martín
Escenografía y vestuario, Ikerne Giménez
Sonido, Mariano García
Iluminación, Marino Zabaleta
Mobiliario, Muji
Vestuario cedido por Adolfo Domínguez
Una producción de Asamblea de traidores

Duración del espectáculo: 95 min. Aproximadamente sin intermedio.

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