Han pasado más de tres décadas desde que Harold Pinter escribiera ‘Betrayal’ (Traición) considerada una de las mejores piezas dentro su prolífica, duradera y triunfal carrera que le llevaría finalmente a obtener el premio Nobel de Literatura. La esposa y el mejor amigo de un buen hombre le han traicionado sistemáticamente durante cinco años, manteniendo una relación estable por las tardes en un apartamento alquilado, mientras los matrimonios se reunían, los niños de ambos crecían y los dos hombres eran socios en un próspero negocio editorial. El asunto entre Nico y Emma terminó hace dos años pero ahora vamos a asistir a su detallada reconstrucción a lo largo de nueve escenas retrospectivas, que se inician en una cita a iniciativa de ella tras dos años sin verse, para contarle que la noche anterior ha revelado a su marido la historia que ellos han mantenido. Y que terminan en el mismo momento en que empezó todo, palabras halagadoras y una mano que te agarra del brazo.
Bien, una vulgar historia de cuernos, dirán algunos, aunque la duración de la traición añade una premeditación y alevosía un tanto ‘heavies’. Hoy día estas cosas parece que ya no son novedad, y que se habrían generalizado a medida que el matrimonio perdía su sacralidad inviolable. Pero amor y desamor, fidelidad e infidelidad, y tensiones y remansos en pareja siguen siendo elemento decisivo en la vida de las personas.
Una obra de una inteligencia que va más allá del soberbio texto, que capta la dimensión emocional, sin duda mucho más importante. Y que refleja el estado de la cuestión ya para entonces común en las clases altas británicas y hoy extendido a nuestras clases medias: cinismo e ironía permiten lidiar exitosamente con los grandes problemas de la existencia, incluido el adulterio. Mejor tres wodkas que un crimen pasional. El tiempo todo lo cura. Y una botella de vino siempre a punto, ayuda. Un posibilismo civilizado, una resignación experimentada que es el valioso mensaje de esta obra, más que esas teorizaciones tremebundas que la directora nos ha preparado para crear ambiente.
No sólo es un importante acierto la presencia de Will Keen, sino que Alberto San Juan le da una réplica estupenda y Cecilia Solaguren se muestra asombrosamente entrañable. Durante los 95 minutos de función y hasta hace dos, la duda metódica de si se ha acertado en esta forma de hablar y moverse que parece vacilante e insegura, lejana de la ortodoxia actoral, nos ha asaltado. Sin conseguir que cambiemos el dictamen: nos gustó, nos gustó mucho. Es la personalidad de esta adaptación, lo que la hace una obra destacable en la cartelera de este inicio de temporada.
María Fernández Ache debería estrenar pronto su Platform, versión teatral de la novela del mismo título del ínclito Houellebecq. Ella es elemento capital en esta fusión hispanobritánica, jalón y ejemplo de que al fin hemos asimilado la lección dramática de la pérfida Albión y podemos ser capaces de crear algo serio a nuestra manera.
El cuarto personaje de ‘Traición’ es el lubricante social más efectivo que la humanidad ha inventado hasta el momento. La cantidad y variedad de bebidas alcohólicas de apariencia verídica que se trasiega en el escenario es inaudita y tiene sin duda algo que ver con ese leve tambalearse, ese irónico distanciamiento, esa británico flema con que se toman los personajes un argumento que podría ser explosivo.
Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Texto: 8
Traducción y adaptación: 8
Dirección: 7
Escenografía: 6
Interpretación: 7
Realización: 7
Producción: 6
Teatro Español – Sala Pequeña
TRAICIÓN
De Harold Pinter
Intérpretes:
Will Keen: Robert
Alberto San Juan: Nico
Cecilia Solaguren: Emma
Equipo artístico y técnico:
Traducción, versión y dirección, María Fernández Ache
Ayudante de dirección, Rolando San Martín
Escenografía y vestuario, Ikerne Giménez
Sonido, Mariano García
Iluminación, Marino Zabaleta
Mobiliario, Muji
Vestuario cedido por Adolfo Domínguez
Una producción de Asamblea de traidores
Duración del espectáculo: 95 min. Aproximadamente sin intermedio.
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