Por José María Arévalo

(Gitana. Óleo de Eduardo García Benito, en la reciente exposición de la Sala Municipal del Museo de la Pasión, Valladolid. 45×38)(*)
Proseguimos con la publicación del discurso leído, el 14 de Junio de 1962, por Eduardo García Benito, en su recepción pública en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, “La revolución en el arte, el arte en la revolución”. Decíamos en nuestro anterior artículo que García Benito se refería a dos clases de pintura revolucionaria, la de «propaganda» y “otra sutil dirigida a los intelectuales y que consiste en una negación de lo inteligible”. Así ocurrió, al concluir la segunda guerra mundial, que las galerías y pintores perseguidos por el nacismo, añadieron, al prestigio de la novedad, el prestigio de la persecución sufrida. Y explicaba cómo la democracia y el antifascismo abrieron sus puertas al arte de la izquierda, arte revolucionario. Y concluía: “Yo hevisitado el museo Gugenheim, en Nueva York. Una pintura abstracta puede ser, si se quiere, un objeto decorativo. Un museo abstracto es una alucinación. Se sale de allí dudando si hemos visitado un museo. De ninguna manera se nos antoja haber vivido un momento en contacto con la vida de la razón y del espíritu”.
“Aunque parezca paradójico –continúa García Benito- , quiero hacer notar aquí mi disconformidad con la atracción que ejerce París sobre los jóvenes artistas. En arte hay lo efímero y lo permanente. París, centro geográfico del mundo moderno, es la ciudad de lo efímero, donde se enfrentan todas las mañanas todas las ideologías. Abelardo y la filosofía en plaza pública, da lugar a muchas herejías. Los sofistas sustituyen a los filósofos, y el impostor se hace pasar por profeta. Esto no impide que yo tenga que hacer aquí un elogio de Francia, centro y palestra donde se afrontan las inteligencias. Francia tolerante y acogedora donde se ha formado mi espíritu. París no es solo francés. París es la capital de Europa. Por mi parte creo que para encontrar de nuevo la verdadera continuidad de la pintura española, hay que buscarla en París.
Es Manet, que continúa a Goya, de quien sale todo el arte moderno. Goya encontró antes que nadie, el impresionismo en el paisaje -ver la pradera de San Isidro-, y en la figura -ver su autorretrato a contraluz-, el primero que un artista haya hecho así. Goya inventó también el expresionismo, que empieza en «Los fusilamientos de la Moncloa» y se continúa a través de todas las pinturas de «La casa del sordo». Todo esto lo vio Manet, mejor y antes que ningún español. La pintura española del siglo XIX, como la música anterior a Granados, Albéniz y Falla es italianizante. Las Escuelas de Bellas Artes, envían a sus mejores alumnos a Roma. Manet vino a Madrid. Así, si Manet está en el origen de la renovación del arte francés de fines del siglo XIX, pues de él salió toda la pléyade de impresionistas, España tuvo algo que ver con ello. Pero no hay que dejarse llevar por un falso orgullo.
En realidad si de algo podemos estar orgullosos es de ser europeos. De ser hijos y parte de esta Europa que desde hace más de veinte siglos ha enseñando a pensar al mundo. Esta Europa, hoy odiada de muchos, casi destrozada por sus luchas intestinas, pero fuera de la cual, y de los pueblos a los que dio vida, no hay más que barbarie. Europa es una unidad espiritual, y Goya, aun siendo profundamente español, pues cada pueblo tiene su característica, no tiene otro mérito, que el de haber confrontado el preciosismo artificial de Tiépolo, italiano, con la sobria naturalidad de Velázquez.
La pintura francesa, a fines del siglo XIX, representada por Manet y los impresionistas continúa la tradición. El mal viene después. El deseo de los» marchantes» de encontrar siempre algo nuevo (ya hemos dicho que el comercio en París vive de la novedad) desata un confusionismo en el que vivimos hoy. Aún así y todo, en medio de esa confusión, todo lo que es verdaderamente francés es armonioso.
La estilización decorativa de un Matisse o de un Dufy, no está nunca exenta de gracia. El genio latino no puede prescindir de equilibrio. Aunque Matisse no tenga más que un interés decorativo, no se puede negar su constante preocupación por lo armonioso, por lo bello. Lo mismo suele pasar con casi todos los artistas franceses. El mismo Villón, no tiene una obra en la que no haya puesto una voluntad, una busca sincera de composición y armonía de color. Lo mismo Delaunnay, Duchan, Dufresne o Lhote. El mal no viene de los franceses. El mal viene de que París es un centro internacional de la inteligencia. Y la inteligencia se ha puesto al servicio de la revolución.
La Escuela de París, está compuesta en su mayoría, por nombres cuya asonancia no tiene nada de francés. Ni Kisling, ni Soutine, ni Chagal, ni Zadskine, ni Picasso, son nombres franceses.
Desde la creación del nuevo museo de arte moderno en París, casi toda la pintura francesa del antiguo museo del Luxembourg, ha desaparecido. Sin embargo, aunque la moda haya cambiado, no toda esa pintura era mala. Pintores como Besnard, Corret, Puvis de Chavannes, Jacques Emile Blanche, fueron buenos pintores. Se les debe una plaza y una reparación. Así como a algunos extranjeros desaparecidos también. Sargent, Sorolla, Zorn, Whistler, Zuloaga. Es justo decir que tres franceses, Vuillard, Bonnard y Marquet, honran ese museo de arte moderno. El arte no puede vivir únicamente de extravagancia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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