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Dolor en las flores blancas y amarillas, junto al rojo de las amapolas

Tres foramontanos en Valladolid 03 Jul 2011 - 07:21 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Afueras de Valladolid. Acuarela de José María Arévalo.28×36)(*)

Sólo el buen Dios es testigo/ de lo que medita a solas/ ante un campo de amapolas/ el que sembró buen trigo”. (anónimo)

En tierras sueltas, ligeras, limosas, fértiles, del valle del Duero, tuve un labrador vecino descuidado en extremo o “una miaja inorante”. Labraba con los machos, sembraba a mano el “cerial” en su “cachejo labranza”. Luego, se tumbaba en el banco de la cocina a la bartola, sin más ocupaciones que ver la tele y merendar, eso sí, “en condiciones” en sus todos ratos libres dentro de la bodega. Durmiera, merendase, o se empapara de basura en la tele, la naturaleza no lo hacía. Su sembrado, de no más de media obrada, y sin saber cómo, nacía, se desarrollaba, reverdecía exuberante, como los de sus convecinos. Como los míos.

“Marzo airoso y abril lluvioso, sacaron a mayo florido y hermoso”. Coincidimos un día “Meagorras” y servidor en nuestras respectivas labranzas. Rodeado el cachejo de Meagorras de espinos albares, reventaban de flores blancas, blanquísimas, inevitable preludio de las mamajuelas, como batanero alguno pudo dar tal blancura “nian” en el ajuar de una novia. Sonreía Meagorras. Su cacho era la expresión viva de la belleza natural. Envidia de los colindantes. La mirada al atardecer sereno del claroscuro primaveral, recibía en la retina de los castellanos atónitos el impacto de la belleza representada, bellísima, en su cacho. Definición de “la color”.

Como el rayo rasga las sombras en días de tormenta, los del ojo humano, a través de la blancura en los espinos albares, reventones, recibía el amarillo de las gévenas (“amarillas”), junto al rojo, vivísimo, de las amapolas. Colores intensos, cuasi insultantes. Avergonzado el verde en las hojas del cereal, apenas si éste se atrevía a mostrarse a sus amos: triste el uno. Sonriente el otro.

Con el arrebol encendido en el cielo por los últimos rayos de un sol que, tímido, se ocultaba lentamente tras la panza del páramo asombrado, rompió el embrujo del silencio la voz de Meagorras. Las campanillas blancas del “amor del hortelano”, adherido como lapa a las aún débiles cañas de la cebada ladilla en ciernes, abrieron aún más los pétalos impolutos, para escuchar las palabras del insensato. Hasta la también muy blanca correhuela en sus flores, se apretó recia a la debilidad donde se enroscaba. Trepadora. Abrazo de muerte. Pero el cacho, era una hermosura hecha color. Envidia del arco iris, presumido en las alturas al escampar la bendición de la lluvia. Fortaleza venida del cielo en pagos castellanos.

-¡Tanto mirar y remirar “allí riba”, tanto escardar “pa ná”. Y “áhura, velesahí tenís los cachos, que páicen difuntos”! –exclamó ufano Meagorras. Servidor callaba.

-¡Que no “luhay” como el banco y la bodega!, proseguía erre que erre. Fanfarrón.

Tímido: “al freír será el reír…”, le dije. Y para rematar su sonrisa presumida, ignorante: “El que ríe mejor, ríe último”. Silencio.

Como cada día muere, como cada vida muere un poco cada día, así el color y el cereal en los cachos. El blanco moría en blancura, tornándose sucia, apagada…, hasta morir. Del todo. El amarillo de las gévenas, se tornó en color indefinido: el del campo yermo. El rojo de las amapolas, yacía en el suelo, sucio como el terreno.

Porque no hay alegría sin dolor previo, el cacho de Meagorras, languidecía. Se hacía viejo. Como su amo, en el banco o en la bodega. Como la cigarra hambrienta. El amor del hortelano –hierbas malvadas- buscaron otros huertos. Las correhuelas enroscadas, abrazadas, morían como su sustento. La cebada ladilla, se agostó raquítica, enclenque en el cacho de Meagorras. Gozo efímero. Dolor.

Llegó la hora de freír. De reír el último. El trillo en las eras del holgazán, más trituró gévenas resecas, restos de las débiles amapolas, del simulacro de correhuelas, que pajas enfermizas sin más contenido en proyectos de espigas, como lenguas de pájaro en vez de grano. Y paja. También escasa.

Se volvieron las tornas. Como la cigarra, Meagorras languidecía cada día un poco camino de las bodegas. Murió en el banco. Servidor, hormiga, y perdonen la “comparanza”, mudado y limpio de sudores, merendó, al fin y “en condiciones” dentro del frescor de la bodega.

No pude descansar luego a la bartola, porque, dura, mas no ingrata la vida del labrador, apremiaban nuevas labores. Sigo vivo. Hasta que Dios quiera. Sin poner mi gozo en el granero repleto. Color y flor de un día. El dolor tiene lugar definitivo. La alegría verdadera el suyo. Nos vemos… Si Dios es servido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm4.static.flickr.com/3349/5845512643_358b91950e_z.jpg

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