Por Carlos de Bustamante

(Interior lleno. Acuarela de Manuel Macías Cañizares en la web “100×81”) (*)
Lo que digo abajo en éste que creí primer artículo (La visitación de Nª Sª a su prima santa Isabel), es cierto. Pero mientras lo escribía y, sobre todo al terminarlo, pensé que esta Madre nuestra había influido y mucho a lo largo de mi vida. Lejos de creerme caso único, enseguida se me ocurrió que, bien pudiera ser una influencia más generalizada de lo que en principio pudiera pensar.
Podría, pues, cambiar el título de “mi Madre”, por el de “nuestra Madre”. Tarde lo he considerado cuando ya está escrito y no me pete modificarlo. Es lo que muchos de ustedes, mis improbables lectores, van a recordar, pero no lo han escrito. Por más atrevido-ojalá no sea propio de mi ignorancia-, “me pido ser primer”. A ustedes les corresponde, permítanme que se lo diga, completar lo mucho que falta a historias interminables en estas tierras de María. También, y les ruego que lo hagan aunque sea “in mente”, corregir errores o presuntas sensiblerías. Las que tal vez pudieran parecer o incluso serlo. Discúlpenlas porque, en cualquier caso, siempre serán fruto de un cariño, que no me importa demasiado sea más o menos controlado. Probablemente a Ella, tampoco. Las cosas importantes, se hacen de corazón. Descorro al menos uno de los siete cerrojos con que por lo general debemos guardarlo y dejo que se explaye.
Para finalizar el preámbulo les anticipo, que no cuidé demasiado el orden y cronología de las historias. Es, y perdonen mi nuevo atrevimiento, labor que dejo para ustedes si les place. Creo que los saltos de una a otra historia en poco o en nada influyen, para traerles a la memoria las suyas propias. Mejores, seguro, y más fundamentadas que las mías. Lo siento. He sido “primer”. Espabilen.
LA VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA A SU PRIMA SANTA ISABEL
No tenía idea de que este primer artículo tuviera destino alguno. Es, simplemente, una confidencia muy especial que me hago a mí mismo. Nada preconcebido.
Acabo de llegar a casa tras oír Misa en mi parroquia. Fui con la intención de ofrecerla por una intención particular que no me pete divulgarla. Con la seguridad de que, último día de mayo del mes dedicado a la Virgen, se me concedería. Lo que me causó sorpresa fue que según dijo el sacerdote en la breve homilía, hoy conmemora la Iglesia la Visitación de la Virgen a su prima santa Isabel.
Me hice un personaje dentro de la escena: preciosa en la sencillez. No podría continuar -o comenzar- las pretendidas historias, si no les recuerdo la sucedida en una casita, pobre pero digna, en Ain Karín; pueblecito en las montañas de Judea al norte de Jerusalén.
Una muchachita muy hermosa -casi una niña- se dirige “con prisa” por senderos cada vez más empinados hacia el pueblín que aún no vislumbra desde el borriquillo de pequeña alzada que lleva del ronzal un varón recio, en la flor de la vida, sin cansarse de mirar descaradamente a veces, y con el rabillo del ojo siempre, a su esposa sobre la cabalgadura. José, que así se llamaba el esposo de la encantadora jovencita, aparta con las sandalias de cuero que enfundan pies vigorosos, hasta las piedras de la senda, para que no tropiece el jumentillo con la preciosa “carga” en estado de buena esperanza.
Tras varios días de duras jornadas desde Nazaret, al fin llegan a las primeras viviendas de Aín Karín, recostadas en las laderas ásperas de la montaña. Descabalga Miriam, que yo lo vi…, y otra vez “con prisas”, se dirige rápida a la casa de su prima. A la llamada suave en la puerta, acude una señora mayor, que ante la sorpresa de ver allí a su prima Miryam, permanece unos momentos muda. De la mano recia de José, penetran en la casa con la sonrisa puesta, expresión de la felicidad por el buen término de su viaje. Descalzos los pies menudos de la Niña y callosos, fuertes, los de su esposo, penetran en una estancia sencilla, humilde, pero relimpia. Zacarías hace, ceremonioso, los saludos de rigor. Deseosa de intervenir, a Isabel se le hacen -porque lo son- interminables.
Transcribo literalmente la escena y expresiones que narran el Evangelio de san Lucas:
“Habiendo entrado en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. Lo mismo fue oír Isabel la salutación de María, que la criatura (de Isabel, también embarazada de san Juan Bautista) dar saltos de placer en su vientre; e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y exclamando en alta voz, dijo a María: Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues lo mismo fue penetrar la voz de tu salutación en mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi vientre. Bienaventurada tú que creíste, que se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”. No me importa repetir parte de esta historia en la siguiente, más completa. Ojalá así no se nos olvidasen nunca las palabras que, como el catecismo del padre Astete o Ripalda aprendidas de memoria desde niños, aún nos sirven para tener muy presentes las verdades más importantes de nuestra Fe.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6010/5960023481_42ef3db5b1_b.jpg
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