Por Javier Pardo de Santayana

(La hora azul. Costa noruega. Acuarela de Torgeir Schjolberg en schjolberg.no/ )(*)
Un animal – no puede considerársele otra cosa – se carga a cerca de ochenta personas en Noruega, y la perplejidad que causa llega a tal extremo que las mentes desvarían. La prensa se apresura a decir que el asesino es un “cristiano” de extrema derecha. Claro que a las pocas horas aparece una foto suya con mandil. Luego nos dicen que militó en la segunda fuerza política del país, conocida como “Partido del Progreso”. Pues vaya “progreso” el suyo. ¿Pero no dicen que el “progreso” es de izquierdas? O sea que, como mínimo, se trata de un cristiano masón y progresista, y la cosa empieza a sonar raro.
Por lo visto, el tipo en cuestión desbarraba hablando de la inmigración, y andaba inquieto por la futura influencia del Islam en su país; preocupación compartida por muchos aunque no lo digan. Pero claro, de la preocupación razonable a vestirse de policía para disimular, agarrar un arma y un paquete de explosivos, y cargarse a los que pasaban por ahí, va como de aquí al Polo Norte.
Les diré, y conste que con ello no pretendo colgarme medalla alguna, que mi opinión fue siempre que Europa debía debatir “democráticamente” – antes de que fuera demasiado tarde, como es el caso – acerca de los efectos tanto beneficiosos como perturbadores que sin duda acarreará la inmigración, pues la experiencia de las grandes migraciones es sobradamente conocida como para que nos coja de nuevas. Quizá recuerde también el lector – aunque esto sea mucho suponer – que en este mismo blog me referí al flagrante error que cometió la Unión al no abordar seriamente el tema antes de que fuera tarde, como es el caso, y relaté, incluso, la resistencia de un conocido foro a meterse en harina y abordarlo sin prejuicios. La razón aducida para el rechazo era que las subvenciones peligraban, ya que los responsables políticos españoles no admitían otro enfoque que no consistiera en hablar de “su Ley”, y Europa tenía esta cuestión como un asunto “cultural” en el que no consideraba adecuado entrometerse.
Ahora, ante los inesperados sucesos de Noruega, la prensa progre ha saltado como un resorte. El mensaje subliminal es que, después de todo, los terroristas islámicos no son un caso aislado, puesto que también los cristianos tienen el mismo espíritu de revancha que los de la yihad pero desde el lado opuesto. O sea, que café para todos. Y el tema religioso (¿) se repite a la inversa. Ahora se trata de fundamentalistas “cristianos”; o sea que la religión demuestra ser, una vez más, un peligroso factor de desestabilización mundial. Además la realidad hace evidente que estos “cristianos” fundamentalistas son incluso peores que los miembros de Eta, puesto que éstos cobran del Estado y son tan lúdicos e inofensivos que hasta se ocuparán de organizar las fiestas de San Sebastián. Así que el noruego exterminador debería aprender de ellos.
Cierto es que hasta ahora han asesinado a mucha más gente que el noruego, pero por lo menos no lo han hecho tan de golpe. No es casualidad, por tanto, que uno de los asesinos más señalados llegase a merecer un cargo del Estado pintiparado para él: el de presidente de la Comisión de Derechos Humanos del País Vasco. Como tampoco fue casualidad que, después de escaparse, le dejásemos disfrutar de los bellos paisajes alpinos. Así que, con todos estos antecedentes, ¿cómo no elevar ahora a la categoría de alcalde a uno de sus más relevantes cómplices?
Pero claro, estos noruegos, tan elementales e ingenuamente infantiles, y, sobre todo, tan ignorantes de estos artificios nuestros, se nos han quedado de piedra al ver que uno de ellos se dedicaba a matar a sus compatriotas con tanta naturalidad. Ahora surgirá un clamor en la nación para exigir mayor control de todo: de lo que dice y escribe la gente – sobre todo si sus opiniones sobre la inmigración son como las del sujeto en cuestión -, de la compra de armas y sustancias aptas para la fabricación de explosivos, y de lo que de una u otra forma pudiera facilitar o propiciar otros sucesos aberrantes como el que nos ocupa. Y se darán cuenta de que aquello de “tó er mundo e´güeno” no pasa de ser una simpática pero ingenua expresión de voluntarismo que sólo sería capaz de aceptar el surrealismo español. Así que, decepcionados de la vida, dotarán de armas a algunos de sus policías, hasta ahora dedicados prioritariamente a facilitar información a los peatones. Sé de algún noruego que incluso se planteará el dejar de bombardear a Gadafi para no herir susceptibilidades.
O sea que, poco a poco, todo el mundo irá cayéndose del guindo. Porque nosotros los españoles, con excepción de lo del terrorismo, en lo que hemos llegado a una categoría que podríamos calificar de “sublime” – fíjese usted que aquí hemos llamado “hombre de paz” a un secuestrador cómplice de los que matan -, hemos ido perdiendo la virginidad en todo lo demás. Y si usted duda de ello, fíjese en cómo el simpático abuelete ya no podrá acariciar a un bebé sin que las miradas se ciernan sobre él como potencial pederasta; la enamorada no podrá hablar de su novio sin que imaginemos un preservativo en su bolsillo, y no habrá político que al reconocer su condición no haya de soportar la presunción de un comportamiento corrupto. Y ahora tenemos lo que nos faltaba: ver a un bondadoso y simpaticón policía noruego con la porra colgando y la pistola bien a mano.
Verdaderamente, ¡qué decepción la nuestra, y no digamos la de nuestros admirados socios europeos! Ahora, cuando ya hasta los niños de primaria saben, no ya de donde salen los niños, sino incluso que se los cargan antes de salir del seno materno con el entusiasta permiso de la autoridad, cuando si sufres un asalto puedes ser el principal sospechoso ante la ley a poco que reacciones, cuando si te roban menos de cuatrocientos euros verás salir al ladrón más animado a delinquir que antes, contemplar ahora, como colmo, que aquel islote de paz y tranquilidad que fue Noruega sea mancillado por la figura de un policía armado, puede ser algo verdaderamente difícil de sobrellevar, no sólo por los admirados noruegos, sino también por nuestros futuros demócratas ibéricos, modelados por la educación para la ciudadanía en los excelsos y nunca suficientemente ponderados principios del buenismo oficial.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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