Por Carlos de Bustamante

(Rincón en Vilamor. Acuarela de F.J. Castro en acuarelasfjcastro. blogspot.com)(*)
A seis u ocho kilómetros de Jerusalén y al agrego de las montañas de Judá, hay una aldea que es “fuente del viñedo”, llamada Ain Karin. Cuenta con muy pocos vecinos, pero entre ellos los hay de muy noble estirpe. Tal es el caso de un matrimonio anciano. Isabel y Zacarías. “Irreprensibles ambos a los ojos de Dios”, Zacarías, del linaje de Aarón, era un hombre justo. Al que en expresión oriental se le denominaba así, es que -diríamos ahora- era un hombre honrado e intachable. Santo. Zacarías, sacerdote del Templo de Jerusalén, a pesar de pedir al Señor constantemente descendencia con Isabel, no tenía hijos.
“Sucedió que, ejerciendo las funciones del sacerdocio por su turno, le cupo en suerte, según el estilo que había entre los sacerdotes, entrar en el templo del Señor a ofrecer el incienso”. Pidió insistentemente lo de siempre: descendencia. Se le apareció el arcángel san Gabriel a cuya vista Zacarías “se estremeció”.
-“No temas, Zacarías, pues tu oración ha sido bien despachada y tu mujer, Isabel, dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Juan”… Sabemos que, por su incredulidad, Zacarías estuvo mudo durante un tiempo. Y cómo luego, recobró el habla.
“Estando ya Isabel en su sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón de la casa de David llamado José. Y el nombre de la virgen era María”. Le puso al corriente de los planes de Dios para Ella, que concebiría por obra y gracia del Espíritu Santo y daría luz al Hijo de Dios. Al Mesías esperado desde hacía tiempo por el pueblo de Israel. Dicha su embajada, de sobra conocida por todos, añadió: “Ahí tienes a tu parienta Isabel, que en su vejez ha concebido también un hijo y la que se llamaba estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios nada hay imposible”. Con su “Fiat…” (“hágase en mí según tu palabra”), María concibió en su seno al Hijo de Dios. A Jesús. El Mesías.
Zacarías tenía en Ain Karin una viña. Aunque era pequeña- unos líneos de majuelo, diríamos por estos pagos-, no la podía trabajar porque era anciano. Yo la podaba, escardaba, alumbraba, vendimiaba y pisaba, en fin, la uva para que, trasegado el mosto a las cubas, carrales y pellejos (odres), hubiera en casa de esta buena gente vino, al menos para “el gasto”. Como no era preciso trabajar en la viña todos los días del año, y todos me pagaban el jornal, hacía también de ayudante cuando a Zacarías le tocaba de turno en el templo. Algo así como su monaguillo. Procuraba portarme bien y cumplir mis obligaciones lo mejor posible. Me tomaron confianza y me apreciaban. Y yo a ellos. Sin trabajo en el majuelo, sin turno en el templo, y como persona de confianza, era también “el chico de los recados”. Los hacía gustoso. Matrimonio agradecido. También yo.
Un día…
-¡Carolus!, me llamó Zacarías.
-¡Voy señor! Y fui. La noticia y el encargo que a continuación me hizo fueron sorprendentes:
-Quisiera, Carolus, pedirte un favor.
-Diga, señor, que si está en mi mano todo cuanto me mande se lo hago encantado, le dije sinceramente.
-¿Conoces Nazaret?, me preguntó, no sé por qué un tanto nervioso.
-Si, señor, le respondí. Tengo allí unos parientes con los que viví de muy niño, pues ya sabe que me quedé muy pronto sin padres. Me gustaría -añadí-volver a verlos.
-Pues si quieres… No le dejé terminar:
-¡Sí, señor!
Me explicó: mi mujer, Isabel, está embarazada de seis meses y como los dos somos mayores, necesitamos ayuda.
– Lo que usted me mande -le dije-, lo haré encantado.
-Lo sé, Carolus, y te lo agradezco, pero esto son cosas de mujeres, y ni tú ni yo valemos. Además, me toca el turno en el templo la semana que viene y no quiero que Isabel esté sola. Por eso quisiera… titubeó, que fueras a Nazaret y avisaras a su prima María, que vive en…
-Lo sé, señor, aún recuerdo-le interrumpí- de cuando mis padres adoptivos me llevaban de visita a casa de don Joaquín y doña Ana. Tenían una hija preciosa que se llamaba María. Es más o menos de mi edad y tan bella, que no se me olvidará nunca. Sonrió Zacarías de mi seguro enamoramiento y ya más sosegado continuó:
-Pues ve, por favor, a la cocina y recoge las provisiones que tiene preparadas Isabel para tan largo viaje. Toma luego la borriquilla de la cuadra y parte cuanto antes, que Isabel-insistió- necesita con urgencia la ayuda de su prima. Por fidelidad y más, digo, por ver de nuevo a María, en un santiamén estuve listo para la partida.
Con paso vivo, lo más parecido a un trotecillo de la “Pequeña” (que así se llamaba la borriquilla), dejé pronto atrás Ain Karin y, por sendas entre imponentes laderas, en menos de tres horas dimos vista a Jerusalén. Seis u ocho kilómetros que, con el recuerdo de María, se me hicieron muy cortos. Con solo una breve visita al templo y después de buena provisión de agua para no menos de cuatro o cinco jornadas de marcha, de nuevo emprendí viaje en dirección a Nazaret. Allí, don Joaquín y doña Ana me pusieron al corriente de cómo María se había casado con José. Un sencillo artesano, pero de la noble estirpe de David. Su vivienda no estaba lejos. Llamé -timorato- a la puerta. Silencio.
Como me pareció oír el run-run lejano de una sierra, insistí con más fuerza. Sudoroso el cuerpo joven y recio del carpintero, pero siempre con una noble sonrisa puesta, me abrió José. Una vez que le hube contado la misión que me traía a Nazaret, él me relató al detalle todo cuanto el Ángel Gabriel anunció a María, su esposa; y cómo ambos, aún considerándose indignos, habían aceptado la voluntad de Dios. De pronto una voz que era pura melodía me sobresaltó por el remoto recuerdo.
-¡Carolus! ¿Cómo tú por aquí? Dejó la tabla donde restregaba, como todas las mujeres de Nazaret la ropa, y el “barreñón” dentro de la casa y me invitaron a pasar. Si de niña era una preciosidad, ahora adolescente, era la joven más bella que jamás viera. Seguía tan enamorado de ella o más que antes. Pero no ya como mujer solamente hermosa, sino como la que iba a ser: Madre de Dios. Indefinible lo que ahora sentía por Ella. Si no adoración, que es debido sólo a Dios (“latría”), sí de un amor tan limpio como la incomparable pureza de sus ojos bellísimos. Mujer de nuestra misma raza, y, pronto, la Madre del Dios Altísimo. El fruto bendito de su vientre, sería un hermano nuestro; y Ella, Madre-por Él-, de todos los hombres. Envidié a José. Otra vez oí palabras de cielo.
-¿No vivías, Carolus, en Ain Karin en casa de mi prima Isabel?, me preguntó con voz encantadora que, claro, me encantaba.
– Vivía y vivo, le contesté con el azoramiento metido en el cuerpo.
-Precisamente- me dijo con palabras que deseé no terminasen nunca, tenemos el equipaje preparado para acudir en su ayuda, porque sabemos por el ángel Gabriel que está de seis meses. Esta noche –añadió- José terminará un trabajo urgente y mañana temprano salimos sin demora.
No fue preciso que yo cuidase de Ella durante el muy duro viaje, pues José estaba siempre pendiente de su esposa. Hasta en los más pequeños detalles. Nuevamente envidié a José. Tal vez en exceso. Hube de conformarme con la sonrisa de María. Sonreía aún con el cansancio, que no era sólo Ella quien lo sufría. Sonreía agradecida cuando en los pasos difíciles de la senda, intentaba coger del ramal al asnillo donde iba mi Reina y se me adelantaba José. Sonreía cuando su esposo colocaba aperos mullidos en el borriquillo, “para que no padezca el Niño ni tú”. Sonreía, en fin, cuando elevaba al cielo los ojos preciosos, para que Dios Padre protegiera al Hijo en sus entrañas virginales.
Antes de adentrarnos por los vericuetos de las montañas de Judá, visitamos brevemente el templo de Jerusalén. Nada de particular cuando bien sabía dónde estaba ahora el verdadero Templo. Sagrario que se llama ahora, como jamás orfebre alguno pudo hacer tan precioso. Amando con todo el ser a mi Reina, adoraba al mismo Dios presente en su seno.
Llegamos a Ain Karim. El viaje, que María emprendió con prisas, terminó sin novedad; excepto que yo estaba hecho unos zorros por el cansancio. Saludos largos, orientales…Lo mismo fue oír Isabel la salutación de María, que la criatura dar saltos de placer en su vientre; e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y exclamando en voz alta dijo a María: “Bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”.
-¿”Y de dónde a mí tanto bien –dijo Isabel-, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues lo mismo fue penetrar la voz de tu salutación en mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi vientre. Bienaventurada tú que creíste, que se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”. Un coro de ángeles no hubiera cantado mejor la sinfonía del “Magníficat”, que escuché, dulcísima, de María a continuación:
Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios, salvador mío. Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; por lo tanto, ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es todo poderoso, cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Hizo alarde del poder de su brazo; deshizo las miras del corazón de los soberbios. Derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos les despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, acogió a Israel su siervo según la promesa que hizo a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia por los siglos de los siglos.
Y detúvose María con Isabel cosa de tres meses; y después se volvió a su casa…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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