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Los secretos de la eco-no-mía

Tres foramontanos en Valladolid 16 Ago 2011 - 07:24 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Dusan Djukaric en dusandjukaric.com)(*)

Quizá de lo que hoy me sienta más satisfecho sea de haber puesto en práctica mi opción de renunciar olímpicamente a cualquier esfuerzo por enriquecerme. Recuerdo que a poco de empezar mi preparación para el ingreso en la academia militar, el director de la escuela, un conocido matemático vitoriano, juzgó que yo podría superar con éxito los estudios de ingeniería. Según él esto me permitiría tener un futuro brillante desde el punto de vista del desahogo económico. Pero lo que él no sabía es que mi decisión, que ya venía de siempre, era una primera derivada de mi natural rechazo al egoísmo, que siempre consideré origen de todo mal causado por el hombre. El atractivo del estilo militar de vida y de la figura del caballero era para mí un poderoso aliciente que respondía perfectamente a aquel punto de partida, y el resultado era situar el dinero en cola de mis prioridades. Esa es la actitud que he mantenido toda mi vida de modo radical.

Ahora, ya en el tramo final, comprendo que quizá me excedí al llevar mi renuncia voluntaria hasta el extremo de ignorar todo cuanto tuviera que ver con el dinero. Pero mi objeción es exclusivamente técnica: la vida actual exige entender de economía cuando menos lo suficiente para saber desenvolverse. Y esto es importante sobre todo desde que aquella, como la política, ha invadido todas las esferas del ser humano. Así que saber algo de economía, sí; pero sin contaminarse. Saber de economía como quien sabe de química orgánica.

Sólo ahora, o mejor, sólo desde hace unos años, he llegado a entender algunos de los mecanismos esenciales del juego económico. Estos conocimientos básicos me han permitido, incluso, meter baza en algunas discusiones de gente ilustrada en el tema, pero en todo caso no son materia que me preocupe. Claro que siempre tranquiliza que un presidente del gobierno en tiempo de crisis necesite también unas clases para desenvolverse en ella con una soltura suficiente, y que un experto que iba para ministro de economía juzgue que para ello basta simplemente con un par de tardes académicas.

Dicho todo esto reconoceré que en economía existe un territorio que se diría ajeno a mi capacidad de comprensión; un territorio tan absolutamente críptico y esotérico que lo sitúo más lejano de mis órbitas que los reinos de fantasía de Avatar, las Crónicas de Narnia o El Señor de los Anillos. Diría incluso que si sus fórmulas y sus códigos son, para mí, no sólo incomprensibles sino desconocidos, los seres que disponen de sus claves, para mí secretas, se me antojan fuera de lo que tengo por ciudadanos normales. Es más, no sé siquiera donde pueden localizarse. Por lo que intuyo, aventuro que son pocos pero poderosísimos, y que guardan celosamente el conocimiento último de los trucos que permiten que el dinero llame al dinero y que la falta de él tienda a fomentar su progresiva disminución.

Por mi parte tiendo a creer, y lo confieso abiertamente, que esos seres, como los famosos alienígenas, andan por ahí mutados en señores de apariencia normal, evitando incluso la apariencia de personas espacialmente inteligentes. Y tengo la impresión de que también evitan el excesivo contacto con nosotros, o sea con la gran masa de ciudadanos que no llega a fin de mes, o que, si llega, lo hace con extrema dificultad. Yo creo haber conocido a algunos de esos seres – incluso de los blindados – y hasta en un funeral llegué a percibir la presencia de tantos que acabé por sentir el olor de los millones, pero reconozco que en ningún caso me parecieron ser de raza distinta. Sí que advertí, no obstante, un cierto punto de superioridad en su mirada. Pero ya saben ustedes que en estas cosas no conviene fiarse de las apariencias.

Quizá se vean más de éstos por la Milla de Oro, de tienda exclusiva en tienda exclusiva. Llegarán con sus coches de postín y sus mecánicos de apariencia señorial; éstos dispuestos a acarrear los paquetes. Luego ya, supongo, desaparecerán como por ensalmo y no se les volverá a ver hasta que no se nos muestren en las páginas de papel couché. Imagino, sí, que permanecerán en esas enormes mansiones que exhiben las revistas, todas blancas por dentro y por fuera cuando son de corte moderno o cargadas de tresillos y cuadros de marca si de corte antiguo; unas y otras con sus grandes piscinas de lámina de agua mirando al mar. Pero, quizá, incluso estas casas tan de señores queden un poco como de medio pelo ante otras que presumo ni siquiera fotografiadas y donde sólo entrarían los íntimos, por supuesto igualmente poseedores del último secreto.

Rescates, bonos, lanzamientos de nuevas entidades bancarias, búsquedas de equilibrio, inyecciones dinerarias, sensibilidades que suben y bajan. Millones por aquí, millones por allá… y nosotros sin saber siquiera cómo visualizar esas operaciones virtuales. Quiero decir: cómo van esos millones de acá para allá; dónde se anotan. Cómo se ordenan entre los actores internacionales, quiénes las ejecutan y cómo las ejecutan. Todo esto se me antoja puro sánscrito para la mayoría de los mortales.

Y para mí que eso no se aprende en un par de tardes, a no ser que ocurra como con aquel almirante que ganaba todas las batallas, y a quien al morir encontraron la clave de su éxito en una pequeña libreta de pastas de hule con sólo dos líneas escritas: “Babor, izquierda. Estribor, derecha”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6008/6018763404_c5e68a5709_z.jpg

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