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Neblina bajo los volcanes

Tres foramontanos en Valladolid 25 Ago 2011 - 07:46 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Playa en Lanzarote Acuarela de F.J. Castro en acuarelasfjcastro. blogspot.com. 40×50)(*)

Insólito. Sorprendente. Llevo nueve años viniendo a descansar a las Islas Afortunadas. Nueve años por tiempo indefinido. Como el clima fue siempre proverbial, la indefinición se concretaba en uno, dos o tres meses. Sin ninguna gana de volver a los nueve meses de invierno y tres de infierno en nuestra Valladolid natal -donde no por casualidad pasa el Pisuerga-, la lluvia y tiempo desapacible siempre brillaron por su ausencia en 30-60-90 días… Días todos de baño o de, como San Lorenzo, tostarnos al sol en la parrilla de la playa o inmediaciones de la piscina en el hotel acostumbrado. A veces, también en la casona de una de mis hijas.

Este año, como el mundo en general y más España en particular, está desquiciado el tiempo. Insólito. Sorprendente. Ni mi hija, asentada hace ya veinte años en estos lares (Lanzarote), conoció nada semejante.

Ayer domingo, cumplido el precepto dominical en Playa Blanca, nos recogieron para pasar el día en la casa recién estrenada en la urbanización Cable Alto, no muy distante de la capital: Arrecife.

Como nuestros hijos y nieto son un verdadero encanto y su casa una verdadera gozada, emprendimos el viaje (40 kms.), pertrechados de cuanto es preciso para un día con el sol acostumbrado. Trajes de baño para, aún la tercera edad, darnos el “chapucón” reglamentario en su piscina. Riñón espectacular. Tampoco había pero que poner a la impedimenta con la que íbamos vestidos (¿): camisa liviana y pantalón corto. Como “guiris” nórdicos en busca del sol que ellos no tienen.

¿Calentamiento global…? , ¡y un cuerno! ¡¡Un frío –parecía- de los demonios…!! Con una gorra encima que ni las bilbaínas, el viaje de ida nos hizo fruncir el ceño. Pero como suele suceder con frecuencia, nunca pensamos que el día permaneciera con la misma “gracia del tocado vascorro y tan español”. Infelices… Un calor húmedo-insólito también, puesto que los alisios se llevan calores y humedades a otras latitudes- nos hizo buscar refugio bajo techo en la terraza. Espectacular el recinto, pero ayer, asfixiante. Lluvia “meona” (con perdón). La gorra, negra como el carbón, se instaló canaria. Insólito. Sorprendente.

Después de una larga tertulia y con el vapor de agua que rezumaba por cada uno de los millones de poros de los cuerpos castellanos, y ya anochecido -“antes de conantes”-, emprendimos el regreso. Insólito -perdón-. Sorprendente. Rodeado de alcores volcánicos, casitas, pueblos y urbanizaciones en las laderas con vistas al mar, de ninguno se veía la cumbre. Cráteres boquiabiertos por lo desacostumbrado. Vapor de agua hecho nubes formaba anillos de pudor en la desnudez de cimas peladas, abrasadas por tantos días de sol y de los otrora ríos de lava.

Subida a Femés –pueblecito encantador que se asoma asombrado al páramo: áspera llanura inmensa por el vómito del Timanfaya. El volcán, todavía activo, que en la última erupción desoló de belleza inigualable el paisaje como de otro planeta diferente a la tierra. Entramos en las nubes. Calor agobiante. Espectáculo nunca visto. Pirineos canarios. Sin ser Téide, podía imaginarse la nieve sobre las cumbres, por el espejismo del vapor condensado. “Repostamos” en casa Emiliano. El vino malvasía fresco, con sabor a bodega, hizo milagros. Gozamos del paisaje. Y en la imponente bajada de hasta un diez y siete por ciento, el dulzor de oro salió a borbotones de los cuerpos rotos. Aplatanados. Entre brumas, la mar desapareció. Y Playa Blanca se hizo nube cubierta de misterio. Sólo allá a lo lejos, emergía el islote de Lobos, de donde las brumas ponían toldo al agua y a nuevos volcanes “majoreros”. Negro como boca de lo que es, ocultaba el brillo de las dunas y playas doradas de Corralejo en lo que se adivinaba Fuerteventura.

Parecía día invernizo. Y era de verano sofocante. De primeros de un agosto desconocido aún por los más viejos. Insólito, sí, y sorprendente. Imposible cenar con ningún tipo de ingesta, todas con calorías. Ni siquiera gazpacho. Insólito en Lanzarote: las ropas de las camas humedecidas de la neblina… meona.

Hoy, 8 de agosto, otro día igual. “¡Que alguien pare esto, que yo me bajo”…

No habrá, digo yo, mal que cien años dure. La esperanza de un rayo, tímido, de sol, ha roto la boina. Lo siento mis amigos vascos, aquí prefiero la visera e incluso el sombrero de paja.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6146/6036376434_ed3aed98d8_b.jpg

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