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Las figuras etruscas de Marini

Tres foramontanos en Valladolid 27 Ago 2011 - 07:49 CET
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Por José María Arévalo

(Caballo. Escultura de Marino Marini en la actual exposición del vallisoletano Museo de La Pasión)(*)

Todavía tienen ustedes un par de días para ver la exposición antológica del escultor italiano Marino Marini en la sala de la Pasión de Valladolid. Amigo de grandes artistas del XX como Marc Chagall o Jean Arp, cuyos retratos en bronce encontramos en la planta superior del museo, Marini (1901-1980) es destacado representante del movimiento expresionista en la difícil y minoritaria técnica de la escultura. Como muchos de los creadores de la época, su mayor acierto fue conseguir un modelo singular que se convierte en icono de la época. La paloma de Picasso o los niños del zamorano Lobo, en acertada síntesis formal, identifican unos valores anhelados en un momento histórico determinado. Marini ofreció una versión contemporánea del caballo etrusco, en la que late la huella de siglos de mitología. Nacido en la Toscana, cuna de los etruscos desde el siglo VI a.C. el arte de este pueblo prerromano marca su estilo.

Aunque las raíces en la Toscana definieron su estilo –ha explicado la comisaria de esta muestra, Marisa Oropesa- sintió pronto la necesidad de visitar otros países y en 1934 viajó a Alemania, donde, después de ver una pieza ecuestre del siglo XII, comenzó a hacer caballos y caballeros para representar el poder del hombre,. «Sin embargo, terminada la Segunda Guerra Mundial, como símbolo de la destrucción total, confronta al jinete con el animal, que lo acaba derribando». Fueron estas esculturas junto con la Pomona, diosa romana de la fruta, árboles, jardines, huertas y, por tanto, de la fertilidad y de la tierra, las que dieron a Marini fama internacional.

Con sus esculturas de Caballos y Caballeros, imágenes de guerreros que son el reflejo de la decadencia de la sociedad, Marini expresa cómo el hombre sigue teniendo las mismas pulsiones que siglos atrás. La guerra, la fuerza, el bestiario humano, son vitales para el hombre. Como si de un historiador se tratara, el artista hace una interpretación de la historia que condensa valores muy distintos.

El circo, habitado por saltimbanquis y bailarinas, es otro de sus motivos recurrentes, y otra de las figuras que reinventa incesantemente en sus piezas es la de la Pomona. Si el Caballo y el Caballero –nos dice María Aurora Vitoria en El Norte de Castilla- son la imagen de la guerra, de la lucha por el poder entre los hombres, la Pomona es una temática marcadamente femenina. La redondez de este mito romano le permite explorar el volumen compacto sin dejar de lado el significado intrínseco de esta personificación de la fertilidad. Por que la Pomona es eso, es diosa de la fruta, y por extensión de los árboles frutales, de los jardines y las huertas. “A diferencia de otras diosas que tenían su versión griega, la Pomona es únicamente romana. No sólo eso, la divinidad era célebre por rechazar a los hombres, sólo le interesaban los jardines y los campos cuidados, detestando la naturaleza salvaje. ¿Y que hay más salvaje que un guerrero? De nuevo está latente la esencia humana, la Pomona y el Caballero son dos caras de una misma realidad: la del ser humano. La Pomona representa a la mujer, la fuerza del campo, la riqueza de la naturaleza que rechaza la brutalidad, y eso es el Caballero, la fuerza del mal, la guerra, la destrucción ¿y que significaría entonces el Caballo? Para Marino sería la fuerza animal, el instinto, el animal domado y a su vez libre e independiente de una forma más fuerte”.

Marini bebe también de las fuentes del Renacimiento italiano y de los grandes representantes de la escultura a lo largo de los siglos, aportando por su parte la sencillez, la síntesis que caracteriza la tradición de la sobriedad y de la modernidad en nuestro siglo, y que comenzaran los impresionistas. Aunque su obra es fundamentalmente figurativa, no se salva de la fuerza atractiva de la abstracción, ý la simplificación de las formas acaba en él aceptando cierta destrucción que profundiza la incomprensibilidad del mensaje.

Muy representativo, pues de una época, sorprende la belleza formal que consigue a pesar de, o gracias a, la síntesis. Por ello, la exposición se ve con agrado.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6063/6082378686_116faa27ba.jpg

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