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Temas de conversación

Tres foramontanos en Valladolid 30 Nov 2011 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Álvaro Castagnet en watercolorspainting.com)(*)

Me permitirán que aproveche estas páginas para sincerarme. Quizás usted no llegue tampoco a comprenderme, pero si llega a leer lo que le voy a decir, espero que sea como mínimo benevolente a la hora de emitir un juicio sobre mí.

Me explicaré. Yo desde luego no creo ser tan raro como la gente dice. Fíjense ustedes, por ejemplo, en lo que me pasó hace días. Yo buscaba, simplemente, iniciar una conversación. A ustedes les habrá pasado un millón de veces. Un largo silencio y ya la cosa empieza a resultar incómoda. Y usted dice: “Bueno, y usted, ¿sabe a qué atenerse?” Y la persona que tiene a su lado pone cara de guardia en trance de rellenar el impreso de multa, y le lanza una mirada asesina. Pero ¿no es normal preguntar cosas como esa? Porque yo he visto cómo muchas veces hay gente que no sabe a qué atenerse; por tanto parece normal interesarse por algo así. Y si les digo la verdad, el hecho de si los demás saben o no atenerse tampoco importa demasiado; lo que pasa es que se habla de temas así para romper el hielo, y me parece injusto que a uno le llamen raro por eso.

Otro ejemplo: no hace una semana que iba yo de compras con mi mujer, cuando se me ocurrió preguntarla si iba o no bien encaminada, y me puso un gesto como de preocupación, o más bien como si en vez de su marido fuera un loco de atar. La repetí; “¿Pero es que tú no sueles ir bien encaminada?” “Hombre, pues sí, la verdad” me respondió titubeando. Yo es que he oído comentar más de una vez eso de “parece que vas bien encaminado”, y nunca nadie se extrañó por ello. Insistí: “Pero bueno, estás bien encaminada, o no?” Y ella reaccionó violentamente dándome con el bolso en toda la cara. ¿No creen ustedes que esto es absolutamente injusto?

Y es que lo de elegir temas de conversación no es cosa tan fácil como parece. Fíjese usted que los ingleses excluyen de entrada cualquier asunto relacionado con la política o la religión. Así que si seguimos sus sabios consejos se acabó, por un lado, una buena posibilidad de apostolado, y, por otra, cualquier conversación posible, al menos aquí en España, donde la política ha impregnado ya todos los ambientes. Así que, de seguir las frías costumbres de la pérfida Albión, nosotros, gente generalmente extrovertida, nos convertiríamos en lo que no somos. Porque ¿cómo terminar – digo yo – cualquier charla o comentario sino despotricando contra el Gobierno?

Y si la buena educación exige evitar toda polémica – como parece ser la idea de nuestros amigos británicos – ¿qué nos quedaría a nosotros los españoles, que la elevamos al rango de categoría indispensable?

Claro está que podemos recurrir al fácil truco de la vulgaridad. Pero aunque es cierto que cualquier cosa puede ser motivo para el palique, también es de suponer que tu interlocutor espere de ti algo, cuando menos, interesante. Desde luego, uno podría tomar la vía fácil haciendo, por ejemplo, una alusión al buen tiempo que hace, pero tendrá que prever la posibilidad de dar con alguien que, habiendo seguido de pe a pa el boletín meteorológico, le explique a usted lo del anticiclón de las Azores y cosas por el estilo, con lo cual ya le ha fundido la tarde. Y si acude a otra solución corriente como la de comentar la victoria del Madrid y el “hat trick” de Ronaldo o lo despachada que es Belén Esteban, podría encontrarse con que su interlocutor resulte un furibundo forofo del Atléti o un decidido enemigo de esa señora. Y entonces ya hemos caído precisamente en lo que los ingleses pretenden evitar a toda costa.

En fin, que no resulta fácil sacar temas de conversación un poco originales y que no acaben por provocar polémica. O sea, temas que apelen un poco a la inteligencia y vayan algo más allá de lo trillado sin que la cosa acabe mal. Hasta no ha mucho había un tema clásico, que era la familia. Así que cuando uno veía a un amigo o conocido, podía interesarse por ella. Pero ahora ni eso, porque puedes meter la pata hasta el corvejón si tu cándida y amable pregunta coincide, como es relativamente frecuente, con un momento crítico en el que ese amigo o conocido anda a farolazos con su ex esposa o simplemente está en el penoso trance de acumular motivos justificativos para el divorcio. O si su hija acaba de regresar al hogar paterno sin esposo pero con un bebé en los brazos.

Claro que todas estas disquisiciones están de sobra si eres mal fisonomista o has entrado en la espiral de olvido que acarrea la edad, porque entonces la cuestión es cómo encontrar un tema de conversación con alguien que exige una cierta precisión en tus preguntas pero del que ya sólo te suena algo la cara.

Por eso pensaba yo que sería bueno proponerse hablar sobre cosas así como muy etéreas, o sea, del estilo de las que mencioné al comenzar este artículo, pero ya veo que no acierto ni con esas.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6058/6357476315_49cf514f45.jpg

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