Por José María Arévalo
(Autorretrato,1945. Óleo de Delhy Tejero, en la reciente exposición del colegio Lourdes de Valladolid.114×87)(*)
Me gustó, y así encabezo este artículo, el título de la biografía que Carlos Aganzo publicó en el catálogo de la exposición de la zamorana Delhy Tejero (1904-1968), que se mantuvo el pasado mes de Noviembre, del 11 al 27, en el vallisoletano Colegio Lourdes, y que por problemas de actualidad no pude comentar a tiempo. Adela Tejero, Delhy, formada en el academicismo de Romero de Torres y Moreno Carbonero, y que en 1931 consigue la cátedra de Pintura Mural de la Escuela de Artes y Oficios, en Madrid, se mueve, durante nuestra guerra fratricida, en París, entre exiliados, participando en la gran exposición surrealista que organiza André Breton en febrero de 1938. Regresa a España ese mismo año, abandona el surrealismo, después la abstracción – en 1953 es la única pintora que participa en la exposición de arte abstracto de Santander junto a nombres de la vanguardia como Saura o Millares-, el informalismo, hasta acabar en un estilo figurativo muy personal.
La magnífica exposición del Lourdes, como son todas las antológicas que consigue Miguel Angel García Pérez, ya lo hemos comentado más de una vez, recogía toda su trayectoria por aquellos diferentes estilos. Mi particular impresión es que donde alcanzó cotas más altas fue en lo figurativo, aunque con el paso de los años va sintetizando cada vez más, y a pesar de que a veces se deja llevar por un exceso de acaramelamiento en sus óleos de figuras infantiles. Su dominio de la pincelada realista, desde sus primeros cuadros, como en los dos autorretratos ya de madurez, es extraordinario, creo que hubiera llegado mucho más lejos si no hubiera seguido las vanguardias, y mantenido en su lugar el realismo para el que estaba tan dotada. Pero eso se puede decir de tantos, que da pena meterse en la historia de nuestro siglo pasado. Sin duda una vida llena de vicisitudes, en medio de las catátrofes de las guerras, tuvo buena parte de culpa. Pero su vida es sumamente interesante, creo que vale la pena reproducir el artículo de Carlos Aganzo sobre la pintora toresana, que aparece resumido en Wikipedia.
Me he quedado sin ver el cuadro de Delhy Tejero, Madres de la Guerra, que ha estado expuesto en las Edades del Hombre de Medina del Campo –ya les comenté que iba a intentar acercarme, después de ver la maravilla de Rioseco- en el que Delhy nos hace ver la relación del tema religioso y el profano, a partir del dolor sufrido durante la Guerra Civil Española, reflejando los sentimientos y sufrimientos que la Virgen tuvo en el momento de la crucifixión de su hijo, y esos hijos que fueron al frente a luchar por sus ideales. Pero vayamos con la biografía de Aganzo, “Delhy Tejero o el arte que no descansa”:
«“E1 arte no descansa ni se detiene». Así contestaba Delhy Tejero (Toro, 1904; Madrid, 1968) a las preguntas del periodista en una entrevista publicada por el diario El Adelanto de Salamanca el 20 de febrero de 1959, con motivo de su exposición en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy de esta ciudad. Pocas artistas como ella representan el triunfo del arte, en medio de un océano de dificultades, en el panorama de luces y sombras de la primera mitad del siglo XX español. Su fama como ilustradora, en la estela de los grandes de su época como Rafael Penagos o Ribas Montenegro, llegó a eclipsar en gran manera su carrera como pintora; una injusticia acentuada por la voluntaria vocación de autoexilio que marcó los últimos días de su vida, prácticamente encerrada en su estudio madrileño de la plaza del Callao. Hoy, sin embargo, su nombre empieza a ocupar el verdadero lugar que le corresponde. Los cuadernos y diarios que Delhy Tejero escribió a lo largo de su vida nos ayudan a entender sus hallazgos, sus dudas, sus intuiciones y sus renuncias artísticas, pero también el pulso de una mujer que vivió en primera persona el esplendor de la modernidad madrileña de los años treinta, el tajo feroz de la guerra civil española y la mortecina mediocridad de una posguerra donde sólo los grandes talentos individuales consiguieron romper la grisura de un tiempo sin alma y sin luz. Del realismo de puras raíces castellanas pasó a la estilización del ‘art-déco’ y al surrealismo de París, y de ahí a la abstracción geométrica y matérica, con un capítulo muy especial dedicado a la pintura mural, en la que fue una auténtica referencia. Siempre dejando la vida en el empeño, y siempre en la necesidad de encontrar un camino propio, lejos de las escuelas al uso. «Para mí la pintura es la vida -escribe en uno de sus cuadernos-… Trabajaré hasta que me extenúe, hasta que se me adelgacen las fuerzas, tanto, que ya no pueda sostenerme ni sostener el pincel». En la forja de su carácter enigmático y misterioso, transido por una inmensa espiritualidad, sin duda tuvo mucho que ver una biografía marcada por dos grandes pérdidas: la muerte de su madre y el mazazo de la guerra civil. Los sueños infantiles, el luto de unos años llenos de «complejos grandísimos; frío, mucho frío; incomprensión, soledad, tristeza» definieron una infancia «marcada de cementerio» donde, a pesar de todo, no le faltó el cariño de su padre y de sus hermanas, ni el impulso de ese especial ambiente artístico que se vivió en toda España, y de manera especial en Castilla, en los primeros decenios del siglo XX, dando lugar al surgimiento de artistas tan relevantes como Ba1tasar Lobo, Díaz-Caneja, Victorio Macho, Mateo Hernández, Celso Lagar, Modesto Ciruelos, Vela Zanetti, Emiliano Barra1 o Esteban Vicente, cada uno con su signo y con su trayectoria.
(Mussia.1954. Óleo de Delhy Tejero, en la reciente exposición del colegio Lourdes de Valladolid.187×94)(*)
Hija del funcionario municipal Agustín Tejero y de su esposa, Paula Bedate, Adela Petra Tejero Bedate perdió a su madre, a la temprana edad de 4 años, por lo que pasó su infancia entre los cuidados de su padre y de un ama de cría, alternando la vida cotidiana en la ciudad de Toro con largas estancias en la dehesa de Peñalba, donde la familia solía pasar los veranos.
Con veinte años, antes de que su padre la enviara a estudiar a Madrid, la artista, que entonces firmaba A. Tejero (empezaría a firmar DelhyTejero, jugando con su nombre y el de la capital de la India, a partir de 1929), publicó sus primeras ilustraciones en la prensa toresana, todavía en un estilo tradicional pero con una clara tendencia hacia esa ilustración moderna, inspirada en el ‘art déco’, que ya empezaba a estar en boga en la época. En 1925 Adela llega a la capital de España con la encomienda de convertirse en una señorita de buena sociedad de la mano de las monjas de San Luis de los Franceses, estudiando idiomas, taquigrafía y cultura general; pero su vocación artística la llevaría enseguida a aprender dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de la calle de la Palma y, casi a renglón seguido, a licenciarse como profesora (1929) en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que entonces se llamaba Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, donde tuvo como profesores a Julio Romero de Torres, Manuel Benedito o José Moreno Carbonero.
Decisivo para su formación fue el paso, entre 1928 y 1932, por la Residencia de Señoritas, la versión femenina de la famosa Residencia de Estudiantes donde, en aquellos años, florecía lo mejor de la poesía de la Generación del 27. Los principios de la Institución Libre de Enseñanza y el ambiente elevado, liberal y cosmopolita de la residencia, a la que accedió gracias a una beca del Gobierno de Primo de Rivera, sin duda influyeron en el carácter independiente que Delhy exhibiría el resto de su vida; allí conocería a personajes como Rafael Santos Torroella, Mariquiña Valle-Inclán, la hija del escritor de la Generación del 98, y su gran amiga la periodista Josefina Carabias.
Es en ese tiempo cuando Delhy empieza a ser conocida en Madrid como ilustradora profesional: sus trabajos para revistas como Crónica, La Esfera, Estampa, El Nuevo Mundo o Blanco y negro, para el periódico ABC o para la célebre publicación infantil Macaco, al lado del inolvidable K-Hito, llaman la atención sobre el trabajo de una mujer joven, seductora, elegante, que brilla en el Madrid de la época y que lo mismo aparece al lado de Chicote, la duquesa de Valdecañas o la famosa tenista Lilí Álvarez que de las deslumbrantes Clara Campoamor o María Zambrano. La nueva mujer de los ‘felices treinta’ se abre paso en un Madrid que es un hervidero cultural, político y galante, y Delhy Tejero, con sus ilustraciones tanto como con su propia persona, ilumina perfectamente el concepto. Emblemático de esta época es su retrato de una Viuda rica de Toro, donde el regionalismo castellano, todavía plenamente en vigor entre los artistas del momento, se funde de manera magistral con la estilización, la elegancia y la modernidad de la nueva línea influida por el ‘art-déco’; a pesar de la melancolía que emana el rostro de la joven modelo que elige Delhy para su retrato, la composición y la propia actitud del personaje parecen recordar más a una señorita elegante de Madrid, París o Nueva York que a una vecina de la tradicional ciudad de Toro. En la Exposición Nacional de 1932 su lienzo Castilla, que culmina magistralmente la etapa regionalista, merece una tercera medalla.
Es en estos años en los que también va cuajando en la pintora su personal sentido de la religiosidad, a medio camino entre una visión cosmopolita de la espiritualidad, que le lleva a interesarse por Oriente y el mundo árabe, y la más pura expresión de su mundo interior. La exposición de «arte oriental», como rezan las crónicas de los periódicos del momento, que celebra Delhy Tejero entre 1933 y 1934 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, supone el inicio fulgurante de una carrera como pintora que ya no se detendrá jamás. Desde 1931, Delhy es además profesora interina de Procedimientos de Pintura Mural en la Escuela de la calle de la Palma, puesto en el que permanecerá hasta el estallido de la guerra civil, que truncaría de raíz ese momento brillante de su existencia, tiñendo su futuro de incertidumbre.
En 1935 será su deseo de ampliar estudios en Europa lo que la llevará a Bruselas. En 1936, entre junio y septiembre, habría vivido un largo viaje de 4 meses por el Norte de África. El Alzamiento contra la República le sorprende allí, disfrutando de una beca gubernamental, y su regreso a España, cuando dejó de recibir el dinero de la subvención, tuvo todos los tintes de una novela de intriga. Después de encontrar cerrada la frontera de Tetuán, consiguió entrar en España por el Marruecos francés y por Portugal, siendo detenida en Salamanca cuando esperaba el autobús para volver a Toro. Su aspecto moderno y extravagante propició que la Policía la acusara de ser una espía internacional, y sólo cuando respondió adecuadamente sobre las señas personales de algunos vecinos toresanos pudo regresar a la casa paterna. ¿Quién podría pensar que la sofisticada Delhy Tejero, que fumaba con boquilla y traía las uñas pintadas de color azul intenso era la misma jovencita que había dejado Toro apenas diez años antes? «Una muchacha y una maleta como dos peregrinas, tirando una de otra», escribe sobre aquella época, y añade: «Parece que en mi destino tenga siempre un equipaje a punto para escapar».
Ante la imposibilidad de recuperar su puesto en Madrid, acusada de haberlo abandonado, Delhy tiene que permanecer en Toro, trabajando como profesora de dibujo y rechazando importantes ofertas, como la de Pilar Primo de Rivera para decorar con pinturas murales el castillo de la Mota, en Medina del Campo, donde se había instalado la sección femenina de Falange. Sus frescos para el hotel Condestable de Burgos, sin embargo, le permiten salir de España para seguir ampliando estudios de pintura mural en F10rencia, viajando después a Nápoles y Capri, donde inicia una profunda amistad con el escritor Axel Munthe. Su periplo europeo la llevará nuevamente a París, donde conocerá a Picasso y a Óscar Domínguez, y donde encontrará al que sería su nuevo amor, el pintor italiano Bianchi, quien la introduciría en los principios de la teosofía, entonces con gran predicamento en diferentes lugares de Europa. De su intenso periplo durante la contienda, Delhy Tejero se trajo a España una profundización en el arte de la pintura mural, que después ocuparía una buena parte de su actividad como pintora, un concepto del realismo que anuncia ya un lenguaje de ciertos rasgos geométricos acordes con los tiempos de progreso y avance tecnológico que se viven en el momento y, sobre todo, una breve pero intensa etapa surrealista, en contacto directo con las corrientes parisinas.
Como una artista más en el París de finales de los años treinta, Delhy Tejero discutirá sobre el sentido del arte con André Breton, participará, en 1939, en la exposición colectiva Le reve dans l’art et la litterature, De l’Antiquité au Surrealisme, al lado de Paul Klee, Man Ray, Miró o Redon, y se verá obligada a vender sus lienzos en el mercadillo de Montmartre para poder sufragar gastos. El cuadro en el que representa su Estudio de París (1939), con toda la melancolía poética que transmiten los tejados grises de la ciudad del arte, ilustra una etapa tocada por la bohemia y marcada por elementos mágicos y oníricos que la pintora siempre defendió entre su producción más propia. Las brujas Taruja, Pitocha y Rabina, y todas las criaturas surgidas de la imaginación de una artista que no terminaba de encontrar su lugar en el mundo, permanecerían ya para siempre unidas a la figura de la pintora toresana.
«Si alguno tuviera la razón, si sólo hubiera una para volver…, pero por qué, para qué y contra qué… Españica toda, que pena no poder morir por ti, yo que te tengo siempre en la boca», escribe sobre los exiliados de la guerra española, muchos de ellos reunidos en París. En la capital francesa aumentan los rumores de guerra, y Delhy tiene que abandonar la ciudad de la luz para regresar una vez más a España, de donde ya no volverá a salir. Los tiempos han cambiado y el ambiente asfixiante de la escuela y de la sociedad madrileña se le hará irrespirable. Aún así, sus profundos conocimientos sobre el arte de la pintura mural le permitirán ir recibiendo encargos más o menos constantes. Antes de la guerra, en 1933, Delhy había decorado ya las paredes de la elegante perfumería La Hamburguesa, en la madrileña Gran Vía, propiedad de los padres de Rosario Nadal, la que fuera primera esposa del Nobel Camilo José Cela, y en los años de la República le habían encargado obras civiles tan relevantes como los desaparecidos frescos del cine Palacio de la Prensa, en Madrid. A partir de 1941, tras el paréntesis de la guerra, recibirá nuevos encargos, fruto del apoyo de arquitectos como Miguel Fisac o José Luis Fernández del Amo, quienes confiarán en su maestría para decorar algunos de los proyectos en los que trabajan. La exposición de sus pinturas primero en 1946, en la galería Estilo, y después en el Museo de Arte Moderno de Madrid, en 1947, devolverá a la actualidad a una artista que, en este tiempo, ha ido depurando y personalizando las propuestas de su pintura realista, ya definitivamente atrapada por ese tono de melancolía y misterio que desprende su extraordinario Autorretrato de 1945, donde la pintora, con cuarenta años, expresa un cierto misticismo. Entre 1948 y 1949 realiza los bocetos y los frescos de su Amanecer jurídico del Ayuntamiento de Zamora, una de sus más valiosas piezas de arte mural. El aire clásico, renacentista, que respiran sus personajes de El Cid, Doña Urraca o Doña Elvira traduce a la pintura castellana el estilo italiano incorporado por Delhy Tejero en su periplo europeo.
Superada la primera fase de la posguerra, los años cincuenta son claves en España para comprender el peculiar modo que tiene nuestro país de abrirse de nuevo a las vanguardias europeas y mundiales, como había ocurrido con anterioridad en los inicios del siglo XX. Su encuentro con Julio Ramis, y su contacto con el escultor Angel Ferrant, compañero de tertulia en el café Gijón y a cuyas clases acudiría entre 1952 y 1953, influyen notablemente en el giro que tomará la pintura de Delhy Tejero a partir de este decenio. La exposición en el Instituto Boston de Madrid, en 1951, apunta ya una nueva etapa de la pintura de la toresana marcada por la abstracción geométrica, cerca de los preceptos de Paul Klee o, sobre todo, de Kandinsky. Sólo en determinadas ocasiones la artista se despegará por completo de la figura, si bien su profundización personal en el mundo de la abstracción le llevará a ser la única mujer invitada en la exposición de ‘Arte abstracto en España’ celebrada en Santander en 1953, o a participar de manera activa en la III Bienal Hispanoamericana de Barcelona, de 1955, y en la muestra internacional Picasso et l’art contemporain Hispano-Américain del Museo de Arte e Historia de Ginebra, en mayo de 1956. La exposición individual que le dedica en 1955 la Dirección General de Bellas Artes, donde se exhiben algunas de sus piezas más relevantes, como Corbelios, Uno o Botito, sirve para encuadrar ya definitiva mente a la artista en este universo expresivo.
Sobre su valiosa producción geométrica abstracta, marcada por el carácter metafórico de las propuestas y por la calidad de la ejecución, DelhyTejero todavía haría una importante incursión en la abstracción matérica, realizando unos bellisimos paisajes informalistas donde la combinación de formas y materiales sirven para acentuar ese carácter mistérico y espiritual que atravesará su obra de principio a fin. Encerrada en su estudio de la plaza del Callao, Delhy Tejero combinó hasta el final de sus días la producción pictórica abstracta con sus trabajos como ilustradora y como muralista, cuya actividad se intensificó en el tránsito de la década de los cincuenta a la de los sesenta. La concesión, en 1965, del Premio Nacional de Pintura a Daniel Vázquez Díaz, un galardón que esperaba para ella, hizo que la pintora se encerrara aún más en su mundo. Parapetada tras sus gafas negras hasta el día de su muerte, en 1968, hizo prometer a su sobrina María Dolores que destruiría cualquier documento que hiciera referencia a su fecha de nacimiento.
Después de su muerte, la valoración de su pintura ha sufrido un cierto oscurecimiento que poco a poco la historia trata de enmendar. La exposición que ahora podemos admirar en el Colegio de Lourdes contribuye a redescubrir la fuerza, la calidad y la profunda espiritualidad de una gran artista castellana en la que confluyen las más puras esencias del arte español y algunas de las corrientes de vanguardia más importantes de su tiempo. »
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