Por Carlos de Bustamante

(Canal de Castilla. Acuarela de Fructuoso Buendía, de felicitación de Navidades)(*)
Decíamos… Al mediodía del día de Nochebuena, huyó Raposo cuando Ignacio y yo solos íbamos a dar buena cuenta de la paella suculenta. Con la mano por visera, porque deslumbraba el blanco purísimo de la nieve, miramos en dirección contraria a la del que huyó Raposo.
Un peregrino extraviado (¿) caminaba con dificultad, hundido hasta casi las rodillas, sobre la alfombra impoluta sobre el que fuera camino. Encorvado por el peso de la mochila, levantaba a cada paso dificultoso la vista en dirección a la cabaña. Aun cerca, imposible distinguir al dueño de una extraña impedimenta: grandes botas hasta las corvas; pasamontañas calado hasta el cuello; visera encima de piel de… zorro (astuto Raposo que huyó); para hacer imposible la identificación, enormes gafas muy oscuras tapaban los orificios del pasamontañas para los ojos. No éramos los únicos observadores desde el observatorio. Desde lo alto de la peña alba, hoy como la nieve abundante que la cubría, Raposo-cabeza en alto, muy en alto-, oteaba el horizonte en dirección al forastero que le había privado del seguro banquete. El que sólo le superaban los pollos de los corrales del pueblo, o el manjar-ahora prohibido- que encerraba el gallinero de su amigo Carolus.
Paso a paso, lento, el del extraño atuendo saludó con un jovial ¡¡Buenos días nos dé Dios, amigos!!, al tiempo que de un tirón dejaba el rostro, “colorado”, al descubierto…
-¡¡Don José!!-exclamamos ambos hermanos al unísono, con unísona sorpresa. El sacerdote y amigo íntimo don José, el hijo del Colorao, alcalde de Traspinedo, nos dijo luego el porqué de su visita en día (o sea, noche) tan señalado.
-Llamé-nos dijo, mientras soltaba chorros de vapor como la chimenea del tren- a cada una de vuestras casas; me “dijon” (dijeron), que os habías venido a la cabaña, para recoger musgo y ramas de carrascas, para el Nacimiento. Luego, con la sonrisa de oreja a oreja, como de costumbre, se integró, uno más, con nosotros. Los “cuatro”, comimos.
¿El cuarto…? Sí: Raposo. “Acuculado” junto a mí y sin perder de vista al cura, al que, de cuando en cuando, miraba receloso, dimos buena cuenta de la paella. La que, como siempre, salió mejor que nunca. Sobremesa animada luego; y de pronto, ¡nueva sorpresa!
Como si al camino le hubieran echado sal, la sal de las suavidades del mediodía, la nieve en él, se tornó babada. Por la babada del camino, babado, caminaban con algarabía familiar, nuestras (de los hermanos) respectivas familias. Madres e hijos, para recoger más musgo y ramas de las carrascas, para el Nacimiento… “Tiraba” fuerte la cabaña. Más, nevada.
Después de hacer arrastraculos toda la ladera, el frío, cada vez más intenso, hizo que todos buscaran cobijo en la cabaña. Les acogió al amor de la lumbre. Ambientazo dentro. Amor intenso en víspera inmediata de la noche mágica. ¡¡Nochebuena!! Y nueva y la mayor de las sorpresas. Tomó “el mando” don José:
-¡Chicos, limpiad bien la mesa! Sin preguntar el porqué, limpiamos todos. La madera noble, maciza, brillaba de relimpia. Abrió el cura amigo la mochila. Expectación. Del interior extrajo primero un gran mantel, más blanco que el blanco purísimo de la nieve fuera. Un Cáliz luego y una Patena. “Formas” blancas, elaboradas con la blancura abundante del maná del día sobre la Patena y demás útiles sagrados; don José los colocó enseguida sobre una losa de mármol con reliquias untadas de los santos. Todo ordenado, limpio, en silencio, que presagiaba solemnidad sobre la mesa. Improvisado altar muy digno. Del fondo de la mochila (fácil saber ahora por qué pesaba tanto al forastero), sacó un alba de similar color a la vestimenta de laderas y valle. Uno de nuestros hijos ayudó a don José a colocarse el alba. Y su madre, a completar lo necesario con agua y vino, también sobre la mesa.
Del bolsillo del cura sonriente, sacó “la joya”. Un niño Jesús precioso que, en pañales, colocó con unción sobre el mantel. Altar ahora impresionante. En la cabaña de Ignacio. Observatorio de invierno. En Peñalba. Silencio. Alrededor todos del altar mirábamos la Joya ensimismados. Oración reverente, silenciosa. Cada uno en sus adentros.
Por una rendija de la puerta entreabierta, penetraba el cuchillo del frío exterior…, y el hocico negro delante de ojos vivísimos. Expectantes. Raposo.
Sabía, que, menos el forastero a quien no había visto nunca, todos, todos, eran amigos. Pero ¿si había comido ya la paella por qué no se iba con “los suyos” como tantas veces él? Raposo, con las orejas muy tiesas no entendía nada de lo que veían sus ojos, que veían sin ser visto. Le miré sonriente. Raposo, plegó las orejas a posición de sosiego; pero ahora, tumbado sobre la nieve y sin sentir en absoluto frío, permaneció muy quieto, ora mirando al cura, ora a la Joya, ora a su amigo Carolus. Don José rompió el silencio. La voz, solemne y bien timbrada, se oyó fuerte, como el eco de un trueno en las Derroñadas. No horrísono. Al contrario: placentero. Solemne:
-“En el nombre del Padre”…. Y antes de comenzar la Santa Misa, una breves palabras: “Nos hemos reunido aquí…., dijo mirando a la Joya, para celebrar”… Aún no anochecido, el día de caída, en la cabaña de Ignacio, se hizo la Nochebuena. Anticipo de ella.
Sin que nadie lo advirtiera o sin prestarle atención más que a ratos Carolus, Raposo se introdujo en la cabaña. Algo indefinible, ni aún a su astucia, le decía que allí estaba viendo algo tan importante como jamás viera. Miraba todo. Observaba todo. Mas sin proponérselo, una y otra vez había de volver la vista la Joya. El colmo del asombro llegó, cuando don José pronunció las palabras de la Consagración. Cuando todos se removieron de los sitios que ocupaban para ponerse de rodillas, a punto estuvo de huir de “aquello”. Algo o alguien le retuvo. Sin duda la Joya, de la que ya no pudo apartar los ojos. Cuando don José levantó la Sagrada Forma y todos la adoraron, Raposo no supo qué hacer. Miró a Carolus. Carolus a él. Y Raposo se acercó al altar a rastras.
Silencioso. Quiso tomar la postura de los demás, pero no supo. Los ojos, más vivos que nunca de Raposo, siguieron sin pestañear la elevación del Pan (nunca supo que ya no era sólo pan) y del Vino (nunca supo que ya no era sólo vino).
En el momento impresionante de la Comunión (nunca supo que tomaban al Dios de todos los dominios, suyos y de los hombres), Raposo se acercó aún más. También quería tomar “Aquello”. Una mirada de Carolus, le “invitó” a detenerse a tiempo. Como los demás, cerró los ojos y guardó silencio. Un silencio de oración, sin saberlo. En este momento singular, único, irrepetible, sonaron fuera las esquilas. Mientras las ovejas careaban los brotes tiernos escondidos bajo la nieve, Alejandro el pastor penetró en la cabaña con un corderillo recién parido a cuestas. Adoró también y recibió al Señor con sumo respeto. Como en Belén de Judá.
Raposo adoró a la Joya a su modo. Y Él lo supo. Y sonrió agradecido. Raposo se quedó dentro de la cabaña hasta recibir la bendición. Soñó Carolus: su amigo se acercó a la Joya que besaban todos. Soñó que también Raposo. Y, en el sueño de Carolus, la Joya recibió, el “lameretón” más cariñoso de cuantos besos recibiera. En la cabaña de Ignacio. Mi observatorio de invierno. El de los días de fiesta. En el atardecer de una luminosa oscuridad, la acción de gracias, brotó limpia como la nieve. Raposo y yo, ahora fuera de la cabaña, bendecimos la belleza de todo lo creado a nuestra vista bendiciendo a Dios en ella. Acción de gracias. Magníficat. Nacimiento a lo vivo. Maravilla de las maravillas. Real. “Como fue, es”.
La brisa helada, se tornó en vendaval. Barrió las nubes panza de burro. Dejó de nevar. Y como un amanecer de maravilla y aún pálidas, se asomaron atónitas las estrellas al valle. Tímida y pálida, también la luna en menguante. Recordé ensimismado ante el nuevo espectáculo: “Una mujer revestida de sol (la blancura de la nieve) con la luna bajo sus pies y coronada de doce estrellas”… ¿Cómo olvidarse hoy de la Madre de la Joya? Recordé –que no canté por la emoción del momento- el villancico: “Llorando estás Joya mía, ¿qué te da pena Mi Bien”?…
Cuando emprendimos el viaje de regreso, el todo terreno rodó firme sobre nieve o hielo. Como siempre, todos oímos el ladrido-aullido de Raposo desde la Peña Alba. Cada cual en su casa, celebró de otra forma la Nochebuena. Con los villancicos que también la emoción impidió que salieran de los asistentes embelesados. Y cena extraordinaria -¿Por qué no?-. En la intimidad de toda la familia reunida. Otra vez acción de gracias.
Para todos, ¡¡Feliz Navidad!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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