Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Manolo Prieto Hernández)(*)
No me atreveré a pontificar sobre Sudáfrica, lo que sería una superficialidad por mi parte, pero sí me atreveré a decir que es un país desequilibrado, pues aunque el fin del apartheid trajo la libertad y la igualdad a la totalidad de sus habitantes, las diferencias sociales siguen siendo muy acusadas.
Los holandeses que aquí vinieron se convirtieron en «sudafricanos» – «boers» se llamaron – y lo mismo sucedió luego con los ingleses, pero, en parte por un aberrante sentido racista, y sobre todo por asegurar la supervivencia frente a una apabullante mayoría negra y obtener, de paso, sustanciosos beneficios económicos, relegaron a los zulúes a la humillante condición de simple mano de obra.
Tal como viene siendo desde hace tiempo, hoy gobierna la nación un hombre de color, de modo que la evolución hacia la igualdad real se debe desarrollar con cierto impulso oficial. Pero dentro de este panorama, a la vez decepcionante y esperanzador, se ha producido una perturbadora inmigración de africanos procedentes singularmente de Nigeria. Según me dicen, este último país se mostró muy beligerante en favor del levantamiento de los negros, y la recompensa fue barra libre. El efecto más evidente es un aumento de la inseguridad.
Por lo demás, Johannesburgo es ciudad de gran porte y de corte «occidental» sin dejar de ser profundamente africana. El toque occidental se encuentra en sus grandes arterias, mejor señalizadas desde luego que las madrileñas, y en sus grandes y abundantes centros comerciales, mientras el africano se hace evidente en la irrupción de la naturaleza, abundante en hermosísimos árboles que emergen de un terreno ondulado de colinas y valles de tierra intensamente roja. Y, naturalmente, en la pobreza de sus barrios marginales, que contrastan con la espectacular calidad de los más opulentos, que ya no son tan sólo blancos, puesto que los nuevos ricos negros también los eligen para ellos.
En estos últimos, que ocupan una extensísima parte de la ciudad, proliferó hasta hace unas pocas semanas la flor morada de la jacaranda. Ahora aún queda la flor rosa o roja del árbol por nosotros conocido como de Júpiter, y a ras de tierra, entre la hierba verde de los omnipresentes jardines que bordean generosamente las impolutas tapias blancas u ocres, los rosales blancos y los agapantos.
Ya saben ustedes de mi predilección por tapias como éstas, y hasta que punto me desespera ver la falta de respeto con que son tratadas las nuestras. De ahí su preferencia a la hora de destacar un rasgo característico de esta ciudad de Johannesburgo que ahora nos acoge.
Altas tapias erguidas
no holladas por las manos
de imbéciles que exigen
respeto al «arte urbano».
Ayer, la jacaranda,
hoy, los rosales blancos.
Sobre la yerba verde,
la flor del agapanto.
(«Yo los quisiera azules:
Pues yo, mejor morados»)
A veces, unas canas
de rojo apasionado,
y las tapias, que miran
su flor desde lo alto.
Tapias ocres y blancas,
guardianes de un legado
de bosques y de selvas
y de ríos sagrados
que encienden las mañanas
de rumores y cánticos.
Tapias de Johannesburgo,
de Morningside y Sandton,
entre árboles inmensos
que acogen en sus brazos
el eco de los truenos
y el nido de los pájaros.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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