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Bajo la Cruz del Sur. Rasgos diferenciales

Tres foramontanos en Valladolid 08 Ene 2012 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Acrílico de Mª Carmen Peña, de felicitación de Navidades)(*)

Dos cosas ha de tener un buen viajero: capacidad de observación y capacidad de asombro. Y ambas se relacionan con la diferencia.

Cierto es que ningún punto de la Tierra es igual a otro y que esto genera uno de los placeres de viajar. De entrada, todos los cielos son distintos, pero también son distintas muchas cosas más. Por ejemplo, la orientación del sol. Esto ocurre cuando se ha traspasado el ecuador y uno se encuentra en el hemisferio austral. En esta casa de Johannesburgo, la solana que aprovecha el calor y la luz del sol, y donde, por consiguiente, se sitúan la piscina y las grandes habitaciones que hacia ella asoman, no se orienta al sur como es el caso en nuestras latitudes, sino hacia el norte. O sea, que uno tiene que hacerse a este hecho y decirse: «bueno, pues ya está: mientras siga aquí, para mí el sur no será el sur sino el norte». Pero no por asumir esta realidad queda uno exento de desconcierto, porque ese sol que uno siempre esperó ver salir por la izquierda y ponerse por la derecha hará exactamente el recorrido inverso. Lo cual produce en el organismo una sensación extraña como de «jetlag» o algo así.

Otra diferencia es el silencio. Tan acostumbrados estamos a no podernos liberar del ruido en circunstancia alguna, que experimentamos una sensación – agradable en este caso – como de materialización del aire. Algo que no se pierde, sino se acentúa, con el canto de las aves y el graznido de las «hádedas», unos simpáticos ibis de gran tamaño que muestran cierta familiaridad con el entorno humano y picotean nuestro césped en busca de insectos. Si estuviera encargado del turismo sudafricano, yo publicitaria éste rasgo diferencial que ya percibí durante mi estancia en Ghana, y eso que padezco un pitido permanente por la explosión de un petardo. En el izquierdo, tipo Juan Centella, para que los mayores entiendan.

Hasta aquí algunas diferencias de ambiente, casi impalpables, entre las que bien podríamos incluir las que tienen su origen en la relación social entre razas que comparten una misma nacionalidad. Pero también las hay de escenario material, como la ausencia de transportes públicos, al menos tal como nosotros los conocemos. Por lo menos yo no he visto autobuses, ni metros, ni taxis. Bueno, hay otra cosa a la que llaman «taxis», equivalente a los «trotros» ghaneses, es decir, unas especie de microbuses muy «micro» que no llevan signos distintivos y van recogiendo gente por ahí. Me dicen que si uno necesita un taxi de verdad podrá conseguirlo, pero siempre previa petición por teléfono a una central.

De lo que es la diferencia entre esta ciudad y una ciudad española ya hice algunos comentarios en artículos anteriores: nada tienen que ver una y otra. En cuanto al comercio, creo no haber visto una tienda propiamente dicha, de esas que están en la misma calle y donde uno entra según va por la acera. Claro que ignoro cómo puedan ser los establecimientos de los barrios negros, que he visto pero por los cuales no he llegado a pasear; supongo que en ellos habrá algún mercado como los de Ghana, formado por puestos más o menos improvisados con material de fortuna, pero, fuera de eso, lo que yo he encontrado en Johannesburgo es espléndidos centros comerciales a la altura de lo mejor que pueda verse en nuestros pagos, y, más que limpios, relucientes, con gente bien vestida de una y otra raza. O sea, comercios de primera clase, donde se puede comprar de todo por muy refinado que sea. Centros comerciales con todas las grandes firmas, y mucha gente perfectamente uniformada y sumamente atenta por cierto, de seguridad privada. La abundancia de empleados, que es general y se pone muy de relieve en las instalaciones de hostelería, llama la atención de un español como yo, acostumbrado a los efectos de la crisis. Porque si hay un rasgo diferencial entre las preocupaciones de los españoles y las de los habitantes de los dos países del África negra en que he vivido – conocidos, no sólo como turista, sino desde la situación de alguien que convive con residentes – es, precisamente, que en estos últimos lugares no se habla para nada de la famosa crisis que nos tiene en vilo. Claro que nuestros paisanos dirán «pero ellos están en crisis permanente» cuando lo que pasa en realidad es que la crisis es cosa de países opulentos que se fueron de caña y mataron la gallina de los huevos de oro. Y que, sobre todo, están perdiendo una esperanza que esta gente tiene. Entre otras cosas, porque es gente que cree.

A este respecto, mi experiencia fue muy clara en Ghana, donde el sentido religioso no sólo se aprecia en los templos abarrotados – donde se hace del domingo la gran fiesta del Señor -, sino en la cantidad de iglesias de distintas confesiones que se anuncian por doquier, en los nombres de los establecimientos por mínimos y cochambrosos que éstos sean, y en las pegatinas que en altísimo porcentaje adornan los coches con salmos, imágenes y frases evangélicas.

De aquí, de Sudáfrica, sin ser la religiosidad un hecho tan patente y expresivo como es en Ghana, tengo una impresión parecida, basada en la masiva asistencia a la misa dominical de gente de ambas razas y en lo que he oído de gente que conoce bien el país. Por ejemplo, es normal que en cualquier ambiente, sea éste de blancos o de negros, se rece antes de empezar a comer. Y lo que es aún más llamativo: incluso los cursos de cazador profesional comienzan el día con una oración.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7158/6626925687_eb72414d3d_b.jpg

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