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Que “No más servir a Señor que se me pueda morir”

Tres foramontanos en Valladolid 11 Ene 2012 - 07:25 CET
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Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Antonio Pascual, de felicitación de Navidades)(*)

Como nuestros lectores sin duda saben, son éstas las palabras-gemidos- que pronunció san Francisco de Borja, el duque de Gandía, ante los restos de la que fuera bellísima emperatriz Isabel de Portugal y esposa de nuestro Carlos V.

Algo de esto ya dije ¿no lo recuerdan, verdad? Yo sí. Fue en un artículo escrito este verano pasado que se titulaba: “Recuerde el alma dormida”. No voy a insistir sobre lo mismo, no se preocupen. Sólo parecido. Con las también pasadas y escritas “con buena o mala fortuna” Delicias de Otoño I, II, y III, es preciso continuar con el final de Otoño y comienzos del Invierno. Tal vez, como meditaciones de quien ha vivido el campo. O como el pintor que plasma en lienzo o papel el color de las estaciones que en el rápido devenir de la vida, se nos escapan. Obras de arte que perduran. El color de finales de otoño y comienzo del invierno, se nos escapa. Sin similar retorno. Cada año diferente. Como la vida misma. Irrecuperable. Sin posibilidad de “merecer”. Inmensa belleza en lo rayano a trágico. Lo vemos.

Nos situamos. Estamos en Castilla. Ribera del Duero. Otoño seco y bonancible. Largo. La vegetación, aún muy fresca, se despereza con brazos largos y verdes en la arboleda exuberante. Pópulus nigra (chopos) en un duerme vela que se resiste a depositar en el suelo la frescura de las hojas verde intenso. Las que pronto serán oro viejo. Populus albis (álamos blancos), que en sueño imposible, tampoco quieren despojarse del verde y plata en sus hojas. Color que yo imagino de plata vieja. Alfombra pronto con sólo estertores de pasadas grandezas. Ciclo de vida y muerte que se repite cada año en cada ser vivo de cualquiera de los reinos en la naturaleza. También en las personas. Las que nacen, viven, se desarrollan y mueren. Como en el reino vegetal. Como en la ribera del Duero.

Quien esto escribe, grabó indeleble en su retina la maravilla que se le ha ofrecido a lo largo de una vida nada corta. La que va de capa caída, como las hojas en la arboleda del otoño que finaliza. Y se resisten. Como se resiste la vida en cada cuerpo humano a dejar este mundo de tantas bellezas. Si dignificamos el trabajo, según el mandato divino de custodiar y trabajar la tierra, no habremos sido siervos, sino señores de ella. ¿Cómo entonces “no más servir a señor que se me pueda morir”, si ella -la naturaleza- parece que muere? No muere. Inverna. Parodia de muerte. ¿La servimos o nos servimos de ella? Si la servimos como si fuera Dios, mal; porque además de no serlo, se nos muere cada año. No más servir…. Si nos servimos de ella, ¿custodiamos tanta belleza como “se cría” en donde se lució el Creador?

Mis amigos pintores, buscan afanosamente cada año inmortalizar la muerte de la naturaleza cada año. Tan distinta, en apariencia, de la muerte humana. ¿Por qué no pintar cada año la resurrección con la primavera? En apariencia: porque si en la ribera del Duero el oro y la plata adornan la muerte, y en unos meses es primavera y con ella resucita la arboleda, ¿dónde el aguijón de la muerte? Apariencia. Como en la especie humana. Muerte y resurrección. Gloriosa.

¿Se equivocó el duque de Gandía? Para mí, del todo. Cuando el hombre “sirve”, imita al Maestro. El que “no vino a ser servido, sino a servir”.

¿Piensa el pintor cuando inmortaliza la hondura del otoño en la primavera de la resurrección? Quien vive el campo, sí. En la alfombra que en su derredor forma la arboleda cuando se desnuda, está el germen que la devuelve nueva vida. En el polvo en que se convertirá cada cuerpo, está también el germen de la resurrección.

De los esqueletos que hoy pudieran significar dolor en la ribera, quien vive el campo ve con esperanza el resurgir de la vida. Primavera. Y en todas las situaciones, belleza. Lo que quiso decir el duque de Gandía, es no hacer dioses de lo perecedero.

Sólo si la belleza nos lleva a lo divino y trascendente, digo, se podrá contemplar o plasmar con el pincel el portento de la naturaleza en su verdadero sentido. Entonces, oro y plata viejos, serán los colores de la esperanza en la nueva vida. Maravillas de otoño. Proximidad del invierno.

Seguiré… si Dios es servido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7156/6626925719_146a804cfd_b.jpg

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