Por Javier Pardo de Santayana

(Fotograma de “Invictus”, película en la que Morgan Freeman interpreta a Nelson Mandela)
En Sudáfrica Nelson Mandela es algo algo parecido a lo que El Cid Campeador es en Burgos: un personaje omnipresente. Un símbolo, aún vivo en este caso. Su gigantesca estatua se halla, por supuesto, en la plaza de su mismo nombre, pero ésta es más bien pequeña y recoleta. La rodea un gran centro comercial, y se tiene la impresión de que forma parte de él.
Como comprenderán, no es fácil escapar de la tentación de hacerse una foto a los pies de la gran mole. Dos planos resultan especialmente efectivos: uno en el que se vea la totalidad de la estatua contrastando con la pequeñez del personaje fotografiado, y otra en la que no se vea más que éste y los desmesurados pies del prestigioso líder sudafricano.
Hablando de Nelson Mandela, yo, que hasta ahora no tuve ocasión de ver la película «Invicto», sí tuve ocasión de contemplarla durante mi estancia en Johannesburgo. Se hallaba entre otras muchas grabadas por el dueño de la casa, así que no fue difícil presenciarla en familia una buena tarde-noche. Digo lo de tarde-noche porque en Sudáfrica, como ocurre en Ghana, donde también pasé un par de Navidades, la vida se hace muy, muy temprano. Así, las cinco de la mañana empiezan a ser hora adecuada para que piense en despertarse incluso un jubilado como yo, y cuando en España aún no terminaron los primeros telediarios ya se tiene la impresión de haber vivido una larga jornada.
No sé si usted ha visto o no la película a la que me refiero, pero le diré – o le recordaré en todo caso – que trata de los primeros días de gobierno del gran líder negro. La Delegación de Deportes, o directamente la Federación de Rugby sudafricana, que de esto no ando muy seguro, acababa de decidir por unanimidad el cambio de lo que hasta entonces había sido el símbolo de su equipo nacional. El «springbok» – o sea, la gacela – sería sustituido por la flor nacional – la protea – porque los negros no sólo no se sentían identificados con el primero, sino que en los encuentros internacionales se mostraban partidarios de los conjuntos extranjeros. Cambiar el nombre del equipo era, por tanto, una demostración de que todo había cambiado, y que el poder blanco había sido sustituido por el poder negro.
Al tener conocimiento de la decisión tomada, Mandela abandonó el acto al que asistía y se presentó de improviso ante quienes acaban de tomarla para decirles que, aunque comprendía su reacción, se veía obligado a advertirles con toda franqueza de que aquel no era el camino. No habría dos países, sino uno único y de todos. Los «Springboks» no serían el equipo de los blancos, sino el equipo de todos los sudafricanos. Y una vez hubo convencido al capitán, inició una campaña de acercamiento a la población de color en la que los jugadores recorrerían los suburbios más deprimidos iniciando a los niños y jóvenes en ese noble deporte que es el rugby.
O sea, que Mandela, que había sufrido la prisión de los blancos durante 27 años, supo ver, sin embargo, que consentir aquel gesto de revancha hubiera sido aceptar la muerte de un proyecto de reconciliación; que, sencillamente, aceptar la muerte de este proyecto era como aceptar la muerte de la nación como tal. Y bajo el lema «un equipo, una nación» surgió una Sudáfrica felizmente vencedora. He aquí un ejemplo de visión de hombre de estado bien diferente de la de quienes, cegados por la ideología, fomentan la división y el enfrentamiento entre los ciudadanos de su propio país.
Ahora, cuando al hilo de mi estancia en la República Sudafricana traigo de vez en cuando a colación mi experiencia ghanesa, he de recordar también la visión de los líderes de este otro país africano, colonizado durante muchos años por la Gran Bretaña: una actitud comprensible de revancha en los momentos álgidos de la independencia podría haber inducido a sus líderes a desterrar la lengua inglesa y hacerla sustituir por una o varias de las lenguas vernáculas, como el ga, el tsui o el fante. Diría yo que esto habría sido incluso más acorde con la política de Nkrumah, bastante más próximo de los soviéticos que de los occidentales. Pero no fue así; los ghaneses conservaron el idioma inglés y lo hicieron lengua vehicular de su sistema educativo, gracias a lo cual su país está hoy en el mapa y tiene buenas perspectivas de progreso. Fue el último de los tres países africanos de los que se despidió el presidente Bush, y el primero que visitó el Presidente Obama.
Otra lección interesante para quienes se miran el ombligo.
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