Por Carlos de Bustamante>

(Valverde de Campos. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 30×48)(*)
Hemos visto cómo en artículos anteriores, la ley natural inscrita en personas, animales y plantas, llegaba al cumplimiento de forma natural (y perdonen la redundancia), sencilla. Porque nace inscrita en el interior de todo lo referido. No descubro Mediterráneo nuevo alguno, si digo, que sobre animales y plantas hay un ser superior: la especie humana. La que lo es por mandato divino: “Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra”… “Yo os doy… y ello será vuestra comida…. A todos los animales campestres, a las aves del cielo y a todo cuanto se mueve sobre la tierra con ´ánima viviente` yo doy para comida todo herbaje verde”.
Parece que la palabra de Dios en el Génesis responde con un “sí” a la pregunta de si tienen alma los animales, que si es `pregunta´ y `parece´, es por lo tanto dudosa. ¿Soñamos…?
En sueños de un realismo envidiable, Escarcha pasó a nado a la orilla de la Dehesa y marchó con su amigo ¿Lupo?, sí, Lupo, a Traspinedo. Raposo, Raposilla “la Guapa” y Carolus, en Peñalba, a las raposeras. Allí asistimos a un diálogo que pudiera despejar la duda planteada.
-¡Jeefeee…!, llamó Raposo a Zorro “el Viejo”, rey de las raposeras en Peñalba.
-¡Voy allaaá…!, Contestó con voz –áspera, cascada, Zorro “el Viejo”, al tiempo que, con paso solemne, salía de la boca (raposera) de boca más amplia y “sobada” (utilizada) del poblado en la media ladera denominada “Las Mamblas”.
Zorro el viejo, miró con desconfianza y temor al que consideraba intruso peligroso en sus dominios.
-No tengas miedo, jefe; es el mismo que nos salvó de morir ahogados en las raposeras el día de la gran riada.
Se acercó. Me olió bien de arriba abajo y preguntó algo más confiado, pero sin darme nunca la espalda, receloso de la figura humana tan temida.
-Bien, concluyó el reconocimiento. ¿Y qué os trae por aquí a la hora de mi siesta? ¿Algo urgente?, preguntó sucesivamente.
-Perdona Jefe -contestó Raposo-, más que urgente es, que necesitamos de tu sabiduría y consejo, le dijo. Pavoneándose ufano, les dijo sacando pecho de una piel preciosa pero con tantas canas, que parecía del color blanco de una corbata blanca y ancha anudada al cuello erguido, orgulloso. De rey:
-Preguntad, pero que sea rápido, porque necesito dormir para atender luego el Gran Consejo que tenemos en la raposera, concluyó.
-Se trata Jefe, tomó la palabra Raposilla, de lo que vio Raposo en la cabaña de Ignacio y que no acabamos de entender, aunque sea muy hermoso.
-Es, Jefe, dijo ahora Raposo, que hemos conocido allí a Dios con figura de Niño. Una Joya-. Le dijo a Zorro viejo, que escuchaba perplejo.
-¡Bah, bah, bobadas!, interrumpió el Jefe contundente-. No hay más Dios que el nuestro.
– ¿Y quién es, si se puede saber, vuestro Dios, preguntó Carolus con la voz que al Jefe le sonó a trueno horroroso.
Enseñó Zorro el viejo los dientes, que es la sonrisa-sin gruñido- entre los de su raza.
Miró a lo alto y contestó solemne, con el mayor respeto: “¡El sol,Ca… Carolus- le ayudó Raposilla-. “Gracias Guapa”, le agradeció -sin gruñido- o sea, con la sonrisa en los dientes sucios, carcomidos, de viejo. ¡El sol!, insistió con firmeza, que es quien con luz y calor da la vida a todo, concluyó definitivo.
-¿Y al sol, quién le da vida?, preguntó Raposo, rascándose la oreja con una de las patas traseras… y calló en espera de respuesta.
Repitió similar gesto el Jefe, y entrecortado dijo mirando a Carolus:
-Nosotros, Raposo, somos solo animales. Listos –añadió enseguida-, astutos, pero animales, zorros. Me parece que Carolus, humano, sabrá responder mejor a un asunto tan complicado. Se sentó Raposo el viejo sobre los cuartos traseros y escuchó atento:
-La naturaleza entera, “Jefe”, comenzó Carolus lo que sería larga explicación, el mundo entero es obra de Dios. El Dios, afirmó despacio de personas, animales, plantas y la creación entera. Y también del sol, de la luna y las estrellas. Como le pareció que, hasta el presente nadie había entendido nada, continuó:
-La vida-continuó solemne- está en Dios. Es Dios. El que se la concedió a quien quiso.
-Y del sol, ¿qué me dices “amigo Carolus”? , preguntó el Jefe.
-Al sol, jefe, Dios le dio la misión de dar luz y calor, necesarios para las vida del mundo, contestó convincente Carolus. Y enseguida preguntó:
-¿Puede ser acaso Dios el que recibe de Uno Superior el poder de ser luz y calor? Las cabezas de hocicos afilados y ojos vivos, comenzaron a moverse a uno y otro lado, expresión de negativa.
Pues el sol, al que vosotros los zorros-raposos tenéis por dios- prosiguió Carolus convincente, es sólo una parte del todo creado por ese Ser Superior, que se llama, porque lo es, Dios. ¿De acuerdo?, parece que finaliza. Mas como aún ve la duda en alguno de los oyentes perplejos, aún dijo más con nueva pregunta:
-¿Crees, Jefe, que una pequeña parte del todo -como es el sol- de cuanto hay en el universo puede ser Dios? ¿No será, remató, Dios el Todo, y la Luz y el calor?
Convencidos, pero con afán de aprender, preguntó ahora Raposilla: ¿Pues dónde está para que nosotros le veamos y conozcamos?
Con sorpresa para todos, tomó la palabra Raposo el “amigo” de Raposilla la Guapa.
-¡Pero qué ignorantes sóis…! dijo, seguro, orgulloso, de cuanto iba explicar incluso a su Jefe: Yo sí que le vi en la cabaña de Ignacio en una ceremonia impresionante. Y le adoré mucho más que al sol. Y me sonrió en una figurita que era una Joya. Y le besé.
Para terminar lo que ya entendían todos, aún Carolus dijo más:
-Con los ojos del alma, a Dios también podemos verle en la luz que proyecta el sol, en la brisa que se entrelaza en juego precioso entre los árboles de la ribera de la Dehesa con susurros divinos. Y en la sombras de la noche; y en el frío helador que es dueño y señor del páramo en invierno. Y en la lluvia. En la nieve. En el río. En las fuentes. En las aves. Porque, añadió solemne, o sabemos ver a Dios con los ojos del alma y del cuerpo en las cosas corrientes, diarias, o no le veremos nunca.
El Jefe, aún se atrevió a preguntar, aunque ya sin dudar nada:
-Pero Carolus, ¿es que nosotros, y todos los demás animales, también tenemos alma como vosotros los humanos…? Y sonrió con la pregunta que creyó no tener respuesta.
Al jefe le desapareció la sonrisa de los dientes, sucios, carcomidos, cuando escuchó lo que dijo enseguida Carolus y entendió divinamente:
-Hace unos años, el Papa, que para nosotros es más que tú en la raposera, y se llama Juan Pablo II, asombró al mundo proclamando que “los animales poseen un alma y los seres humanos deben amar y sentirse solidarios con nuestros hermanos menores”.
Aseguró, incluso, que todos los animales son “fruto de la acción creadora del Espíritu Santo (Dios) y merecen respeto” pues están “tan cerca de Dios como lo están los humanos”. Muchos todavía no se han repuesto de la conmoción provocada por sus palabras, quizá porque han descubierto que frente a tantos desalmados con dos patas, o, mejor, piernas, nuestros amigos supuestamente irracionales son mucho más caritativos y sensibles.
-¡¡Aaaaaah…!!, se sobresaltó Carolus por la exclamación a coro.
Todavía es invierno. Con otros barruntos, pero Invierno y frío; mucho frío. Si Dios es servido, toda vía nos vemos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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