Por Carlos de Bustamante

(Villabáñez. Acuarela de José María Arévalo. 34×42)(*)
¿Más observatorios…? El último, creo. Muy especial. ¿Les hablé alguna vez de “la cabaña”? Observatorio proverbial. Para días de fiesta. La cabaña. No es mía. La cabaña es de Ignacio. ¿Les hablé alguna vez de las laderas de Peñalba? Pues en ellas está la cabaña. Observatorio en días de fiesta. La cabaña de Ignacio. Mi hermano.
Un día cualquiera de los de fiesta y hace algunos años. Mediado el invierno. Observatorio que es la cabaña de mi hermano Ignacio en días de fiesta. Estábamos en activo. Sábado por la tarde. Suena el teléfono:
-¿Nos vamos a la cabaña?
-¿Cuándo?
-Ahora, para pasar el domingo.
-¿Me vienes a buscar?
-Sí.
-¿Ahora?
-Nos vamos.
Dicho y hecho: parada para “repostar” en Villabáñez. El pueblo merece aunque sólo sea un breve comentario. Distinto a los pueblos del valle. Villabáñez está situado en una falla del páramo en terrenos que, añoranza de foramontanos, de siempre llamamos, si serlo, la Montaña. Así, Villabáñez es un pueblo de la Montaña. Era invierno y el sol de “capa caída”. Atardecer, cuasi divino, en la montaña. Casas nobles de piedra y calles en cuesta todas y empedradas. Escudos nobiliarios en alguna de ellas; o me lo parecen. O me los invento. Porque Villabáñez es un pueblo noble. Como los pueblos de la Montaña. Tomamos provisiones en las mochilas y otras “puestas”: en la andorga. Por veredas, que no eran ni caminos, bordeando el Duero, llegamos a la cabaña. Atardecer luminoso por lo transparente Puesta de sol pálido. Poniente.
La cabaña: la mandó construir-porque es de obra- en la pequeña planicie, descanso en la muy pinas laderas. Lugar casi inaccesible. En una senda por donde no camina nadie, dejamos el vehículo. Senda otrora de “los aragoneses”, cortada ahora por la gran cárcava. No quedan huellas de los caballos que el rey Fernando de Aragón y sus escoltas; los que hollaran la Senda cuando “vinon” de incógnito a Valladolid, para casar con la reina Isabel de Castilla. Senda de los aragoneses. De la unidad de España. Y aun lado, la cabaña: Una sola habitación amplia. Puerta tosca y de madera, robusta. Es comedor, cocina y dormitorio. Como ojo de halcón gigante, un ventanal con cristales mugrientos por lluvias, arcillas polvorientas y soles que atraviesan e iluminan de día el interior. De noche, candiles de los que penden, negras, las torcidas. Ambientazo dentro de soledad y silencio. La cabaña invita a la observación. Es lugar para trabajo escondido y silencioso. Retiro de anacoretas, sin serlo, para observar, ver, mirar y rezar. Al borde de la pequeña explanada, un banco tan tosco y fuerte como la puerta. Mirador y observatorio hacia el valle. La cabaña de Ignacio.
Él ocupó asiento en el banco con libros sobre la mesa. Su hermano, vio el atardecer sentado sobre un mogote blanco de arcilla blanca. Hacía frío. El sol tenue hizo su labor con los últimos rayos de oro sobre el valle hecho color. Colores variados a cuál más bellos. La limpidez del cielo, cielo castellano, nos dejó contemplar a lo lejos la negrura del monte del otro páramo. El que paralelo al “nuestro” forma el valle. El verde acerado de hojas no caducas, era negro con la distancia y los estertores del sol que muere. Detrás del monte, se adivina el páramo, también inmenso; El de la Parrilla que roza el infinito.
Abajo, y de cerca a lejos, espectáculo bellísimo. No creo exagerar si digo que grandioso. La cortadura imponente de las derroñadas, mostraba descarnada las betas,estratos del terreno de arcilla de diferentes tonalidades. Bandera extraña. Desconocida. Rojo sucio, junto a verde intenso y blanco manchado por la intemperie, a veces borrascosa. A su lado, y sin perdón porque así se llama el gigante tobogán “arrastraculos”. Arcilla menuda de colores mezclados, delicia de pequeños y mayores. En rampa vertiginosa, baja, si descendemos por él, desde casi el cerro, hasta el río. Mañana. Hoy sólo contemplar el atardecer.
Continúo y lo vemos juntos. Llamativo el contraste de la belleza muy dura de esta orilla pelada y sólo en color las derroñadas con el que fuera verde intenso de la otra, con vegetación más que abundante en zarzales todavía verde oscuro. Como de selva enmarañada. Los guerreros desarmados se yerguen en formación anárquica a lo largo y ancho de la ribera. La ribera del Duero. A sus pies los adornos de la armadura dorada, yacen en amplio tapete de oro viejo sobre el santo suelo. Suelo de tierra feraz, otrora dominios del moro. Hoy Dehesa de Peñalba. La Verde. Nuestros ojos y todas las potencias internas, escudriñan hasta el último rincón. Tuvo que pasar por aquí el rey Midas. Toda la naturaleza que abarca la vista, es de oro. El oro que bajó en suaves bamboleos de los gigantes.
Durmiente el sol tras el páramo, o dentro de él, las sombras caen sobre la cabaña y los observadores. Hace frío. Ráfagas de viento, cansadas de deambular sobre las inmensidades del páramo, se enredan entre los guerreros inhiestos, que forman en la ribera, desnudos de armamento y bagajes de guerra o adorno. El mogote blanco que es mi asiento- el hijo de la peña alba, también toma el color del atardecer peñalbero. Oscuridad. Llega la noche. De invierno.
El humo que sale en volutas negras por la chimenea, se hermana con la noche; enseguida cerrada. Crepitan ahora los leños resinosos de pino en el fogón del interior de la cabaña. La luz mortecina de varios candiles, da ambiente al interior de la cabaña. Acogedor. Calor que enrojece el rostro y deja los pies fríos de los moradores. Aún así, la cabaña de Ignacio es acogedora.
No tiene suficiente suciedad los cristales para impedir que, rutilantes las estrellas en noche de cielo raso, sin nubes, penetren en la cabaña. La cabaña de Ignacio. Observatorio en días de fiesta. Veo, miro y observo. Parece que se desprendió una estrella. No una, dos. Dos puntos luminosos, pequeños, permanecen quietos muy próximos a la ventana. Ahora se mueven, se acercan: ¿estrellas fugaces? He visto moverse una sombra pegada a las fugaces. No, no son estrellas. Habla Ignacio:
-¡Es el raposo!
Tomó del fogón un trozo de panceta puesto a asar para la cena y abrió la puerta. Una cabeza con estrellas puestas apareció en el marco. Miró fijamente a un lado. Y a otro. Cogí el trozo de panceta que me entregó Ignacio, y el raposo huyó veloz, espantado.
.¡No te conoce y le has asustado!, me dijo. Dejó la comida en el exterior de la cabaña junto a la ventana. Miramos. Otra vez, y ahora cautelosos, los puntos de luz se aproximaron, despacio, con cambios continuos de las chispas de luz a todos lados. Por un resquicio limpio de los cristales, le pude adivinar, que no ver, en la oscuridad. Dientes muy blancos que la negrura de la noche los hizo de blancura visible, atraparon con ansia el trozo de panceta, y ahora sí, estrellas fugaces, desaparecieron tragados por el fantasma de la oscuridad. La noche.
-¿Volverá?, pregunté intrigado.
-Sí, mañana al amanecer, me contestó Ignacio muy seguro. Dejo de escribir. Nos espera el saco de dormir. Jocosamente “el sobre”. Hasta mañana, si Dios es servido.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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