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Hace cinco mil años. 2. Calcolíticos que cuidaban el ecosistema

Tres foramontanos en Valladolid 24 Ene 2012 - 07:24 CET
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Por José María Arévalo

(Una recreación del «recinto de fosos» de El Casetón de la Era, visto desde Torozos. Apunte de L. Repisa)(*)

Continuamos la publicación que iniciamos la semana pasada de la conferencia que con el título “El pan y la sal. La vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años”, pronunció el pasado 24 de Noviembre el arqueólogo y catedrático de Prehistoria de la Universidad de Valladolid, Germán Delibes de Castro, en su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid. Concluíamos el anterior capítulo con la referencia que el profesor Delibes de Castro hacía a las dos cuestiones que han centrado el debate en el transcurso de la investigación de los «recintos de fosos» europeos: si realmente se trataba de aldeas, al plantear algunos arqueólogos, sobre todo británicos, la posibilidad de que hubieran sido grandes centros de culto o lugares de agregación social complementarios de los hábitats; o si, en caso de ser poblados, se trataba de asentamientos provisionales o permanentes.

“Las excavaciones de El Casetón de la Era –continuaba el ilustre arqueólogo-, un yacimiento de 1,7 hectáreas rodeado por tres fosos circulares, el mayor de 150 m. de diámetro, han aportado información definitiva sobre el primero de los aspectos al documentar viviendas tanto en el espacio central como en el anillo intermedio. Son redondas, revisten varios tamaños y presentan invariablemente una zanja de cimentación perimetral en la que se fijaba una estructura de postes de madera recibida de barro. Todas las descubiertas se encuentran arrasadas, lo que impide conocer cómo se distribuía su espacio interior, pero seguramente contaron con un hogar circular, delimitado por un peralte de barro y tapizado de fragmentos de cerámica (una forma de conservar mejor el calor), como el descubierto dentro de una cabaña similar, a medio camino entre Tiedra y Toro, en el yacimiento de Las Peñas de Villardondiego”.

“El número de las identificadas hasta el momento es muy bajo, no más de media docena en más de mil metros cuadrados de excavación, pero no hay que descartar que en su momento fueran mucho más numerosas y que la erosión por un lado (en realidad, los únicos depósitos de sedimentos antrópicos que se conservan íntegros son los protegidos en el interior de estructuras subterráneas, como fosos y silos, circunstancia que no comparten las viviendas), y la propia intervención humana en época calcolítica por otro (hay constancia del desmantelamiento de chozas completas cuyos escombros, cientos de kilos de barro de revestimiento de paredes, con las consabidas improntas de postes y ramas, en vez de arrojarse rutinariamente a los muladares de los fosos, se enterraron con cierta solemnidad en el interior de pozos ex cavados ad hoc), determinaran el arrasamiento antes mencionado.

Tal vez quepa apreciar en este último gesto visos de un comportamiento ritual, y no serían los únicos -menudean los pozos en los que se condenan, sin beneficio aparente, alimentos, vasijas completas, útiles de hueso y piedra en perfecto estado de uso, etc.-, lo cual permite entender por qué en ocasiones ha podido defenderse que los recintos eran centros ceremoniales. Pero la constatación de viviendas, la excepcional abundancia de residuos de consumo acumulados en los fosos (toneladas de huesos de animales, de cenizas, de restos constructivos…) o la frecuencia de elementos relacionados con actividades domésticas como la molienda o la talla, constituyen argumentos definitivos para sostener su condición de poblados. ¿Y, entonces, la dimensión ceremonial, probablemente votiva de los pozos referidos? Sin duda habrá de hallar sentido en el marco de la «ritualización de la vida doméstica» (Richard Bradley dixit) propia de las sociedades campesinas.

Más complicado es cuantificar la duración de las ocupaciones, pues, en contra de lo que pueda pensarse, no es cuestión que se resuelva simplemente con una batería de buenas dataciones de carbono (con desviaciones estándar pequeñas) como la disponible para El Casetón. He aquí un simple ejemplo: aunque la fecha obtenida en la base del relleno del foso 1, clave en teoría para situar el inicio del yacimiento, es datación muy concreta y de escasos márgenes en años antes del presente (4085 ± 35 BP o antes del presente), tras la inexcusable calibración se convierte en una amplia banda temporal de entre 2861 y 2494 a. C. La decena de fechas de radiocarbono para la ocupación calcolítica del yacimiento, no vale la pena engañarse, contribuye a situar grosso modo su trayectoria entre 2800 y 2300 antes de Cristo, pero se muestra poco resolutiva -al menos en este caso- a la hora de medir periodos más cortos. Si el asentamiento fue o no estable deberá colegirse por ello de otras observaciones de orden más cualitativo. Y hay una que considero fundamental para desechar que los recintos fueran simples apeaderos «en route», atribuibles a comunidades itinerantes: la excavación de los fosos -en El Casetón, en conjunto, una zanja de 2 m de profundidad por 3 de anchura y 900 de longitud, esto es cerca de 5000 metros cúbicos de áridos arrancados de las pesadas gredas de la facies Tierra de Campos con un instrumental que hoy nos parecería de juguete- representa una inversión en infraestructuras que sólo puede corresponderse con una decidida voluntad de permanencia y con la previsión de una larga estancia. Los recintos fueron, no cabe la menor duda, los primeros poblados auténticamente sedentarios en la historia de la Meseta.”

Y así pasaba a un muy interesante segundo apartado que titulaba Germán Delibes “Los efectos de la actividad humana en el ecosistema”.

“La principal consecuencia de esta ocupación es que el valle medio del Duero, al igual que la mayor parte de las tierras del interior peninsular, sufrió por entonces una presión antrópica sin precedentes, hecho que a su vez se tradujo en una sensible alteración de los ecosistemas. Sendas columnas de polen que cubren la totalidad de la secuencia de relleno -algo más de dos metros, como se ha dicho- de los fosos nº 1 y nº 2 de El Casetón de la Era dan cuenta de ello e ilustran cómo lo que había sido un entorno básicamente natural se convirtió en poco más de cinco siglos en un espacio profundamente antropizado. O, dicho mucho más gráficamente, cómo debido a la acción humana la naturaleza en poco más que un suspiro se convirtió en paisaje.

Los pólenes de los niveles basales del foso 1, que se corresponden con los primeros momentos de la ocupación del yacimiento -el foso 2 fue excavado con cierta posterioridad- revelan un entorno mayoritariamente forestal (un 60% de ellos son de especies arbóreas) en el que predominan los quejigos (30%) sobre las encinas (20%) Y sobre las sabinas (5%). Es una vegetación, cabría decir, no muy distinta de la de los montes actuales de esta misma zona de Torozos, con predominio de robledal en la cara norte, que se complementa con unos pocos olmos seguramente reducidos a las orillas del arroyo Mijares, y con zonas de pastos húmedos, de Cyperaceas (30%). En todo caso, tan amplia extensión del arbolado, la asidua presencia en el robledal de un sotobosque de jaras y la ausencia de pólenes de plantas nitrófilas o que apetecen suelos con nitrógeno, muy manipulados, hablan de una huella humana tenue o poco reseñable por más que ciertas formaciones de ortigas y juncos, unidas a la identificación de ascosporas coprófilas (hongos que, como So rdaria, parasitan las deyecciones del ganado) revelen una actividad pastoril poco agresiva.

Algo después, de acuerdo con los datos de los niveles intermedios de las columnas, se detectan cambios: la superficie forestal disminuye hasta un 40%, a la par que las quercíneas más propias de ambiente húmedo (el quejigo, Quercus pirenaica) retroceden ante la encina (Quercus ilex), y complementariamente los pastos húmedos son sustituidos por plantas xerófilas como la artemisia, el cenizo o el romerillo, hechos todos ellos que para José Antonio López Sáez (responsable del estudio polínico, al que agradeció igualmente su aportación) obedecieron en parte a un aumento de la temperatura, pero sobre todo a los frecuentes incendios producidos por el hombre -con la intención, sin duda, de aclarar el bosque- de los que se sabe gracias a la identificación de una nueva ascospora, el Chaetomium, en este caso parásita del carbón de madera.

En la segunda mitad del III milenio, por último, esa dinámica vegetacional que en la fase anterior tendía todavía tímidamente a recortar la masa forestal se aceleró: el bosque, ya sólo de encina y sabina, esto es sin quercíneas caducifolias, se redujo al 20%; los jarales desaparecieron al mismo tiempo que los robles y no se registran más palinomorfos de plantas de pastizal que los de unas pocas especies xéricas. Todo ello traduce, además de un incremento de la presión antrópica, la irrupción de un periodo climático árido y térmico del que no faltan indicios en otros yacimientos del sur del Duero.

Resulta apasionante comprobar cómo el habitante de El Casetón, preocupado por la supervivencia del espacio forestal, de un bosque del que necesitaba para aprovisionarse de leña, de caza y seguramente de bellotas, dejó ya en esta etapa de utilizar el fuego para ahuecarlo (no hay evidencias ahora de Chaetomium). Pero, a juzgar por la irrupción bastante masiva -entre el 7 y el 10% en cualquier muestra de este momento- de palinomorfos de cereal, todavía es más probable que el referido aclarado del bosque guardara relación con la aparición de campos de pan, de un terrazgo que debía llegar prácticamente a las puertas de la aldea pues los pólenes de estas plantas se caracterizan por volar a muy reducida distancia una vez que se desprenden de los estambres.

He aquí, pues, cómo ni los cambios ambientales ni la trágica capacidad del hombre para inducidos son problemas nuevos. Y he ahí también el error de pensar que los hombres de hoy somos los primeros en mostrar preocupación por la salud de los ecosistemas, porque los calcolíticos, renunciando a última hora a los incendios, no hacían otra cosa que buscar el tan cacareado equilibrio sostenible. La diferencia con respecto a la actualidad -ciñéndonos a nuestro más estricto entorno- es que aquel hombre, todavía muy limitado tecnológicamente, vivía al filo de la supervivencia.
Interrumpimos en este punto el discurso, para continuar la próxima semana con el apartado “Cultivadores de trigo” de la conferencia, en el que el profesor Delibes de Castro señalaba cómo las comunidades de la Edad del Cobre anticipan la sempiterna Castilla triguera a la que en momentos puntuales de nuestra historia no ha habido empacho en tildar de «granero de España».

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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