Por Carlos de Bustamante

(Nieve. Acuarela de José Mª Arévalo.26×38)(*)
Deseoso de que llegue la primavera –si es que la hay- y con ella el buen tiempo, el invierno sin embargo se resiste. Como el otoño suele terminar con el “cordonazo de san Francisco”, así el invierno, con cordonazos heladores. De frío intenso. En la cabaña. La ventana, pues. Observatorio de invierno.
Creí- infelice- que la mariquita (sarantontón. Chinita…) que “me contó los dedos” en la cabaña y el viento helado “se la llevó con Dios”, barruntaba mejoría del temporal. Nada de nada: cordonazo invernal de san Francisco. Panzas de burro cabalgando sobre nubarrones amenazadores de nieve. Nevó como si no lo hubiera hecho nunca. Dejado el páramo, vuelvo al observatorio. De invierno. La ventana. En la cabaña de Ignacio. Las cruces clavadas en el Gólgota de la ribera de enfrente, siguen inhiestas, pero adornadas. El paño de pudor con que la piedad cubrió al Crucificado, es ahora nieve pura. Blancura de Sábana nueva que cubre la desnudez de “populus nigra”, para hacer de toda la arboleda bellísimos “pópulus albis”. El Crucificado no está allí o al menos de forma visible. El Dios del universo, sí. Y, creado, dijo “que era bueno”. “Lo que fue, es”.
Maravilla de Edén creado y respetado. El que veo y miro desde la ventana. En la cabaña de Ignacio. Cabaña en la que todavía está la Joya; la imagen del Niño, que don José “olvidó” llevarse. Mas desde la ventana veo y miro absorto otra Joya. Preciosa.
En lo más hondo, veo a la Madre; Purísima como la nieve recién caída. Fue cuando las nubes negras y blancas, dejaron ver por un resquicio de sol tímido la belleza. Resplandor tenue, que en la nieve se agiganta. La Mujer vestida de sol, en la ribera. Un magníficat especial, que recuerdo en los versos que compuso el Hermano Eduardo Montero de mi colegio de Lourdes:
Qué huella tan caliente y delicada
me ha dejado en el alma Tu blancura
los copos de Tus ojos, qué ternura…
¡Cuánta nieve amontonada!
Cada vez que Te miro, Tu mirada
se me llena de nieve blanca y pura,
y la nieve y azul de Tu hermosura
en lo hondo de mí queda cuajada
Qué abrazo tan caliente con la nieve,
con la nieve tan Tuya, de Tu manto,
las nieves de Tus ojos tan serenas.
Lléname de azucenas. Cuaja y llueve
copos de nieve sobre mí, y tanto
que sea como sea Tú, todo azucenas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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