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El mal y la libertad de expresión

Tres foramontanos en Valladolid 18 May 2012 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Pueblos in the Moon Light. Acuarela de Sterling Edwards en sterlingedwards.com)(*)

Acabo de ver una fotografía tan impresionante como sencilla: al fondo, una chapucera edificación con techo de uralita y unas cuantas personas de pie; delante, una explanada poblada de cuerpos calcinados. La foto se sitúa en Nigeria y los cuerpos pertenecen a un grupo de cristianos bastante numeroso: algo así como quinientos. La historia corresponde a un nuevo caso de martirio.

Pero la historia que yo quiero comentar es la de la propia fotografía. Quien decidió dar a conocer este nuevo caso de persecución contra los cristianos intentó hacerlo por Facebook en primera instancia. El resultado fue una censura en toda regla: el material presentado recibió la misma consideración que si fuera de carácter pornográfico o violento Así que el bien intencionado ciudadano no sólo hubo de renunciar a su primera idea, sino que fue «castigado» con la amenaza de medidas drásticas y la prohibición durante una semana de publicar cualquier fotografía en aquella red social.

Al hilo de lo cual uno se pregunta cuáles son los límites de la libertad de expresión, y, en este caso, hasta qué punto deben evitarse las escenas desagradables; por ejemplo, si debe suprimirse cualquier escena que pueda «herir la sensibilidad» de quien lo vea. O si no convendrá, por el contrario, ir más allá de la incomodidad que produce la visión del dolor causado por el mal; si no convendrá, más bien, activar la sensibilidad del espectador, haciendo así, no sólo que la gente sea más consciente de la realidad de las cosas, sino también, como en este caso, de la gravedad de determinados hechos que debieran apelar a la conciencia. Por ejemplo, ¿debemos permanecer insensibles ante la persecución y la eliminación de nuestros semejantes? ¿Somos conscientes nosotros mismos – los cristianos de comienzos del siglo XXI – de que hay hermanos nuestros bajo una persecución tan implacable como la que conocimos en los circos romanos? Incluso, ¿llega siquiera ese conocimiento a las parroquias para que las comunidades cristianas recen, al menos, por aquellos desgraciados?

Quién intentó publicar la foto de los cadáveres carbonizados esperaba ingenuamente que una empresa norteamericana como Facebook acogiera con buenos ojos cualquier intento de sensibilización de la opinión pública frente al fenómeno terrorista. De ahí su extrañeza ante la reacción de que fue víctima. Y aquí es donde parece oportuno insertar una reflexión al hilo de este caso. ¿No estaremos confundiendo los conceptos?

Cierto es que, según parece, ante el escalofriante atentado contra las Torres Gemelas se decidió evitar la exhibición «en detalle» de lo que pudiera quedar de los cadáveres; sin embargo, la imagen en directo de algunas víctimas precipitándose en el vacío, y el espectacular colofón del desplome de los edificios, fueron suficientemente espectaculares como para conmover al mundo entero hasta el límite de lo inimaginable.

No es éste, empero, el caso de los nigerianos masacrados por dar testimonio de su fe, confinados a una pequeña noticia en página interior de los periódicos o, como mucho, a la imagen de una pequeña iglesia en un lugar remoto; un templo destruido y chamuscado. En resumidas cuentas, lo de casi todos los días más o menos; algo que casi nadie recordaría al día siguiente y que, en consecuencia, no llegaría a provocar ninguna declaración política ni, por supuesto, la menor reacción por parte de los dueños, accionistas o censores de Facebook, tan preocupados ellos por no sobresaltarnos.

Mas no se extrañe mi improbable lector, sabedor de lo que es y lo que no es noticia según criterios periodísticos, pues el caso al que queremos referirnos es de muerte por abrasamiento de quinientos humildes nigerianos que iban a misa los domingos: hecho, por tanto, sin excesivo interés para los medios y, por lo que se ve, también para el público en general, incluidos los cristianos de esta orilla del mundo. Claro que otra cosa hubiera sido si a alguno de estos quinientos desgraciados le hubiera dado por prender fuego a una mezquita.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7099/7195399360_f3d827a0aa_b.jpg

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