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¡Viva la solidaridad! (Segunda parte de «La mala baba»)

Tres foramontanos en Valladolid 22 May 2012 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Desde mi azotea. Acuarela de Manuel Macías Cañizares en 100×81.ning.com)(*)

Es impresionante. Yo no sé lo que algunos pueden entender por política, pero tengo la impresión de que aquí, en España, muchos ven ésta como una guerra sucia cuyo principal objetivo es la destrucción del adversario. Y el caso es que en el día a día uno no recibe la impresión de encontrarse continuamente con gente capaz de producir la mala baba que tal intención implica, por lo cual parece que un planteamiento tan radical como el de cargarse a los colegas – digo colegas porque en el fondo todos tenemos intereses casi idénticos – sólo se justifica por una ideologización a ultranza o por la pretensión que algunos tienen de repartir poder y acomodo al propio clan.

Naturalmente, en los países bien construidos se pretende que el juego político dé como resultado el progreso y bienestar de todos, y esto obliga a respetar al menos lo esencial, así que las diferencias de entendimiento entre unos y otros en cuanto al «cómo» no deben afectar a lo esencialmente compartido. Por ejemplo, a la Constitución, y esto como mínimo, pues por debajo de ese límite entramos ya en el inefable terreno de lo caótico.

Evidentemente, aquí en nuestros pagos hemos pecado de una laxitud notable en el dejar hacer, por lo cual nuestra situación, bien distinta de la de aquellos países ejemplares, no debe en absoluto sorprendernos. La prueba es que hasta una parte del Estado – sí, del Estado – se pasa por el arco del triunfo lo que determina el gobierno legalmente constituido, hecho éste tan reiteradamente repetido que se convirtió en costumbre sin mayor oposición por parte de la opinión pública. De ahí que ahora, cuando nos la estamos jugando, siga haciéndose lo mismo, y no ya sólo con naturalidad, sino hasta con chulería. Así, ciudadanos que se criaron en un ambiente de ostentosa exaltación de los «valores democráticos» – incluido naturalmente el famoso principio del «Imperio de la Ley» – se permiten invocar el «imperativo legal» como si el acatamiento de la Ley fuera una inconveniente imposición de los poderosos y no la base misma del sistema que con tanto entusiasmo nos exaltan. ¿Imperativo legal? Pues claro que si, ¡no faltaría más!

Así que en un momento histórico absolutamente crítico para la nación – es decir, para todos los españoles – nos encontramos con un país irracionalmente dividido en el que se fomentan la insumisión y la gresca. Y yo me pregunto: «¿Pero hay todavía alguien que no conozca la situación en que nos encontramos y la importancia de lo que nos estamos jugando? ¿Es que alguien no sabe todavía que pertenecemos a una empresa llamada Unión Europea en la que compartimos destino con quinientos millones de ciudadanos y cuyas directrices tenemos, lógicamente, que cumplir? ¿Qué quieren, que los españoles vayamos por libre? ¿ Es que no les suena lo de la globalización?

Por otra parte, ¿puede de verdad negarse la evidencia de que aquí llegamos a negar la crisis y que cuando ésta fue ya insoslayable se reaccionó de forma que, sobre todo, no se lesionaran los intereses electorales de un determinado partido? ¿Y puede alguien decir que ahora, cogido ya por fin el toro por los cuernos, nuestros gobernantes no están trabajando a destajo – y a un ritmo de vértigo – en una línea que fue establecida tanto por la Unión como por el sentido común y que relega a un segundo plano las conveniencias partidistas? ¿Creen ustedes de verdad que sobra tiempo a nuestros gobernantes para dedicarlo a la aconsejable didáctica y al atractivo autobombo, siempre tan políticamente rentable? Y dígame usted con la mano en el corazón: ¿Es que alguien pretende convencernos todavía de que éstos nos aprietan el cinturón por fastidiar al contribuyente?

Para terminar, ¿lo que ahora se está haciendo, no requiere un acentuado sentido de la responsabilidad? En resumidas cuentas, ¿no es, éste el momento del sentido común y de la solidaria unión de todos los esfuerzos?

Ante tal sucesión de cuestiones, supongo que un observador imparcial respondería: pues evidentemente España está en su momento de la verdad; es decir, en una de esas circunstancias históricas que dan la medida de un pueblo. Y habiéndose informado de la circunstancia, añadiría que, afortunadamente, los españoles no son tan tontos como parecen, puesto que dieron la mayoría absoluta a un determinado grupo político para que sacara al país del atolladero. Luego, claro está, habría que reconocer algo decididamente lamentable, esto es, que contamos con una minoría insolidaria dispuesta a cargarse el invento como sea y por encima de todo. Una minoría decidida, como ustedes saben, a desobedecer con arrogancia rayana en la chulería los decretos de un gobierno legítimo y unas leyes democráticas votadas en el Parlamento Nacional.

«Sí señor, ya sé que le será difícil creerlo» aclararíamos acto seguido a nuestro observador independiente, a quien habríamos dejado con la boca abierta de par en par por el asombro. Y habría que confesarle algo increíble, y es que quienes antes nos gobernaron acumulando sobrados motivos para el «mea culpa», animan ahora a echarse a la calle a cualquier grupo dispuesto a desobedecer al gobierno, romper la paz social y complicar nuestros problemas económicos. Así por ejemplo, a esos indignados cuyo comportamiento indigna al resto de la población, a esos estudiantes que nunca pegaron golpe pero que intentan sacar partida del follón, a esos sindicatos nuestros que, subvencionados por el Estado y enriquecidos por los eres, se desentienden de los parados pero no tienen reparo en exhibir algún que otro personaje millonario disfrazado de proletario, e incluso a algunos representantes del propio Estado español hoy convertidos en reyezuelos de taifas y dispuestos a favorecer fórmulas insolidarias de gobierno ya desacreditadas por la Historia.

Claro que, por si esto fuera poco, también se apuntan a estropear las cuentas algunos que van por libre, como los privilegiados pilotos de la línea aérea de marca nacional, empeñados en dictar a su empresa la gestión del negocio. Así que cada uno busca la fórmula más eficaz para empujarnos a la autodestrucción.

«Pues no les arriendo a ustedes la ganancia» dirá nuestro observador independiente, quizá llegado de uno de esos países bien construidos a los que aludimos al principio de este artículo. «Lo que hace su gobierno es como correr la maratón con una bola de plomo atada a los tobillos… Pero, ¿no decía un tal Summers que aquí «tó er mundo e´ güeno»? ¡Pero si no hay por dónde cogerles!» Y yo le respondería: «Quizá por algo tenía apellido extranjero… Se ve que en el fondo no nos conocía demasiado bien.»

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm6.staticflickr.com/5444/7211568780_f2ed6000f5_b.jpg

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