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Humanismo y Cirugía 10. Un trabajo pleno de humanidad

Tres foramontanos en Valladolid 23 May 2012 - 07:28 CET
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Por José María Arévalo

(Peatones. Obra de Jesús Capa en cajaespana.es. 129 x 193)(*)

Concluía el doctor don José Rabadán Jiménez, catedrático de Cirugía de la Universidad de Valladolid, el capítulo sobre “El cirujano”, en la conferencia, “Humanismo y Cirugía: Grandeza y servidumbres de una profesión”, que estamos reseñando en esta serie, señalando las características de la Cirugía, cómo debe ser personal, social, fisiológica (no exclusivamente exerética, sino también reconstructora, correctora, funcional y sustitutiva), tecnológica, realizada en equipo y con la necesaria especialización quirúrgica. Finalmente abordaba otra importante característica, la Cirugía humanista.

«Este empeño de respetar al hombre en su grandeza y de tratarlo en su finitud, señala la última característica de la Cirugía; la Cirugía humanista que ha sido el leitmotiv de este discurso. Este espíritu humanista debe impulsar al cirujano a mantener su mente abierta para acoger el permanente desarrollo de la ciencia quirúrgica, y a evitar el sacrificar sin pensarlo, los intereses verdaderos de sus enfermos a las exigencias absurdas del dogmatismo científico, pues como acertadamente ha dicho Prigogine (en “La nueva alianza. Metamorfosis de la Ciencia”, Alianza Editorial, Madrid, 1983) «los propios cambios de la ciencia experimental actual llevan a supe rar la ruptura entre lo específicamente humano y la pura racionalidad científica». En este sentido, adquiere su verdadera importancia el hecho de que el Laboratorio de Investigación se haya acercado a la Clínica, y que las ciencias básicas sean las columnas fundamentales para la investigación, pero anteponiendo siempre el interés por servir al hombre enfermo ya que, en aras de la investigación, no se puede someter a éste a los riesgos de una Cirugía deshumanizada.

Es evidente que existe la posibilidad de que el trabajo, y en concreto el trabajo que realiza el cirujano, se convierta en un factor deshumanizador, por la pérdida de sentido de las tareas debida a la división del trabajo y por el dominio de la máquina sobre el hombre.

No obstante se observa que, entre los economistas, sociólogos y filósofos que han escrito sobre el trabajo en los años recientes, hay un amplio acuerdo en que el trabajo debe modelar al hombre, humanizarlo, y desarrollar sus conocimientos y sus capacidades, sus actitudes y su interioridad, al mismo tiempo que señalan que el hombre humaniza al trabajo. De algún modo, nuestra posición en la sociedad está directamente condicionada por nuestro trabajo.

Y es que el trabajo es el gran conformador de nuestra propia interioridad, desarrolla muchas capacidades y virtudes, modela nuestro carácter, nos da una identidad y nos abre a un complejo mundo de relaciones con los demás.

No es de extrañar, pues, que los hombres busquemos en el trabajo creatividad, reconocimiento, capacidad de expresión, satisfacción, camaradería, aprecio y sentido.

Diferentes estudios sociológicos llevados a cabo, sobre todo en los años setenta y ochenta del siglo XX, ponen de manifiesto que el grado de satisfacción del hombre con su trabajo, está en relación con su carácter «enriquecedor», con su sentido y con su carácter de reto; cuando se percibe como un medio para el desarrollo personal y cuando permite un suficiente grado de autonomía.

Por el contrario el trabajo se percibe como insatisfactorio, cuando las condiciones de trabajo se conciben como mecanizadas, sin responsabilidad ni creatividad por parte de quien lo ejecuta; ser tratados con desprecio y no presentar retos asequibles por no poder usar suficientemente las capacidades personales.

Robert Kahn (citado por Argandoña en «El trabajo, según las enseñanzas de San Josemaría Escrivá», Nuestro Tiempo, p. 106, marzo de 2003) ha resumido así las características que debe reunir un trabajo para que sea «humanizador»: que no degrade, que no humille, que interese y que satisfaga a quien lo lleva a cabo, que le permita utilizar muchas de sus capacidades y habilidades y que le proporcione oportunidades para adquirir otras. Que sea capaz de mantener y aún de incrementar su interés por otros papeles a desempeñar en la vida y que proporcione un medio de vida suficiente y digno. Que proporcione información suficiente para tomar decisiones inteligentes en la realización del mismo y que exista un buen trato por parte de superiores y colegas en el lugar de trabajo.

La concepción del trabajo a lo largo de este último siglo se ha caracterizado por considerado como algo intrínsecamente unido a la dignidad de la persona humana y a los derechos que se le han venido reconociendo en los diferentes ordenamientos jurídicos. Y este enfoque, basado en la dignidad del trabajo, parece lógico, ya que esa dignidad se suele considerar como ligada al valor original, intrínseco y esencial del ser humano, como la fuente de los derechos del hombre y como un valor final que hace que una vida sea digna de ser vivida.

Un trabajo digno es aquel que es moralmente valioso y llevado a cabo en una organización moralmente valiosa. El trabajo tiene sentido porque es bueno, porque hay algo bueno en él. y el medio de que nos valdremos para encontrar ese sentido de bondad será el análisis de las tres cualidades que todo trabajo debe reunir: que produzca bienes y servicios útiles, que contribuya al desarrollo de la persona y que se engarce en un medio de servicio a los demás ( como señala Argandoña, en el citado artículo de Nuestro Tiempo)

Si este análisis abstracto del trabajo lo aplicamos al trabajo que diariamente realiza el cirujano, tanto en las salas de hospitalización como en el quirófano, podemos concluir que reúne todas las características necesarias para poder definirlo, de manera rotunda, como un trabajo pleno de humanidad y que puede convertir a quien lo realiza en «un experto en humanidad», utilizando una expresión muy del agrado de S.S. Juan Pablo II.

Y es que en el servicio al hombre enfermo, es donde la Cirugía tiene su mayor timbre de gloria. El enfermo se pone en manos de su cirujano con una disposición de confianza tal, que no es equiparable a ninguna otra situación humana.

Todos hemos oído utilizar, infinidad de veces, esta expresión: «Doctor en las manos de Dios y en las suyas estoy». Y aun cuando, en ocasiones, no sea más que un modo de decir, no cabe duda que la expresión lleva asociada una alta dosis de responsabilidad. y esta responsabilidad exige del cirujano una correspondencia concretada en un afán de saber y de bien hacer, armonizada con un concepto ético de su misión.

Por eso cuando se quiebra la confianza del enfermo en su cirujano, o bien éste pierde la perspectiva de servir por cualquiera de las circunstancias anteriormente reseñadas, se crea entre ambos una falla que impide la correcta comunicación y, como consecuencia, se alteran profundamente las relaciones tan peculiares que deben presidir el trato entre paciente y cirujano. Quizás se haya realizado una intervención quirúrgica excelente, si tomamos como única referencia la «lex artis», pero en nuestro interior siempre quedará el sinsabor de no haber sabido ayudar y servir con voluntariedad actual.

Como se ha denunciado en repetidas ocasiones, el ambiente masificado y excesivamente stajanovista de la Medicina actual, quizás impida, en ocasiones, esta correcta relación. Pero el cirujano que sea consciente de su papel en la sociedad, deberá esforzarse para que su trato con el enfermo no sea nunca despersonalizado, y procurará acompañar la acción de curar con una dedicación personal, que además será la fuente más importante de sus legítimas satisfacciones profesionales».

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm9.staticflickr.com/8002/7240292056_9e78d07a08.jpg

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