Por Javier Pardo de Santayana

(Música en la calle. Acuarela de Takashi Akasaka en amantesdelaacuarela. blogspot.com)(*)
Ahora caigo en la cuenta de que llevo una semanas escribiendo sobre hechos y situaciones desagradables – crisis, insolidaridad, deslealtades – y que, sin embargo, esta racha fue precedida por otro artículo igualmente mío sobre un tema tan luminoso como es la primavera. ¡Qué contraste! Naturalmente, la racha de temas más bien tristes se refería a la actualidad de nuestros días, mientras que el que la precedió se centraba en la gozosa descripción de un proceso natural – natural, de naturaleza – que compone y altera cíclicamente el escenario en que nos desenvolvemos engalanándole de colores, olores, y sensaciones diversas.
En ambos casos lo que se describía y comentaba no eran entes de ficción, sino cosas absolutamente reales. Y sin embargo, ¡qué contraste entre unas y otras! A nadie se le escapa que atravesamos tiempos difíciles tan sólo enmascarados por la inercia de otros muy distintos que nos resistimos a perder, pero, mientras esto ocurre, el tiempo y la naturaleza siguen su curso imperturbable, de forma que el «artificio» de ese mundo que el mismo hombre se ha creado para sobrevivir entre sus semejantes y conseguir determinados bienes materiales, coexiste con la «naturalidad» de ese otro mundo de panoramas exteriores e interiores – a veces gozosos y a veces no tanto – que le sirven de escenario.
Este contraste, que se hace patente en nuestras vidas, nos permite clasificar a los hombres según su actitud a la hora de enfrentarse a él. Así, una gran parte de la gente se sumerge en el día a día y es arrastrada por lo que otros le dictan; después de todo, tampoco queda mucho tiempo para hacer algo diferente. Y, mientras tanto, hay quienes escapan del trantrán y de las presiones y tensiones del tinglado social como último refugio o para buscar la libertad de lo esencial. Claro que también se observan actitudes intermedias: por ejemplo, no faltan quienes intentan compaginar ambas cosas involucrándose decididamente en los afanes de siempre pero reservándose de tarde en tarde algún que otro pequeño espacio para, como ahora se dice, «cambiar de chip». Y aún hay quienes se excusan cuando hacen esto como si cualquier alternativa al trabajo, al ocio organizado y al insoportable «ruido ambiental» fuera algo impropio que hubiera que encerrar entre paréntesis.
En resumidas cuentas, pasamos la vida intentando encajar armoniosamente la realidad inmediata, que llena nuestras vidas de obstáculos y preocupaciones relacionadas con la supervivencia en un entorno difícil y muchas veces hostil, en un panorama de fondo que nos ofrece la autenticidad de lo esencial a la vez que nos recuerda el carácter efímero de nuestro propio ser en la continuidad del tiempo: espacio de libertad – relativa por cuanto nos impone la ley inexorable de nuestra temporalidad – que contrasta con el agobiante mundo de restricciones y obligaciones impuestas por la sociedad.
Ahora, en esta situación actual de continuo sobresalto ante una realidad sobrevenida como por sorpresa y cada vez más caótica, hemos de hacer un esfuerzo personal por relativizar el desastre, y para ello no se me alcanza otra solución que no sea la de «humanizar» nuestra circunstancia y alejarnos siquiera un poco de las lamentables realidades del día a día, no como truco para huir de la quema, sino como forma de adquirir una mejor y más integradora perspectiva de nuestra propia vida.
He aquí, estimado lector, lo que me sugiere el contraste que yo mismo me he creado al recordar en estas páginas la desconcertante situación que ahora vivimos – tan cercana a la desesperanza – justo después de describirles con la ingenuidad de siempre la esperanzada cita con la primavera.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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