Por Javier Pardo de Santayana

( La tertulia del café de Pombo. 1920. Óleo de José Gutiérrez Solana. Museo Reina Sofía, pintura.aut.org.. 162 x 214) (*)
No sé si ustedes se habrán dado cuenta de que con esto de la crisis estamos cayendo con frecuencia en algunas discusiones bizantinas. Ya me referí hace poco en este mismo blog a una de ellas: la que se ha abierto sobre si preferimos la austeridad o el crecimiento; debate evidentemente estúpido por cuanto a nadie le gusta especialmente aquélla y sí, obviamente, éste, y porque si hablamos de austeridad es como condición «sine qua non» para crecer y poder superar el paro. Se trata, por tanto de una falsa disyuntiva entre dos cosas que, no sólo no son contrarias entre sí, sino que demuestran ser complementarias y absolutamente necesarias tal como se nos presentan, es decir en armoniosa convivencia secuencial.
Otra discusión del mismo tipo se centra en el interesante tema de la educación, cuestión a lo que ahora me referiré. El debate del día se refiere a si el recorte de dineros en la instrucción pública nos condena o no a un empeoramiento de la situación en que este controvertido capítulo se encuentra. Y, la verdad, tengo la impresión de que la generalidad de los comentaristas y contertulios demuestra tener una visión bastante corta y desorientada en este asunto.
Me explicaré por qué. Parece vidente que quienes hoy nos gobiernan pretenden un doble objetivo: el primero, caracterizado por la urgencia, sacarnos de una situación cercana a la bancarrota económica, y el segundo, a más largo plazo, la regeneración de la vida nacional, peligrosamente desviada de la autenticidad democrática, de la cohesión de la nación, y, por no alargarme más, del mero sentido común, como es evidente en el sensible aspecto de la educación.
¿En qué se traduce todo esto por lo que se refiere a este esencial capítulo? Pues en algo que juzgo sencillo y, por tanto, fácil de comprender, y es que, en el ámbito educativo, donde, como en todos y cada uno de los demás, la gravedad de la situación económica hace ineludible la reducción del gasto público, tenemos la posibilidad de recortar con la vista puesta no sólo en el recorte propiamente dicho, sino también en una parte del segundo objetivo que apuntamos. Un objetivo que obliga a meter la tijera reformista en el terreno de nuestra instrucción pública, hoy lamentable a juzgar, no ya de nuestra humilde opinión, sino, sobre todo, de los análisis realizados a nivel europeo y mundial por varias conocidas y prestigiosas instituciones que demuestran bien a las claras como el contar con más dinero en este campo no es siempre garantía de excelencia.
Así que, aunque ya vendrá más tarde una Ley específica que reforme globalmente el sector educativo, introduciendo en él cosas tan fundamentales como la exigencia académica, el premio al esfuerzo, el respeto y la valoración de maestros y profesores y la eliminación de los excesos cometidos en un mundo universitario que nos ofrece ejemplos vergonzantes de degradación, mientras tanto – y puesto que el enfermo requiere operación de urgencia en algunos aspectos económicos – no parece malo, sino más bien aconsejable, compensar los aspectos negativos de la intervención con medidas extraídas del repertorio reformista.
Ciertamente cuesta imaginar algunas de las razones que han llevado a algunos a oponerse frontalmente a las medidas arbitradas en este ámbito, sobre todo habida cuenta de que las reivindicaciones reclamadas se fundamentan en una supuesta destrucción de «la educación pública» que no veo cómo puede ser traída a colación como no sea por los pelos. Otra cosa sería, ciertamente, una comprensible protesta a cargo de los eventuales «interinos», pero ésta contrastaría con el elocuente silencio mantenido por éstos y por otros muchos de los ahora indignados ante las altas tasas de abandono escolar o el preocupante deterioro de la calidad de nuestra enseñanza, abiertamente puesta de relieve por los famosos datos del «Informe Pisa». O el escandaloso olvido de tantos y tantos de quienes ahora protestan ante la situación en que quedaron los millones de parados que se acumularon mientras nuestros gobernantes ironizaban con el supuesto desasosiego de nuestros amigos franceses e italianos por el «imparable ascenso» de nuestra economía.
Pero puesto a dar vueltas a la cabeza en busca de argumentos más profundos para explicar el motivo de la bizantina discusión sobre los mal llamados «recortes en la educación», se me antoja que aún pudiera existir otro que tendría que ver con el «shock» producido entre nuestros compatriotas por el cierre del «Estado del Bienestar», acontecimiento que se enmarca en un panorama de nuevas «potencias emergentes» y de una súbita decadencia del proyecto de construcción de Europa. Este motivo, que quienes nacimos en esta piel de toro conocemos bien, es que muchos de nuestros compatriotas entienden el «bienestar» como ganar mucho y trabajar poco, combinación sumamente atractiva en nuestros pagos y que se pegó tanto a nuestra piel como para que algunos cayeran en la indolencia y la «buena vida», y otros en la búsqueda de la mamandurria a través de prácticas corruptas.
Por lo cual, aunque supongo que muchos de nuestros compatriotas están al cabo de la calle de lo que nos jugamos – ¿pero hay alguien que no lo sepa aún? -, todavía los hay que se resisten a aceptar una realidad que les priva de algunas de aquellas cosas de que gozaron en tiempos de vacas gordas, convirtiéndose así en fácil presa de los expertos en el manejo político de la opinión pública, es decir, de quienes saben lo que da de sí la explotación demagógica de algunos burdos resortes psicológicos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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