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De nuevo, Europa

Tres foramontanos en Valladolid 08 Jun 2012 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Toits Montmartre, neige. Acuarela de Thierry Duval en amantesdelaacuarela. blogspot.com)(*)

Echen la vista atrás y recuerden en qué estábamos. Habíamos alcanzado un punto culminante: derruido el muro de Berlín, los países hacían cola para entrar en el club e incluso habíamos alcanzado el desideratum de la unión monetaria. Era, sí señores, la hora de intentar la unión política. Pero dudábamos entre ampliar o profundizar, y la respuesta fue «ampliemos», porque la presión de quienes nos pedían paso no parecía permitir la espera.

Mas con todo esto nos metimos en un lío. Cada vez se hacía más difícil tomar decisiones; éramos demasiados y con ello se resentía una solidaridad hasta entonces basada en el instinto de conservación frente a una amenaza cierta. Así llegó el momento de concretar lo que había sido una voluntad y un camino y convertirlo en normativa; por eso se habló de redactar una especie de constitución europea. O sea que meteríamos mano a lo que nos había proporcionado el éxito, es decir, al sistema concebido por los «padres fundadores», que consistía en hacer camino al andar sin otro modelo previo que no fuera el de un insistente avance hacia la unión dando pasos a medida que maduraban los proyectos.

Y así nos fue. El fracaso nos obligó a hacer y rehacer, y llegamos a Lisboa gracias a consensos y componendas que rebajaban y desvirtuaban la idea inicial. Entretanto, el oleaje del gran atentado removió las aguas, y la atención cambió de dirección hacia el Oriente Medio sembrando de paso una dolorosa división entre los europeos. Dos franceses que ustedes conocen bien alcanzaron la gloria de liderar ambos desastres, que dejaron a Europa definitivamente estancada y sin saber hacia dónde tirar buscando un liderazgo que nos orientase sobre el camino que deberíamos tomar. Con todo esto había quedado claro que estábamos volviendo al viejo sistema de «ententes» de pasados siglos, y que, fuera uno u otro el eje orientador, los que no formasen parte de él se someterían al dictado de los poderosos. El juego político se centraría entonces en quién bailaba con la prima dona mientras la casa seguía sin barrer.

Confusa situación, desde luego, Y, para colmo, cuando menos se esperaba cayó sobre nuestras cabezas el gran meteorito de una crisis que ponía en duda las propias bases del mecanismo. Aunque aún quedaba razón para la esperanza; ya saben ustedes que los optimistas creemos que toda crisis, por dura que sea, es una oportunidad para deshacer entuertos y también, por tanto, para – de una u otra forma – mejorar. Mas no parece que aquel penoso acontecimiento se interpretara, de entrada, de esta forma. Aprendimos sí, lo que era una prima de riesgo, y que existían crecimientos negativos, y cosas así de raras. Eso sí que lo aprendimos, sobre todo a fuerza de oír hablar de ello, pero los remedios fueron sucediéndose sin aclararnos mucho más que eso.

Entonces – y no es que quiera presumir de listo – pensé que había llegado el momento de entrar de nuevo en el proceso de construcción de Europa del que tanto y tanto hablé y escribí en pasados tiempos; que era una ocasión pintiparada para romper algún tabú que otro y «profundizar» en la organización económica de la Unión. Hacer, en suma, más Europa.

Por eso me llamó la atención que hace unos días nuestro país, azuzado por la necesidad de salir de una situación insostenible, empezara a hablar de cosas como éstas y a pedir que los mandamases entraran al trapo de esta idea. Claro que lo hizo en el marco de un problema concreto y de una solución que podríamos calificar de «técnica». Finalmente, tras la insistencia española empezó a asomar una respuesta positiva. ¡Albricias, albricias pan de madagascar! exclamé remedando al personaje aquel de «La Codorniz». Pero según ya he comenzado a percibir, esta respuesta tampoco se despega de los dimes y diretes que rodean la evolución día a día de un asunto que por ahora sigue centrado en bancos y presupuestos. De ahí que no deje de echar de menos esa visión «estratégica» que, a mi juicio, debiera dar sentido a todo el tinglado: ese paso atrás en el mare magnum de las discusiones económicas para situarse en lo que debiera ser fundamental.

Porque lo que a mi juicio procedería decir es esto: que la gravedad de la situación está pidiendo, no solo improvisar salvavidas y tapar agujeros acá y allá, sino acometer cambios con visión de futuro que bien pudieran ser oportunamente aprovechados para recuperar el proceso constructivo de la Unión. Fíjense ustedes en lo bien que cuadra esta idea: retomaríamos el proceso, ahora estancado, reactivándolo precisamente en el terreno en que más éxitos cosechamos, es decir, en el terreno económico. Y lo haríamos, como antaño, acuciados por una amenaza como factor de unión, que si entonces fue la de una guerra que deseábamos evitar ya para siempre, ahora es la de un peligro cierto de desintegración. Y aun diré, para mayor abundamiento en la oportunidad de su aplicación, que, completando la estructura económica que empezamos a ver tan necesaria, daríamos un paso adelante en el camino de posibilitar la unión política, aquella meta que antes nos pareció posible pero que ahora se nos antoja tan ilusoria como el sueño de una noche de verano.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7099/7345476202_5aae9c071a_b.jpg

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